domingo, 17 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 24.

—________. –una voz sensualmente ronca se coló en mis sueños. Y la había escuchado suficientes veces como para no reconocerla.– _______.
—Deja de intentar despertarme, Harry. Vete ya. –entonces la oscuridad tan agradable en la que mi sueño se sumía, se terminó. El castaño había encendido la maldita luz.– ¡Apaga ese engendro del demonio, joder!
—Levántate. Tenemos cita con la psicóloga matrimonial. –me las arreglé para sacar un dedo bajo las sábanas y enseñarle el del medio.– No quiero ni imaginarme lo que te has metido ayer por la noche para que ahora estés así.
—Genial, no lo hagas. –refunfuñé. Y después de eso terminé en el suelo con sábanas incluidas.– Hijo de la gran…
—Vístete. O vamos a llegar tarde. Aunque si quieres, ni siquiera te presentes. Terminaríamos antes.
—Asqueroso. –escupí levantándome cuando salió de la habitación. Me arrastré hasta el baño y aguanté un grito al mirarme al espejo. Luego solté una carcajada. Mi cara estaba hecha un tremendo asco, con ojeras y el pelo enmarañado. Y a pesar de todo eso sentía paz interiormente y parecía flotar.
Vivan las malditas drogas.
La ducha sacó lo mejor de mí, me armé de maquillaje y aun así, mientras bajaba las escaleras, tenía la impresión de que la doctora Twichard se daría de cuenta de que hace unas horas estaba perdiendo tacones y gritando al aire.
—Jo–se mordió el labio al verme, por no hacer una mueca extraña.–…der.
—Ni una palabra más. –lo amenacé mientras echaba café en una taza, cargándolo de leche y azúcar. No me apetecía realizar el esfuerzo de levantar la taza, así que cogí una pajita de color negro. Lo dejé enfriar sobre la mesa mientras me apoyaba en los brazos, cerrando los ojos de nuevo. 
Tuve la sensación de que Harry iba a decir algo, pero el timbre haciendo eco por toda la casa lo interrumpió.
—No pienso levantarme. –aclaré y supe que había rodado los ojos antes de abandonar la cocina.
—Buenos días,  ¿está  ______? –esa voz me hizo levantar la cabeza como un resorte. Mierda. Víctor. Víctor estaba en mi puerta cara a cara con Harry.
El proveedor de drogas de mi amiga contra mi marido.
—¿Y tú eres? –incluso desde aquí vi el ceño de Harry elevarse por las nubes. Entonces supe que tenía que correr hacia allí.
—Víctor. Un… –calló al verme aparecer a mí tras Harry, dejando la oración en el aire para que yo la completase.
—Amigo. –sonreí falsamente a Harry, pero ignoró el “Márchate” implícito en ella y simplemente dio un paso atrás.– ¿Querías algo? –me centré en el señor traficante de drogas que estaba a la puerta de mi casa.
—Ayer te dejaste un tacón en mi coche. Y dado que hoy me marcho del país durante unas semanas, aprovecho para devolvértelo y así me despido.
—¿A dónde te marchas? –sonreí alargando la conversación después de que me diese el zapato. Vas a sufrir por tirarte a una puta en mi sofá, Styles. Y no sabes cuánto.
—A Europa, calor y tías en topless. El paraíso. –ambos reímos y oí la tos falsa de Harry detrás. Sonreí pícaramente, ¡vamos a jugar a un juego!
—Vaya, siempre he querido ir allí.
—¿Nunca has estado?
—No conscientemente y de una manera agradable de recordar. –soltó una carcajada y se acercó a mí, para pasar un brazo por mis hombros. Lo sabía, sabía que pasaría.
—No sabía que sin estar bebida podías llegar a ser tan divertida, ______. Me hubiera encantado pasar más tiempo contigo. –guiñó un ojo, nos despedimos con dos besos y lo vi caminar a su coche. Esperé a que desapareciese por la carretera antes de cerrar la puerta y girarme, para encontrarme con un Harry de brazos cruzados.
—¿Sabes? Eres…
—Eh, –lo corté.– nada de esto hubiese pasado si cuidases entre qué piernas te metes.
—Quizás seas tú la que tiene que tener cuidado con lo que mete entre las piernas.
Ni siquiera merecía que le volviese a dirigir la palabra, así que esperé a que tuviésemos que irnos a la consulta, sentada en una silla del salón. No volvería a tocar el sofá jamás en los ocho meses que me quedan viviendo aquí.
Una especie de iluminación recayó sobre mí tan pronto me senté en el coche, ¡Chloe!
Como si me fuese la vida en ello, saqué el teléfono y seleccioné su número en marcaciones rápidas. Comencé a ponerme nerviosa cuando después de cinco bips, seguía sin dar señales de vida.
—¿______? –solté el aire comprimido en mis pulmones.
—Maldita sea, Chloe. ¿Por qué tardas tanto en coger? ¿Estás bien? ¿Tan siquiera estás en tu casa?
—Obvio, ¿dónde si no? Nunca pensé que diría esto pero nos pasamos. De lo lindo, además.
—¿En serio? ¿No me digas? Perdí un maldito tacón en el coche de Víctor cuando me trajo a casa.
—Ya, y yo te perdí a ti antes siquiera de poder pestañe…para. ¿Acabas de decir que él te llevó a casa? Y con “él” me refiero a mi traficante, o sea que va con unas mayúsculas bien grandes. O peor de todo, ¡te lo has tirado! Si es que no se te puede dejar sola. Te recuerdo que queremos un millón y medio más en el maldito banco, Smith. No puedes tirarte a otros, y menos si es camello. ¡No quiero ni imaginar que llegará a pasar si le gustas!
