domingo, 26 de mayo de 2013

CAPÍTULO 12.

—Que sea la última vez que dejas entrar a tus amigos a mi casa. –dijo en mi oído cuando cerré la puerta, después de que Chloe y Martin, su ligue, se fueran.
—Yo no critico a tus amigos, así que deja los míos en paz. –los defendí.
—¿Sabes lo que tenemos que hacer hoy, verdad?
—Si no te refieres al coito o alguna otra actividad sexual, ni idea.
—Si después de esto no me esperaran tres millones de dólares, te echaría a patadas…-susurró más para sí que para mí. –Tenemos que ir a terapia de parejas. Es una vez a la semana, ¿recuerdas?
—¿A qué hora?
—Cinco. –dijo y se dejó caer en el sofá.
Faltaban quince minutos para las cuatro cuando salí de la ducha. Después de revolver entre mi ropa, la que había dejado caer en la cama de otra habitación. Oí la puerta cerrarse y me asomé a la ventana al acabar de calzarme. Harry corría hacia su coche con la dirección de la psicóloga de parejas en la mano. Todavía no eran las cuatro… ¿A sí que me has engañado con la hora, eh Styles? Sabía que si yo no me presentaba, sería desacato al tribunal, por lo que el dinero sería completamente para él.
¿Quieres jugar sucio? Eché a correr hacia abajo y salí por la puerta antes de que le diera tiempo a encender el coche. Me recosté sobre el capó de este, mirando hacia Harry, el que no tardó mucho en salir.
—¿Te apartas, por favor? Necesito hacer unos recados.
—Ya, y esos recados no serán ir a ver a nuestra psicóloga, ahora –recalqué el ahora- a las cuatro. –volví a recalcar la última palabra. Estuvo durante tres segundos en silencio y luego echó a correr calle abajo. Solté una carcajada, ¿quería jugar? Corrí tras de él agradeciendo haberme calzado un par de Converse. Llamó al primer taxi que pilló, pretendiendo subir a él, pero lo alcancé y tiré de su cuerpo, subiéndome yo a este.
—A la 45 con Riberside, ¡rápido! –dije y el taxista arrancó rápidamente. Enseñé mi dedo corazón por el cristal trasero a Styles, ya que se había quedado parado en medio de la carretera. Solté una carcajada y en unos segundos oí el sonido de mi móvil.
—¿¡Qué!? –exclamé al descolgar, era él.
—Dudo que puedas pagar al taxista sin tu cartera. –para luego oírlo reír cínicamente, y por el cristal, lo vi con ella en la mano.
—Solo cinco dólares…-susurré al ver la cantidad que llevaba en el bolsillo.- ¿¡Tienes mi cartera!?
—¡Eh! –se detuvo el taxista- ¿no lleva dinero, eh? Bájese.
—Vamos, ¿qué quieres? Podemos llegar a un acuerdo.
—Enséñeme las tetas.
—¿¡Qué!?
—Te sorprenderías de las veces que suele pasar. –observé a Harry corriendo hacia aquí, y no tuve más remedio.
—Está bien, una teta. ¡Solo una!
—De acuerdo. –dijo lo más serio del mundo y vacilé, antes de descubrir uno de mis pechos por el escote. No tardó mucho en arrancar y volver a poner rumbo a la dirección establecida, dejando atrás a Styles.-¡No hay nada como unos bonitos melones! –exclamó dando la vuelta a la calle.
—¿Qué problema tiene?
—Ninguno, me gustan las tetas. –añadió el, como mucho, treintañero taxista, bien descuidado físicamente y con una barba de semanas. Muy a mi pesar, al dar la vuelta a la manzana dónde se establecía el mercado, nos encontramos con un atasco.
—¿Hay algún modo de evitar esto? –pregunté esperanzada.
—¿Te parece que hay algún modo de evitarlo?
Miré hacia los lados a ver si de alguna manera avanzaba, y me sorprendí al volver a ver a Styles, en monopatín, pasando por al lado derecho de mi taxi y riéndose e imitando cómo si estuviera llorando.
—¡Me bajo! –gruñí y eché a correr. Me acerqué a un puesto de fruta del mercado. –¿Cuánto por diez naranjas? –grité metiéndolas en la bolsa rápidamente.
—Dos… -no le dejé acabar, me largué de allí, persiguiendo a Styles con una bolsa llena de naranjas y los gritos de un vendedor enfurecido, de fondo. Corrí tras de él por medio de la carretera y asesté, con puntería, un golpe en su cabeza con una de las naranjas, lo que hizo que se llevase una mano a esta. La naranja rebotó en uno de los coches haciendo que se activase la alarma del mismo. Aun así seguí lanzándole naranjas, asestando golpes que él intentaba esquivar. Quejándose por cada uno que recibía, hasta que miró atrás y aproveché para darle con una naranja en su bonita cara. Por lo que perdió en equilibrio cayendo sobre uno de los puestos del mercado. Me reí al pasar por su lado y con la última naranja le di un golpe en sus partes nobles y eché a correr hacia el autobús de dos plantas, que estaba a punto de salir, sentándome en la superior.
Me reí a más no poder, ya sentada en aquel asiento, hasta que sentí su cara a dos centímetros de la mía, lo que me hizo dar un salto en el asiento.
—¿Está ocupado? –se burló y se sentó a mi lado, no sin antes hacerme la vida imposible, apretujándome contra el asiento.
—¡Lárgate de aquí! –dije empujándolo con los pies, contra el borde del autobús.
—¿¡Central Park, amigos, a que es precioso!? –oímos al guía del autobús y aproveché para bajarme de este. Corrí por todo Cetral Park, perseguida por Harry. Robé una baguette de pan a una de las familias que allí había, y para mi sorpresa, Harry hizo lo mismo. Me detuve para propinarle el primer golpe, otra vez en sus partes y eché a correr de nuevo. Esquivé la barra de pan que me había lanzado. Entonces divisé a una familia, que parecían brindar, con copas de Smirnoff.
—¡Gracias! –exclamé arrebatando una de ellas y bebiéndomela de un golpe, para acabar dejando el vaso tirado por ahí. Seguí corriendo hasta llegar a uno de los límites. Si no me equivocaba estaba cerca de la consulta. Harry me pisaba los talones, e incluso me dio un leve empujón contra uno de los arbustos. Se acercó a uno de los muros, que limitaba con el edificio donde ésta se encontraba. Aproveché para tirarle de los pantalones, haciendo que cayese al suelo y yo misma empecé a escalar. A la par llegamos a la cima del muro, con toda la ropa llena de hojas y ramas. Corrí hacia la puerta dónde nos esperaba la psicóloga, y entré lo más rápido que pude, pero él tiró de mi brazo dejándome rezagada y echando a correr hacia el sofá de la sala. Salté sobre sus hombros ante la perpleja mirada de la Doctora Twichard, y ambos caímos sobre el diván. Dejamos la pelea a parte para centrarnos en la Doctora, quedándonos uno al lado del otro.
No tardamos en empezar a hablar a la vez, quejándonos de la conducta del contrario.
—¡Es una irresponsable!
—¡Ni siquiera me quejo cuando me pone los cuernos con Aylin! ¡Y aun por encima que hago las tareas de una buena esposa, no tiene huevos a presentarme ante su jefe!
—¡No piensa en nada más que en sexo, en sexo y en sexo!
—¡Intenta obligarme a dormir en el salón!