—Para el carro tía, te estás pasando. Recuerdo que me trajo a casa, nada más.
—Que no lo recuerdes no significa que no pasara.
—Estoy segura de que no pasó.
—¿Completamente?
—Bueno, no. –el portazo que dio Harry al bajar me hizo darme cuenta de que ya habíamos llegado a la consulta. Apuré el paso hasta su lado y nos sentamos en la sala de espera. Él en una esquina y yo en la opuesta.
—Te dejo sola un minuto y te tiras a un narco. No sé en qué posición te deja eso a ti como ninfómana y a mí como mejor amiga de la cual.
—No me lo tiré, joder. A menos que fuese un polvo de coche rápido, cosa que dudo mucho la verdad, no hicimos nada fuera de lo común.
—Tu definición de común y la mía no son iguales, ¿sabes?
—Da igual, hoy se marcha a Europa, así que lo que pasó ayer quedará en secreto. –la secretaria hizo acto de presencia y nos dio el turno.– Chloe, tengo que colgar, voy a entrar a la psicóloga. Ya hablaremos, adiós.
La mirada de la doctora Twichard cayó sobre nosotros y en ese momento supe que se había dado de cuenta de que algo iba mal. O bien porque yo tenía una cara de drogada perdida, todavía, o bien porque Harry era un pésimo actor y no sabía disimular su cabreo.
—Buenos días. –ambos nos sentamos en el sofá de cuero marrón de la sala, al lado y con la espalda recta para evitar siquiera rozarnos. Porque si lo hacíamos iba a saltar la chispa.– Comencemos. Ya sabéis como funciona, lo primero que diréis es qué pensáis el uno del otro.
—¿Se puede saber por qué siempre pregunta lo mismo cada vez que venimos? –rodé los ojos y Harry me cortó contestando.
—Mi mujer es una zorra ofrecida.  –“Y a mucha honra”, mascullé.– Manipuladora, grosera, borde, malhablada y es imposible convivir con ella por mucho que lo intente. Ella es como un intento de suicidio con una soga mal hecha.
—Yo puedo atártela bien, querido. –sonreí falsamente y él me devolvió la sonrisa.
—Su turno, señorita Styles. –Mierda, no me llames así vieja bruja.
—Infiel. Salgo un minuto de casa y al volver ya hay otra mujer en su cama. Y no en plan “juguemos al parchís apto para menores de seis”. Sino más bien para todo un twister.
—¡No fue un minuto, saliste toda la noche! Volviste drogada y borracha a casa.
—Cállate esclavo. –chasqueé los dedos y le mostré la palma de la mano. Él farfulló.– Lo que yo decía, tiene problemas para mantener la ira y de autocontrol. Definitivamente debería internarlo en un manicomio por el bien de la humanidad.
—Asquerosa mentirosa compulsiva.
—Acaparador, maniático celoso.
—Demen…
—¡Está bien! –intervino la psicóloga y ambos la miramos.– De acuerdo, realmente habéis mejorado ante las anteriores veces. Ni os gritáis y os echáis el uno encima del otro, ni aparecéis llenos de hierbas y hojas mientras peleáis por el sitio, así que…progreso. Pero hay algo entre vosotros que no os deja continuar avanzando. –miré a Harry de reojo. Sí, había algo, y era mantenernos obligados a aguantarnos.– Y se llama tensión sexual. –Él puso sus ojos en blanco y yo llevé mi mano a la boca para cubrir mi risa.– Sé que estáis obligados a estar casados, pero… deberíais probar. Estoy segura de que eso solucionaría las cosas. Pero aun así, os obligaré a asistir a los juegos de la confianza el sábado en el Hudson River Park. Quiero veros allí. –nos señaló con el ceño fruncido y nos indicó que podíamos retirarnos.
Vaya asco de próximo sábado me espera.
El camino a casa se me hizo pesadamente largo, y lo primero que hice al poner un pié en casa fue quitarme las vans. Las que estuvieron a punto de dejarme llaga por llevarlas sin calcetines.
Subí las escaleras siendo consciente de que Harry me seguía, y la puerta de la habitación se cerró después de que él entrase. Tiré mi ropa al suelo, hasta quedarme simplemente en interior.
Cuando me di la vuelta, él avanzaba hacia mí también casi sin ropa y sin ninguna expresión en la cara. Caí a la cama con su cuerpo sobre el mío y cerré los ojos. Ni quería presenciar lo que estaba a punto de pasar. Gestos tan duros y secos que, aunque amaba la rudeza, esto me estaba aterrando.
Lo ayudé a quitarse la ropa interior mientras él introducía una mano en el cajón de la mesilla. Entonces me mordí el labio y ahogué un grito cuando se introdujo en mí.  Dolía, y no sé precisamente si porque era la primera vez desde que estábamos casados que era tan extremadamente brusco conmigo, o por el detalle del maldito condón.  No me dañaba físicamente, pero emocionalmente me sentía una auténtica mierda.
Su cabeza estaba oculta en mis clavículas y mi agarre a su espalda era cada vez más débil. Me embargaban unas ganas enormes de llorar.
Los gemidos empezaron a resultar incontenibles y no tuvimos más remedio que dejarlos escapar. Supe que él también se había dado cuenta de que esto estaba mal cuando sus manos hicieron dos puños hasta conseguir los nudillos blancos, a ambos lados de mi cabeza. Un enorme suspiro escapó de entre sus labios en mi cuello y se dejó caer a mi lado. Observé el techo, la luz que entraba por la ventana no dejaba ni un solo rincón sin iluminar y realmente me molestaba.

—Baja la persiana, por favor. –pedí, y él se inclinó. Pronto todo quedó sumido en la oscuridad. Me acurruqué entre las sábanas. Yo y Harry habíamos tenido sexo, ni siquiera me había hecho el amor. Justo lo que yo hacía antes de conocerlo, sin sentimientos y con un hombre cualquiera. Y con él, eso no me gustaba.

sábado, 2 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 23.

—¡Adiós! Volveremos a visitaros de nuevo. –mis suegros sonrieron después de la despedida de mis padres. Luego ellos nos abrazaron también y vimos desde el umbral de la puerta como ambos coches partían en direcciones opuestas.
Ninguno de los dos cerró la puerta después. Se quedó abierta mientras mirábamos el exterior. ¡Y ya volvían los momentos incómodos! Justo como después de la fiesta de año nuevo.
Regresamos a casa, habitación, nos desnudamos, nos metimos en cama, apagué las luces y dormimos espalda contra espalda. Sin palabras de por medio. Y maldije mil veces que nuestros padres se fueran ya, porque ahora estábamos solos.
Fue la canción que tenía explícitamente para cuando ella me llamaba la que me hizo recordar que podía ignorar a Harry todo el día de hoy y gran parte de la noche. Fiesta con la mejor de las mejores.
—¡Chloe! –respondí y empecé el recorrido turístico por toda la casa.
—¡______! ¿Qué tal con tu hombre? ¿Ya tengo sobrino en camino?
—No por ahora, y me parece que después tampoco.
—Vaya por dios, ya veo que uno de los dos la ha fastidiado. Bueno, da igual, ¡hoy a las nueve estoy ahí para vestirnos al estilo Las Vegas!
—Oh, puedo intuir tus intenciones. –una carcajada sonó al otro lado mientras me dejaba caer al revés en el sofá. Al lado de Harry, que cambiaba de canal con el mando del televisor. Balanceé los pies, los cuales colgaban al otro lado del respaldo mientras miraba al techo.– La verdad es que lo estoy deseando.
—Ya somos dos, además te tengo una sorpresa.
—Me dan miedo tus sorpresas, a ver si adivino, Víctor está involucrado en ellas. –el nombre de su proveedor de éxtasis la hizo soltar un grito ahogado.
—¡Joder! Eres buena. Pero fliparás con esto.
—Espero que merezca la pena.
—Lo hará. Esto que te ofrezco va a quitarte el bajón por Harry. Te hará olvidarlo. Por olvidar, te olvidarás hasta de tu nombre.
—Ojalá así sea. Bueno, te dejo, hasta las nueve rubia tetona que tengo como mejor amiga.
—Yo también te quiero y todo eso. -contestó acompañado de una carcajada y corté la línea.
—¿Sigue en pié tu salida con Chloe esta noche? —me sorprendió la pregunta de Harry cuando me levanté del sofá con intención de irme a la habitación.
Adoraba cuando se ponía celoso, pero ahora mismo no estaba para gritos.
—Sí. —tampoco tardé más en emprender de nuevo el camino hacia las escaleras. Volvió a sorprenderme que me dirigiese la palabra antes de desaparecer del salón.
—Bueno, pues, ¿Cómo es eso que os decís entre vosotras? Ah, sí, folla bien.
[ ... ]
¿¡Cómo simplemente la idea de que yo follase esta noche le parecía posible!?
Y así llevaba toda la tarde, después de oír la última frase de Harry. No volví a salir de la habitación.
¡Agh! ¿Era idiota? Sí, claro que lo era.
Quizás solía tirarme a todo lo que tuviese cinco patas anteriormente, pero era consciente de mis responsabilida... No. En realidad no iba a tener sexo esa noche solo para que no ganase él todo el dinero y así poder seguir pagando a sus putas.
¡Ja! ¡Chúpate esa!
Oh, genial, me estoy volviendo loca.  Incluso me pareció oír unos pasos de tacones en las escaleras. ¿Imaginaciones mías?  
—¡________! —Chloe entrando rápidamente en mi habitación me confirmó que no lo eran.
—¿Chloe? ¿Ya son las nueve?
—Y cuarto. Me ha llevado mi tiempo convencer a tu hombre que lo más fuerte que harías sería meterte éxtasis. Y casi le da un ataque solo con eso.
—Ya, bueno, no estamos pasando un buen momento.
—Esta noche vas a olvidar eso. –sonrió y abrimos mi armario. Dos vestidos de cuero escote corazón más corto que las bragas y un par de tacones de mate después, estábamos terminando de maquillarnos en el baño.
—Sé que pillaste. Dime qué.  -ella se aplicaba el delineador aún,  cuando yo ya terminaba de cubrir mis labios de un fucsia neón.
—Tenemos éxtasis y...
—¿Y?
—Pedí a Víctor que nos trajese LSD.
—Guau, que yo soy una mujer casada, guapa.
—¿De verdad eso te importa hoy?
—Mmmm... -vacilé- No.
Soltamos una carcajada mientras bajábamos por las escaleras con los bolsos en la mano y pisando fuerte con los tacones.
Entramos en la cocina mientras Harry hacía algo de espaldas a nosotras. Ambas nos apoyamos en la encimera, insinuando el pecho.
—Eh, nos vamos. –al oírme se dio la vuelta, abrió la boca sorprendido, dejando caer el vaso que tenía en la mano al suelo, el cual estalló en mil pedazos.- Volveré tarde, así que procura no romper toda la vajilla mientras no estoy.
Chloe soltó una carcajada y chocamos las palmas en alto al salir de la cocina, aún sintiendo la mirada de Harry en mi cuerpo.
[...]
—Cómo deseaba esto. -sonreí en la puerta de Greenhouse y no tardamos más en entrar.
Todo estaba ambientado en colores fucsias y negros. Y las luces parpadeantes alternaban al ritmo de la música.
La gente ya se agolpaba en la pista y delante de la barra. Seguí a Chloe, la que dio dos golpes en uno de los hombros de una ancha espalda, proveniente de un tío con rastas sujetas a la espalda en una coleta baja. Cuando se giró, soltó una sonrisa ladeada.
—¡Chloe! -un abrazo, dos besos en las comisuras y una sonrisa cómplice.
—Víctor. -había oído hablar de él. Y no sólo en boca de mi amiga. Este tipo era capaz de pasar cualquier substancia entre fronteras sin que aduanas siquiera lo sospechase.
—¿Quién es tu amiga? -pensé que pasaría desapercibida entre su rollo traficante, pero su mirada recorriendo mi cuerpo me dijo que me tenía calada hasta los huesos.
Por segunda vez en mi vida la mirada de un hombre hacía que mis nervios recorriesen todo mi cuerpo y ni estómago se dedicase a saltar a sus anchas.
—Ella es ________. –Chloe siguió diciendo cosas sobre mí pero yo dejé de escucharla cuando el enorme cuerpo del rasta acortó el espacio con el mío. Hice una mueca, ya me veía secuestrada y vendida a un mafioso italiano, o peor aún, a un jeque árabe como una de sus mil prostitutas particulares. El traficante solo me dio dos besos al tiempo que situaba su mano en la parte baja de mi espalda. Aun así no bajé la guardia.
¡Joder, estaba nerviosa!
Y más cuando pasó un brazo por mis hombros y los de Chloe, empujándonos hacia la barra. Él pagó las primeras bebidas y nos condujo hasta una esquina apenas iluminada por la luz ultravioleta del suelo.