—¡Está bien! –exclamó la susodicha. –Ahora sí parecéis un matrimonio de verdad. 

domingo, 12 de mayo de 2013

CAPÍTULO 11.

»NARRA HARRY«
Me extrañó ver aquel Audi aparcado delante de mi apartamento, entonces recordé que los padres de ________ iban a traerle el coche hoy.
Volví a observar el sobre que tenía en la mano, ¿en serio debería plantearme llevarla?
Negué con la cabeza y entré en casa, mi primera visión fue un gran charco de algo rojo en la entrada, sin duda no me convendría adivinar de qué. Unos bóxer, que no eran míos, descansaban en el suelo, y ropa interior femenina colgaba de uno de los muebles. Entonces, oí un grito en la planta superior. Sin siquiera pasar por la cocina, subí lentamente por las escaleras hasta detenerme en la puerta de mi habitación.
—Te creía más inteligente -susurré al asegurarme de que los gritos provenían de allí y saqué el móvil del bolsillo- Acabas de perder tres millones de dólares, Smith.
Lentamente giré el pomo de la puerta hasta que sentí unos brazos rodearme la cintura y unos labios en mi oído.
—Podías haberme dicho que habías llegado a casa -oí su voz, entonces ¿quién estaba en mi habitación? Me di la vuelta para quedar frente a ella. Llevaba puesto el delantal y... nada. O por lo menos, ninguna prenda sobresalía. ¿Caminaba por casa en delantal y tacones rojos?- Ven -dijo tirando de mi brazo- ¡Te tengo una sorpresa! -exclamó y me arrastró escaleras abajo. Tan pronto se dio la vuelta descubrí lo que llevaba puesto. Un vestido rojo palabra de honor, bien corto y ajustado. O tan bien podía definirse como tela que tapaba lo justo.
—Una duda existencial, ¿quién está follando en mi habitación?
—Chloe y su nuevo ligue. La llamé para que me hiciera compañía y se presentó aquí con él.
—¿Y tenían que dejar su ropa interior por todo el salón?
—Es lo que hace la gente que practica sexo del bueno.
—¿Es lo que hacías tú antes de casarte conmigo? -añadí y se detuvo en medio del pasillo.
—¿Te digo la verdad o te miento?
—¿Sabes? Prefiero no saberlo, enséñame esa sorpresa -sonrió y la seguí hasta la cocina. Me obligó a sentarme en la mesa y segundos después, colocó ante mí un suculento plato con lo que parecía un chuletón de cerdo, recubierto con salsa de nata y una ensalada.
—Para que veas que soy buena esposa, te he cocinado la comida, y todo.
—¿Una buena esposa dejaría que su mejor amiga esté haciendo guarradas con su ligue en la habitación se su marido?
—Si quieres, podemos ir a hacer nosotros las nuestras a otra habitación -dijo pasando por mi lado, para acabar sentándose de un salto en la mesa. Negué con la cabeza y dudé un momento la cantidad de veneno que podía haberle echado a aquel plato, pero acabé probándolo igual.
—Hoy estás algo rara. -dije dejando el plato en el lavaplatos.
—¿Algo rara? ¿O no estás acostumbrado a ver a alguien tan sexy?
—No tiene nada que ver con el diminuto cacho de tela que cubre tu cuerpo... ¡Ah! Sí, déjame adivinar, ¿quieres sexo del bueno, no es así?
—No tiene nada que ver con eso, aunque no estaría nada mal...
—Pues déjame decirte, -comenté acercándome a ella y separándole las piernas para situarme entre ellas- que no tendrás sexo de ninguna de las maneras hasta dentro de un año, cuando acabe la sentencia. -susurré en su oído, como había hecho ella antes.
—¿Qué vas a esperar al último día para dármelo todo junto?
—No volverás a ver mi "churro" -dije utilizando una de sus expresiones- nunca. -le di dos palmaditas en la cabeza, como si fuera una niña pequeña y me dirigí al salón.
—Entonces, ¿tampoco me dirás qué es esto? -me di la vuelta para saber de qué hablaba y puse los ojos en blanco. Llevé la mano al bolsillo interior de mi chaqueta, el sobre ya no estaba allí.
—Eres increíble... Ahora dame eso, es del trabajo.
—Aquí dice: para el señor y -recalcó ese "y"- la señora Styles.
—No es nada, dame eso. -exclamé intentando quitárselo.
—Dime qué es. O puedo abrirlo, y adivinarlo yo misma -hizo amago de abrirlo y rodé los ojos.
—¡Está bien! -dije arrebatándoselo- Dentro de seis meses, mi jefe se jubila. Trabajo en una empresa que se encarga de importar y exportar productos de alta tecnología. Y soy vicepresidente de esa empresa...
—¡Vaya! Estoy casada con un alto cargo.
—Como he dicho, mi jefe se jubila, y dentro de seis meses celebrará su jubilación. Y en esa fiesta decidirá quién queda como presidente, si yo, o Liam Payne, el encargado de las finanzas.
—¿Y qué tengo yo que ver en todo eso?
—Pretende...-dudé por un momento si decírselo, u ocultárselo- Pretende que todos los trabajadores llevemos a nuestras esposas, para conocerlas. Dice que la responsabilidad de un hombre se ve en el tipo de mujer que escogió, o algo así.
—Oh, estaré encantada de ir.
—No, no. Eso sí que no. No irás. Pretendo que me asciendan, no que me echen.
—¡Si soy la mujer más responsable del mundo!
—Por supuesto; escaparse de casa para irse a Las Vegas, correr desnuda por las calles, un duelo en tarima, lluvia de vodka en una discoteca, casarse con un desconocido... Es lo más responsable del mundo.
—Que yo sepa, tu participaste en la mayoría de ellas.
—¿Será por eso que terminamos casados? -me llevé una mano a la cabeza, ¿¡Quién me mandaría ir de vacaciones!?
—¡No! Terminamos casados porque yo presioné al juez de paz. -soltó un suspiro- Echo de menos esos tiempos... la irresponsabilidad, la fiesta, el sexo desenfrenado en los baños de bares, con gente que probablemente no vuelva a ver en la vida...
—Ni de broma vienes a la reunión de la empresa.
—¿Ah no? -dijo con intención de acercarse, pero algo la detuvo- ¡Vaya masculinidad te gastas! -exclamó y, ante lo raro que me resultaba su cambio de tema, me di la vuelta, para encontrarme allí al que supuse sería el nuevo ligue de Chloe. En pelotas.

CAPÍTULO 10.