Cuando mi vaso estuvo vacío por fin me había vuelto a acostumbrar a la sensación del alcohol inutilizar los sentidos y distorsionar la realidad.
—Después de esto, –volví a centrarme en Víctor, luego en una diminuta bolsa de plástico con un par de redondas pastillas color blanco dentro.– debéis esperar mínimo quince minutos para meteros LSD al ser vuestra primera vez. –me miró ahora a mí.– Sé que ya habéis probado el éxtasis antes, pero ahora vais a mezclar. Y realmente espero que tengáis un buen seguro médico.
Del bolsillo de su chaqueta de cuero sacó una lámina roja de no más de un dedo de largo y extremadamente fina. Chloe se encargó de guardarla en la bolsa también.
—Ni se os ocurra consumir todo eso hoy, o la próxima vez que nos veamos será mientras llevo flores a vuestras tumbas. –la rubia rió y dejó un beso en la mejilla del traficante como despedida. Yo también me acerqué.
—Morir drogada está en último lugar de mi lista de cosas que hacer antes de fallecer. –confesé y mis labios rozaron la diminuta barba de sus mejillas. Soltó una risa leve.
—Me caes bien, _____. –sentenció.– Y me encargaré de que nos veamos pronto. –guiñó un ojo antes de perderse entre la gente, provocando un escalofrío recorrer mi espina dorsal.
—¡Vamos, escoge! –Chloe me dio un empujón en mi espalda y pronto estuvimos pegadas de nuevo a la barra, para terminar con dos chupitos de negrita solo delante de nosotras. – Después de esto nada volverá a ser lo mismo hasta mañana por la mañana.
—Ni se te ocurra volver a dejarme sola, no quiero volver a acabar con un tatuaje de “Viva las Vegas” en la pierna. –soltó una carcajada seguramente al recordar que tuve que tapármelo con mi tatuaje del liguero porque era penoso.
—Prometido, ahora… –una de las pastillas terminó sobre la palma de mi mano.– Padre nuestro que estás en los cielos, por favor que no salgamos demasiado mal paradas de esto, no nos dejes ver lo suficientemente mal para acabar en la cama con un feo, líbranos de caer en la tentación de mezclar Jack, amén. –rezó y después las redondas píldoras resbalaron por nuestras gargantas seguidas del ron.
Y entonces el mundo alrededor de mí se calló. Sentí mis ojos expandirse y las luces convirtiéndose en humo. Mis mejillas, como mecanismos, se estiraron en una sonrisa. Los latidos de mi corazón se aceleraron de tal manera que podía sentirlos hasta en el palpitar de los dedos, y los colores oscuros se volvieron brillantes, y los claros se encendieron como luz de Neón. Todo lo que acaparaba mi visión se había vuelto refulgente y sentí el ya conocido vuelco de cerebro antes de que la música volviese a encenderse con más fuerza y con golpes secos.
Chloe seguía delante de mí, experimentando los mismos efectos que yo en su cuerpo. Sus carcajadas sonaron fuertes cuando clavó su vista en la mía.
—¡Guau tía, ¿dónde están tus iris?! –siguió riéndose y supe que mis ojos ahora eran un enorme círculo negro. No hablé hasta estar segura de que había perdido completamente la cabeza.
—No lo sé, –observé mi alrededor. No había caído en el montón de gente bailando, y al fondo, cerca de la tarima, había un hombre demasiado perfecto moviéndose– pero voy a buscarlos en los pantalones de aquel tío.
Me perdí entre la gente, caminando hacia aquel hombre que no debería de estar moviéndose así, a menos que quiera que lo empotre contra la pared. Antes de poder llegar a mi objetivo, un brazo tiró de mí.
—Recuerdo haber dicho que no te dejaría sola. –Chloe me sonreía.– Además estás casada, así que… Si vas tú, voy yo también.
Carcajeó, y como consecuencia yo también. Risas y risas, las luces daban vueltas y la habitación se volvía en blanco y negro por momentos gracias a los focos alternativos.
Los ojos eran claros, a diferencia de su pelo. O eso me pareció cuando empecé a bailar pegada mi objetivo. Chloe también se pegó a él, provocando que se confundiese y no supiese a cuál de las dos prestar atención. Sentí una de sus manos en las caderas, suponiendo que la otra estaba en la de mi rubia amiga, y mis recuerdos viajaron casi ocho meses atrás, el día de mi dieciocho cumpleaños, haciéndome ver como la protagonista de mi propia película, reviviendo ese día, esa noche. La noche en la que Harry me había tocado de esta misma manera, manos en la cintura, moviéndose pegado a mí al compás de la música, y cinco minutos después, sus manos seguían en mis caderas pero ya no estábamos bajo unos focos, sino bajo unas sábanas.
Y mi cerebro activó ese chip que yo luchaba por enterrar siempre, el remordimiento. Estaba casada y chocando mis caderas con un desconocido. Tan nítida se volvió la imagen de Harry en mi cabeza que me impidió seguir pegada a aquel playboy.
Lo maldije antes de tirar del brazo de Chloe, despegándola también de él, y caminar hacia el baño. Iba a necesitar estar mucho más que levemente adormecida por los efectos de una pastilla. Esto requería algo más, pedía a gritos morfina recorriendo por mis venas. Necesitaba estar drogada a fondo,  o no iba a poder mirar a ningún hombre a la cara sin ver la de mi marido.
Tenía que llegar a alucinar.
—Sácalo. –exigí cuando me cercioré de que estábamos solas. Ella dejó en mi mano la tira de papel roja. Mi reflejo estaba borroso en el espejo y no era precisamente porque este estaba sucio.
—Según las indicaciones de Víctor, un trozo pequeño y lo colocas en el interior del párpado inferior. Pestañeas y después no vuelves a ser tú hasta despertar. Eso sí, nunca una dosis mayor que la uña del dedo meñique, si no ese despertar nunca llega.
—¿Me estás diciendo que si me meto este papel en el ojo no voy a controlar mi cuerpo hasta mañana por la mañana?
—El tiempo es indefinido, pero sí. Y no es un cacho de papel, son microgramos de dietilamida comprimida.
—Lo que tú digas, experta en química. –vacié antes de arrancar mi pedazo de la lámina roja.
—Eh, eh, ______, eso es mucha dosis. Y no creo que yo esté lo suficientemente bien para evitar que jodas tu vida el minuto después de habértelo metido. –se quejó mientras yo me inclinaba hacia el espejo. La miré antes de nada.
—Es para olvidar a Harry, ¿vale? No quiero pasarme toda la noche pensando en lo infiel que puedo llegar a serle. Y si por casualidad ocurre, nadie va a saberlo. Ni siquiera yo estaré segura de ello. –sentencié y separé el párpado inferior, lista para introducir la droga.
—Esto me pasa por salir con una casada. –fue lo último que oí de ella después de soltar la piel, con el trozo de papel haciendo cosquillas dentro al disolverse. Y justo después, todo colapsó en negro.

[ … ]
—¿Perdona, has visto a Chloe? –pregunté a alguien alto que pasó por mi lado.  Se detuvo a mirarme, y sujetó más fuerte su vaso, luego desapareció entre el humo.
¡Guau, un truco de magia! ¿Alguien puede hacerlo otra vez?
—¡Chloe! –por fin la había encontrado. Después de horas de búsqueda, una persona alta y con media melena rubia se giró hacia mí.
—¿Qué has dicho, preciosa? –su voz era demasiado grave.
—¿Cuánto has bebido para tener esa voz? ¿Cuándo has crecido? Creo que deberíamos irnos a casa. –hablé de corrido para aquella sombra que bailaba ante mí. ¡Era impresionante, aquí todo el mundo sabía hacer magia!
—¿Quieres venirte a mi casa? –el tono era algo entre vacilante y picarón. Una enorme sonrisa apareció entre las sombras.
¿¡Desde cuando estaba hablando con el gato de Alicia en el país de las Maravillas!?
—¿Chloe? ¿Desde cuando eres lesbiana? A menos que consigas otro tío no voy a hacer nada contigo. Lo siento, no me gusta el rollo bollo. –entonces la sonrisa de Chesire desapareció.– Mierda, ya se me ha escapado el gato.
—Nena, creo que estás muy mal. –la voz disminuyó de tono y luego aquella sombra gris desapareció.
—¡Pero Chloe! ¡No me dejes! –grité, pero fue inútil. Ella me había abandonado. Lágrimas se acumularon en mis ojos, ¡era mi mejor amiga! ¡No puede enfadarse si no quiero nada con ella! Llevé las manos a mis ojos mientras rápidas y abundantes lágrimas caían.
Genial, ahora me llovía en la cara.
Un hombre con una camiseta azul pasó por delante de mí. ¿O era una mujer? Volvió a convertirse en niebla.
—¡Eh! ¡Niebla dentro de una habitación! ¡Vamos a tocarla!  –solté una carcajada mientras corría. Pero ya no había rastro de humos azules.
Como un fogonazo, una copa de un líquido rosa Neón volaba delante de mí, manteniéndose en el aire. Empezaría a golpear a todo el mundo hasta que los puñeteros magos se dignasen a contarme cómo lo hacían.
—¡¿Por qué?! –le grité a la copa.– ¿¡Por qué yo no sé hacer eso!? ¿¡Por qué tu puedes flotar!? ¡¿Me discriminas por ser persona!? –la señalé amenazante.– ¡Te odio! –volví a sentir gotas chocar con mis labios. Cuando las tragué me dejaron el regusto salado.– Ahora hasta llueve por tu culpa. –reclamé y acerqué la mano para cogerla,  fue cuando la tuve en la mano que oí su voz. Esta me estaba hablando.
—¿Qué se supone que haces, idiota? ¡Ese es mi vodka, consíguete uno! –dos parpadeos me permitieron ver a una morena caminar furiosa hacia mí. Luego todo se convirtió en el país de los huevos de pascua con conejitos saltando.
Sentí un golpe en mi lado derecho de la cara, después de que me quitasen el vaso, lo cual me hizo volver a la realidad por unos segundos.
—No sabes con quién te has metido, zorra asquerosa. –dije a la diminuta morena de antes. Mi carácter, más la furia provocada por su tono de bruja, y más los efectos de las drogas, me hicieron volverme roja, literalmente.
Un tacón acabó en mi mano, y no estaba segura de si era el mío, pero sí que era condenadamente alto. La morena retrocedió nerviosa, y no tuve más remedio que lanzárselo cuando echó a correr asustada. Maldije que este no llegase a darle en la cabeza.
Descubrí un círculo de personas con cabezas de perro como caretas que me miraba en silencio. Como si estuviese loca, ¡ja!
—¿Qué coño estáis mirando? –miré hacia abajo.Y esto era lo que se sentía al ver tu par de pies multiplicado por diez.– Volved a lo vuestro, ¡aún tengo otros nueve tacones por lanzar! –ante mi grito todo el mundo se dispersó. Supe que tenía que salir de allí. Con o sin Chloe. Y como buena amiga llamarla la mañana siguiente, averiguar en qué cuneta terminó y mandarle unas flores.
Me pegué a la pared y la recorrí pasando mi mano por ella, intentando dar con la puerta. Pegué puñetazos sin ton ni son a todas esas parejas que se daban el lote, a las cuales yo interrumpía.
Cuando puse un pié fuera y el aire me dio en la cara me sentí como si hubiese abandonado el mundo ocho de Mario Bros después de pasarlo y me hubiese caído en la ciudad de Spiderman. Con la excepción de que ningún tío bueno en traje de arácnido me cogió al vuelo.
Y mejor para él, porque odio las arañas y voy armada con dos cuatro puños y nueve tacones.
De todas las luces que se movían delante de mí como estrellas fugaces a ras del suelo, intentaba averiguar cuál de ellas sería la carroza que me dejase tirada en la acera de delante de mi casa.
Mi mano izquierda pesaba más que la derecha y la miré. ¿Un bolso? ¿Desde cuándo yo tenía bolso? Dejé de buscar respuesta cuando escuché una voz a mi lado.
—¿______? –cuando lo vi, sentí mis ojos abrirse como platos y mi boca casi cae al suelo si pudiese tan siquiera separar los labios.
—¿Víctor? –pregunté, porque me pareció ver largas rastas castañas caer por su espalda.
—Te has pasado con el LSD, ¿verdad? –dijo y ladeé la cabeza, ¿me había drogado? ¿Cuándo? –Estás fatal, déjame llevarte a casa. –mis pies caminaron solos, o quizás por la presencia de su mano sobre mi trasero tirando hacia delante. Me acerqué más a él, y demasiado pronto llegamos a un coche gris. No era capaz de identificar la marca y el modelo, pero di un gran avance visual al no confundirlo con un avión.
Me tumbé en el asiento de atrás y me acurruqué, lista para dormir hasta el día del juicio final. El coche se incluyó al tráfico y mascullé la dirección. Tan siquiera sabía si él me había entendido.
El viaje se sumió en un balanceo rápido, como si estuviese flotando en el agua mientras mariposas vuelan alrededor de mi cabeza. Y cuando el coche se detuvo y unas manos me ayudaron a bajar de él, fue como si un tiburón acabase de tragarme sin tan siquiera masticar.
Prefería los dichosos conejitos cagando huevos de chocolate entre nubes de niebla con purpurina.
Su mano en mi cadera no se despegó hasta que estuve delante de la puerta y fui capaz de meter la llave en la cerradura.
—Gracias. –mascullé.
—De acuerdo, pero la próxima vez dímelo a mí y no a la planta, ¿vale? –su risa sonó como un canto angelical. Estaba lista para desmayarme. Tuve la sensación de que me había besado la sien.– Nos vemos muy pronto, ________.
Solo asentí antes de entrar y cerrar la puerta detrás de mí. Froté los ojos y me centré hasta conseguir un poco de visión y racionalidad. Cuando estuve segura de que podría llegar arriba sin chocarme con las paredes, me encaminé al salón.
Una mirada verde y otra azul se toparon con la mía cuando entré. El sonido de la televisión emitiendo una película pasó a segundo plano mientras mis hormonas, dopadas al máximo con la morfina de ambas drogas, me hacían enfurecer al máximo, dotándome de una visión perfecta y unas ganas de pelea de gatas en barro enormes. Pero me orgullo salió a relucir del fondo de donde quiera que estuviese enterrado y me mantuve firme.
—¿______? –la voz de Harry fue acallada cuando la rubia, también conocida como Aylin habló, incluyendo más mierda en el paquete.
—Perfecto, ______, llegas más que ebria, sin un tacón y con el maquillaje corrido. Créeme que presentaré esto en la próxima vista con el juez. –sonrió con sorna e insinuó su lugar, sentada al lado de mí puñetero marido con unos shorts muy cortos y sobándolo todo lo que quiso. Iba a gritarle, ¡a gritarle y a matarla! Pero no hoy porque los efectos del éxtasis y LSD empezaban a desvanecerse y necesitaba llegar a la habitación antes de caer al suelo medio muerta.
—¿Sabes qué? –hablé para los dos.– No tengo ganas ni de gritarte a ti, –señalé con la cabeza a Harry.– ni de echarte a ti, –ahora señalé a la asquerosa que tenía al lado.– así que buenas noches.
No volví a mirarlos en todo el tramo a las escaleras y agradecí llegar rápidamente  la habitación. El tacón quedó por el camino a la cama y me tiré en ella con vestido y todo. Me tomé un momento para reflexionar, sentándome y apoyándome en la pared.
Maldito Harry, maldita Aylin y maldito el momento en el que no me metí de golpe toda la puñetera dosis de LSD.
Fue un grito proveniente de la planta de abajo lo que me hizo dejar de gritar en mi mente. Era la voz de Aylin. Y gritaba el nombre de Harry. No me moví hasta estar segura de que había oído bien y no habían sido imaginaciones mías.
El segundo chillido me corroboró que ella estaba gritando el nombre de mi marido. Mis labios entreabiertos apenas aspiraron aire la siguiente vez que respiré. ¿Se la estaba…? Ni siquiera iba a decir la palabra.
Los efectos bipolares de la droga hicieron que mis ojos volviesen a derramar lágrimas, y esta vez dolieron más que las anteriores.
¿Cuándo se iba a pasar esta puta sensación? Porque no debería de estar llorando ya que lo que hiciese Harry no me importaba en lo absoluto.

O eso es lo que en el fondo deseaba. 


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¡Buenas!
Siento haber tardado, pero como anteriormente he dicho, subí el día de mi cumpleaños. 
Tarde, casi se termina, pero hoy. 
Espero que os haya gustado y es un capítulo muuuuy largo. 
Pero (y esto lo siento) la espera que vais a tener que pasar por el siguiente lo compensa. 
¡Gracias a las dos(?) lectoras que aún me quedan! 
Besitos <3

lunes, 9 de septiembre de 2013

CAPÍTULO 22.

—No están haciendo nada, ¡Qué raro! –las tres mujeres que ocupábamos la cocina reímos ante el comentario de mi “suegra”. Nosotras servíamos la cena de fin de año mientras Harry, su padre y el mío veían la televisión en el salón.
—¿Puedes ir a avisarlos, ______? A ver si a ti te hacen caso. –asentí a mi madre y atravesé el arco que daba al salón donde los hombres reían y bebían cerveza en el sofá.
—La mesa está puesta. Y no precisamente gracias a vuestra generosa ayuda. -interrumpí su diversión cruzándome de brazos y mirándolos expectantemente. Todos bufaron y se levantaron a regañadientes, entrando al comedor.  
Harry se detuvo delante de mí, mientras yo retrocedía hasta toparme con la pared.
—Alguien tiene ganas de esta noche, ¿eh?  -susurré mientras él se pegaba a mi cuerpo y besaba mi cuello. No hizo falta que contestase cuando se puso a jugar con la boca, entre mis pechos, con el colgante que me había regalado en nochebuena.
Plantó un señor beso en mis labios, que lo hizo apretarme más contra la pared y yo empecé a jugar con sus rizos. Un gemido se escapó de entre mis labios antes de oír una tos fingida.  
—¿Papá? –puse los ojos en blanco cuando nos separamos rápidamente.
—Creí que igual os gustaría saber que lo que deberíais estar comiendo es lo que hay sobre la mesa de la cocina. Pero si eso pasaros cara el postre. -rodó los ojos antes de volver a entrar en la cocina. Luego Harry y yo soltamos una carcajada para después seguirlo. Él se sentó en uno de los lugares presidenciales, y yo en el otro, justo en frente de él. Mis padres estaban a mi izquierda y los suyos a mi derecha.
La cena no resultó tan incómoda como creí. Nuestros padres parecieron caerse bien, pero no estaba segura de si eso era bueno o malo. En cambio, fue a la hora del postre cuando sus padres me hicieron una pregunta que logró que me atragantase con el turrón de chocolate.
—¿Cómo conociste a Harry, ______? Él nunca nos lo quiere contar, dice que es una historia muy larga. –mis suegros me miraban esperando una respuesta y yo aún intentaba librarme del trozo de chocolate que se había estancado en mi garganta.
A diferencia, Harry me miraba nervioso y mis padres con una mueca que decía algo cómo... «a ver que sueltas ahora.»
—Pues... -comencé intentando crear una excusa convincente.- Lo conocí estando de vacaciones. –me mordí la mandíbula interiormente evitando mirar a Harry por encima de todo.
—Unas buenas vacaciones, definitivamente. –sonrió Anne. Luego ambos siguieron mirándome y me di cuenta de que querían más historia.
—Él… Él estaba saliendo de la habitación mientras yo intentaba abrirla. Fue… fue una equivocación… nos habían dado la misma suite… –tartamudeaba. Sí señores, ____ Smith estaba tartamudeando y deseando que sus suegros se tragasen la excusa.- Luego nos conocimos más y… –vamos, ____, puedes decirlo– Se pude decir que fue… –solo es una palabra, ¡no significa nada!– ¿amor a primera vista? –mi tono sonó más a duda que afirmación. Mis ojos se clavaron en mi plato y no se movieron de allí.– Supongo que cuando lo tienes claro has de hacerlo, ¿no? Te casas y formas una familia. -tragué saliva sonoramente. E aquí la razón por la que no me van los novios. Sus padres y sus dichosas preguntas incómodas.
—Vaya, hijo, no sabía que podías sacar tan buen provecho de un viaje. –Vi por el rabillo del ojo que su padre lo miraba con una sonrisa. No solo se lo habían tragado, sino que a ambos parecía haberles gustado y conmovido la historia. Pero Harry no estaba mirándoles para darse cuenta de ello.
—Sí. Aunque quizás debería haber escogido otro maldito hotel. –Eso hizo callar a Anne y a Robin, e incluso mis padres se giraron para verlo después de su comentario. Yo tampoco aparté la vista de él, de hecho, mi cerebro se lo estaba imaginando ardiendo por idiota. Pero por desgracia para Harry, yo no era como los demás, no iba a quedarme callada.
—¡Y yo por una maldita vez en la vida debería haberle hecho caso a mis padres  y haberme quedado en casa! -medio grité. Después nuestras miradas se encontraron y estaba segura de que la mía ardía tanto, o más que la suya.
—Creo… creo que deberíamos irnos ya. Sino Times Square estará inaccesible. –fue mi supuesta suegra la que rompió el silencio incómodo. Me levanté rápidamente e igual de veloz recogí toda la mesa, dejando los platos en el fregadero.
Subí a la habitación a por una chaqueta y empujé la puerta con fuerza, la cual no llegó a cerrarse ya que Harry venía por detrás a coger la suya. Cerré la puerta de mi armario al mismo tiempo que él, después de coger el abrigo, lo que hizo que nos quedásemos cara a cara.
—Eres… –habló, furioso. Hola guerra.
—Soy qué, ¿ah? Perdona por no superar tus expectativas, cariño. –ironicé.
—De todas las excusas que podías haberte inventado, vas y sueltas la verdad decorada con indirectas.
—Ah no, he hablado de amor a primera vista ¡y yo a ti no te querría ni regalado! Aunque creo que tus padres se lo han tragado perfectamente. ¿Sabes? Creo que podrán vivir con ello.
—Con esto demuestras lo que valen tus promesas. –me fulminó con la mirada antes de salir cerrando la puerta de golpe.
“Vete a la gran mierda, Styles.”
Nuestros padres nos esperaban dentro del coche familiar de Robin. Él y mi padre fueron delante y yo me senté con mi madre, mientras que Harry lo hizo con la suya.
A tres calles de la Times, los coches ya empezaban a agolparse, pero mi padre indicó a mi suegro el lugar que nos tenían reservado.
—A ver cómo nos colamos entre la gente. –la manzana estaba llena a reventar de personas. Estaba segura de que no cogía ni una más.
—George lo tiene todo listo. –nos informó mi madre y dos gigantes vestidos de negro nos guiaron entre la gente hacia el lugar que mi padre había comprado, casi en primera fila, reservándolo para nosotros. La magia del dinero.
Estaban a punto de dar las doce. Mis padres y mis suegros hablaban rezagados más atrás mientras yo y Harry estábamos cruzados de brazos.
No entendía el hecho de que se hubiese enfadado. Era a mí a quién habían puesto bajo presión, no a él. Yo tuve que inventarme una excusa en treinta segundos, no él.
Yo había hecho que sus padres quedasen conformes, ¡no él!
Nuestros padres acercándose me hicieron dejar de frustrarme mentalmente para escucharlos.
—Queda un minuto, ¡empieza la cuenta atrás! –celebró mi madre.– ¿Listos para el beso? –los padres de Harry asintieron y yo me giré, mirándola confusa.– Cuando el Ball Drop llegue abajo, tienes que besar a alguien. Sea tu pareja o no, es una tradición obligatoria.
—Ah. –volví a clavar la vista en la gran bola, aún no llegaba por la mitad. No iba a besar a nadie que no fuese Harry y en este momento las cosas no estaban bien con él. Así que no iba a cumplir la tradición, iba a saltarme las reglas.
Solo tuve que ladear la cabeza hacia un lado para encontrarme sus ojos posados en mí. Preguntándose qué debía hacer. Sus iris ya no reflejaban la furia contenida.
—No tienes que hacerlo si no quieres. –susurré y no llegué a oír su respuesta gracias a los gritos, todos decían lo mismo.
—¡Diez segundos! –la multitud comenzó a gritar y a celebrar. Las parejas empezaban a acercarse.– ¡Cinco segundos! –volví a mirar a Harry, que ahora especulaba la bajada del Ball Drop. –¡Tres segundos! –observé la bola con los ojos entrecerrados. ¿¡Quieres dejar de bajar tan rápido!? ¡Intento saber si debo besarle, ¿sabes?! – ¡Dos! –maldita sea.– ¡Uno! –la bola tocó la base y cientos de luces iluminándose formaban el año “2013” en la fachada del edificio.
—¡Feliz año nuevo! –oí por parte de mis suegros y mis padres e impresionantemente todo el mundo besó a alguien. Era jodidamente increíble.
—Feliz año nuevo. –la voz de Harry hizo que volviese a mirarlo, ¿desde cuándo estaba tan cerca?

—Feliz añ…–no pude terminar la frase antes de sentir sus labios sobre los míos. 

domingo, 4 de agosto de 2013

CAPÍTULO 21.

—Hecho. -me dejé caer en la cama, al lado de Harry.
—Gracias. –me despojé de mi ropa bajo las sábanas y la lancé por el suelo.
—No me des las gracias, dame sexo. –giré la cabeza hacia él y luego me centré en una revista que guardaba en la mesilla.  Él negó con la cabeza y siguió jugando con su móvil. – Si sigues mandando mensajitos a alguna de tus perras, te cortaré los dedos.
—Pero si no estoy…
—Venga ya, Harry. Solo te falta sonreír al leer el mensajito y ya será oficial.
—Me encanta la confianza que tienes en mí. –volvió a negar y siguió a lo suyo, mientras yo me entretenía con el horóscopo. Entonces, al leer la predicción de mi signo, solté una carcajada.
—¿Quién es ahora la de la sonrisa, eh? –vaciló.
—No creo en los horóscopos pero esta mierda acierta siempre. Escucha mi predicción sexual: “Su gran calidad a la hora de besar, hace que se le perdone todo, incluso su falta de fidelidad. Excelente besador. Zonas eróticas de su cuerpo: cuello y caderas.”
—Yo borraría lo del excelente besador y la gran calidad a la hora de besar, pero dejaría lo de la falta de fidelidad. –me echó la lengua y recibió un golpe de mi parte- ¿Solo te fijas en la parte sexual, verdad?
—Es la única que merece la pena. ¿Tú eres acuario, cierto? –asintió y busqué con la mirada hasta encontrarlo.– “Aunque es un gran besador, su carácter provoca que muchas veces no se conforme simplemente con los labios. Bueno en la cama. Zonas eróticas de su cuerpo: cabello y orejas”. –fui alzando el ceño ante la también verdad de aquellas palabras.
—Tienes razón, siempre aciertan. –soltó el ahora una carcajada y gruñí. Dejó de nuevo el móvil en la mesilla y se centró en la predicción.
—Vaya sarta de mentiras. –escupí, y pasé página, justo por el centro de la revista, donde siempre se dejaban ver anuncios para cuidar la línea y adelgazar. Uno de ellos vendía una especie de sobres de té con un efecto gastrointestinal para adelgazar…o eso decía el anuncio.– ¡Cómpramelo, Harry, cómpramelo! –puse la hoja delante de su cara y apartó la revista, mirándome irónico.
—¿No vas a parar con eso, verdad?
—Nop. –dije agenciando el sonido de una “p” al final de la palabra. Entonces rodó los ojos.
—No sé ni para qué hablo contigo.
—Tienes razón, deberías… –me lo pensé mejor y decidí callar.
—Debería, ¿Qué?
—Nada, sigue mensajeándote con Aylin y Marie y las que sean.
—Odio que empieces una frase y no la termines.
—Y yo odio las películas cursis de Navidad. Ambos odiamos algo, ¡cuántas cosas en común!, ¿no? Deberíamos casarnos. ¡Ah, no, espera! Si ya lo estamos. –lo miré con una sonrisa falsa y el soltó un gruñido, volví a centrarme en la revista.
—¿Escuchas eso? –dijo después de un rato y dejé caer la revista al suelo.
—N…-
—Shh. –puso su dedo sobre mi boca y ambos nos centramos en el oído. Era un golpe. Y otro, y otro, de nuevo. –¿Oyes ahora? –retiró su dedo y volvió a su posición, sentado en la cama a mi lado, apoyado en el cabezal.
—Sí. Es una cama, batiendo contra un tabique.
—¿Qué?
—Además creo que viene de la habitación que ocupan mis padres. –clavó su mirada en mí, como si no lo entendiese. ¡Más claro agua!– Mis padres, cama chocando contra una pared, ambos con menos de cuarenta años… ¿Unes las piezas o quieres que te resuelva yo el acertijo? –alcé el ceño, mirándolo también.
—¿Quieres decir que…? –cambié el semblante, a uno irónico. Me moví bajo las sábanas para quedar sentado sobre él.
—Están divirtiéndose, pasándolo en grande…
—Ahora tengo bien claro que mi teoría del proyecto fallido es falsa. Eres hija de ellos, sí o sí. –sus manos se amoldaron a mi cintura, acercándome más a él.
—¿Estás incitándome a hacerles competencia? -si es lo que quería... Acabé por pegarme de todo a él con un movimiento sobre su pelvis que me aseguraba que no iba a negarse.
—No hagas eso… -dijo mientras mis manos descendían por su pecho con la intención de quitarle la camiseta y me incliné hacia uno de sus oídos.
—Por supuesto que voy a hacerlo, cariño. –susurré– Voy a hacerlo hasta que no puedas resistirte. Y reza porque tus padres tengan un sueño profundo. –entonces conseguí quitarle la camiseta por la cabeza.
—Para. –soltó con la voz ronca por la excitación.
—Oblígame. –hizo caso revolviéndonos bajo las sábanas hasta hacerme quedar bajo su cuerpo.– O me atas, u olvídalo.  Sigo pudiendo hacer esto. –descendí mis manos, de nuevo, por su cuerpo hasta la banda elástica de sus bóxer y estos cayeron por sus piernas gracias a que las mías los deslizaban por ellas.
—Odio que siempre consigas lo que quieres. –aun así hundió su cabeza en el hueco de mi cuello, besando mis clavículas.
—Entonces tómatelo como un… “Voy a darle un poco de amor a mi mujer, así intento remendar haberla llamado gorda”. –soltó un suspiro y volvió a hablar, sin separarse de mi cuello.
—Voy a ignorar lo de que te llamé gorda, porque sabes que no iba en ese contexto. –hizo una pausa.– Qué bien suena lo de “mi mujer”. –otra pausa mientras se desplazaba hasta mi pecho, delineándolo con la lengua y colando sus manos bajo mi espalda para soltar el broche que mantenía el sujetador. Cuando este lo hizo, lo lanzó al otro lado de la habitación rápidamente.– Mía. –besos y besos en mis pechos mientras que sus manos avanzaban hacia mis caderas.
—Qué posesivo te me estás poniendo. –reí mientras mi culote se deslizaba por mis piernas a una velocidad de vértigo y se perdía entre las sábanas que nos envolvían. – Y normalmente esa soy yo. –cambié las posiciones de nuevo y me lamí los labios debido a la sensación de volver a estar desnuda sobre él. Posó sus brazos en mi espalda y tiró para pegarme a él, retirar mi pelo hacia un lado, y succionar una pequeña parte de piel en aquella zona.
—Ahora eres mía. –dijo al separarse y supe que en mi cuello había dejado una gran mancha rojiza y húmeda que tardaría lo suyo en desaparecer.
—Ya era tuya.
Me dejé caer a su lado para que se colocara entre mis piernas y no tardé en sentir el calor de su cuerpo eclipsar el mío. Sus labios se unieron a los míos, mientras yo tiraba de su cuerpo más hacia mí. Sus manos se colocaron a ambos lados de mi cabeza, y su primer movimiento me hizo morder su labio inferior.

Las embestidas, rápidas y profundas, me hicieron empezar a jadear. El primer golpe de nuestra cama contra la pared nos pilló de improviso, mientras yo mordía su lóbulo de la oreja, por lo que reí cerca de su oído y él dejó de morder uno de mis senos para sonreír sobre él. 
—Quiero estar encima. -susurré allí, en su oído, y él acercó sus labios a mi cuello.
—Tus deseos son órdenes, Smith. -en un movimiento ágil yo quedé sentada sobre él, bajo aquellas sábanas. Mis manos rápidamente viajaron al cabezal de la cama, el cual batía velozmente contra la pared cada vez que Harry aumentaba la velocidad de sus impulsos. Besé sus tatuajes intentando aguantar los gemidos que se retenían en mi garganta, hasta que el primero salió entre mis labios. Y detrás de él, otros tantos. Mi respiración estaba completamente acelerada y lamí mis labios cuando presioné el miembro de Harry entre los labios menores del mío cada vez que salía de mí, provocando que sus iris oscurecieran y sus gemidos sonasen altos. Conocía bien cómo hacer disfrutar a mi hombre.
 
No nos detuvimos hasta llegar juntos al clímax, cumbre de las sensaciones, a pesar de que esta vez contábamos con oyentes. La cama embistió por última vez contra la pared junto con el último movimiento de Harry antes de salir completamente de mi cuerpo.
 
Aun así no me bajé de su cuerpo. Enrollados bajo las sábanas blancas pegué mi frente a la suya y reímos. Reímos mientras él me acariciaba la zona baja de la espalda y yo dejaba breves besos sobre sus rosados labios. Su reparación, tanto como sus pupilas, seguían alteradas.
 
—Deberíamos hacer una lista. -susurré.
—¿De qué?
 
—De sexo, lugares y posturas en las que hacerlo. Y vamos tachando...
—¿Hablas en serio? -alzó el ceño.
 
— Sí. Siempre y cuando seas capaz de seguir mi ritmo. -vacilé e hizo un cambio de posiciones, haciéndome gemir y dejando mi cuerpo aprisionado entre la cama y el suyo.
 

—¿Decías, cariño?