—¿Y a ti no te han enseñado que no deberías andar desnuda en casas ajenas?
—Ahora también es mi casa.
—Por lo menos utiliza tus cosas.
—Tranquilo, luego te las devuelvo para que puedas masturbarte con ellas.
—Eres... asquerosa.
—¿Cómo tu Aylin en la cama?
—¿Qué problema tienes con ella? ¡Ah!, ya sé. Estás celosa -añadió y fingí una carcajada.
—De esa no tengo que tener celos, si no estarías en su casa haciendo guarradas con ella en vez de estar ahí plantado mirándome las tetas.
—Eres increíble.
—¿¡Por eso te casaste conmigo!? -exclamé cuando él salió de la habitación.

—Buenos días -bostecé al entrar en la cocina- ¿Despierto tan temprano?
—Tengo que ir a trabajar.
—¿Ir a trabajar?
—Ya sabes, esas cosas que hacemos las personas con estudios que servimos para algo.
Le propiné un puñetazo en el brazo cuando pasé por su lado.
—Tengo dieciocho años, ¿qué mierda quieres que haga?
—Hay gente con menos edad que tú, que ya trabaja -dijo mientras yo me servía el café y me sentaba a su lado.
—A los veinticinco años heredaré la empresa de mi padre. Hasta entonces, disfrutaré de la vida. Cosa que tú no harías ni con tres mil putas en una isla desierta.
—A los veintitrés años, se tiene un poco más de cabeza. -oí y escupí todo el café que estaba tragando- ¿Ves? Esa es otra de las cosas que no se hacen a mi edad.
—¿Tienes veintitrés? -lo miré atónita. Asintió- ¡Sáquenme de aquí! ¡Papá! ¡Estoy casada con un viejo! -fingí deprimirme ahí, sobre la mesa.
—¿Enserio tienes dieciocho? ¿O tienes cinco? -se mofó y le di el guantazo más grande de su vida.
—Habló el irresponsable que contrata una puta y no paga sus servicios –le recordé.
—¿Qué más da que lo tenga yo, o la tengas tú? “Para compartir, en la riqueza y en la pobreza” –recitó- ¿Recuerdas, cariño? –me mostró su dedo anular y yo a él el mío corazón.                                                                                                                            —Ve con cuidado –comencé a decir, apoyándome en el marco de la puerta de la cocina, mientras observaba como él se ponía la corbata frente a un espejo en el recibidor.        
—¿Ahora te preocupas por mí? –se anticipó.                                                                         
—Para nada. Lo digo, por si cuando vuelvas la casa está incendiada, o se está celebrando la fiesta más grande del siglo, que sepas, que soy inocente.                                 
—Lo tendré en cuenta ante un tribunal –sonrió y se acercó a mí. ¿Qué pretendía acercándose tanto?- Aunque no te conviene hacerlo –susurró en mi oído- el dinero sería completamente para mí –añadió e hizo el amago de separarse, pero por el contrario propinó un beso en la comisura de mis labios. Intenté protestar, pero no me dio tiempo- ¡Adiós cariño! –se burló y salió por la puerta.

—¿Te crees que con eso puedes amansar a una fiera, Styles? –me mofé mientras hacía un par de llamadas- El dinero será para mí, antes de lo que crees –añadí.                               

domingo, 5 de mayo de 2013

CAPÍTULO 9.

—Y este es mi apartamento -dijo y me dejó entrar primera.
—¡Fiesta! Pide un par de pizzas, ¿Tienes alcohol? ¡Da igual! Pidamos a los vecinos, voy a llamar a un par de strippers y a unos amigos.
—Para el carro muñeca, no vas a destrozar mi casa.
—¡Aburrido! -exclamé decepcionada, guardando el móvil.
—¿Peli y palomitas?
—¿Puedo convencerte de que salgamos a beber y bailar?
—No.
—Entonces sí. ¿Tienes alguna de miedo?
—"Mamá", único.
—¡Perfecto! Ponla mientras me pongo el pijama -dije mientras sonreía internamente. Di vuelta a una de mis maletas en la primera habitación que encontré. Revolví entre mis picardías hasta que di con el body rojo. Con él haría que despidiese a su puta, y la rubia de Aylin se quedaría en la calle. Reí para mis adentros y dejé el liguero sobre la cama, ya tenía uno tatuado en la pierna izquierda, por lo que no me haría falta, entonces bajé tan pronto estuve lista.
—¿¡Ese es tu pijama!?
—Sí, es el de invierno.
—Creo que no quiero ver el de verano, entonces.
—No hay nada que no hayas visto ya.
—La verdad se me ha olvidado todo, ¿vuelves a enseñármelo? -sonrió pícaro. ____ 2 - Aylin 0.


—Idiota, eres idiota -grité por cuarta vez a la televisión de plasma que había en el salón. Cada vez las películas de miedo eran peores. Deberían llamarse, películas de idiotas suicidas.- Vaya mierda. -dije después del grito de la protagonista.
—¿Quieres ver algo que de verdad da miedo? -preguntó Harry, que estaba a mi lado.
—¿Vas a volver a enseñarme tu churro? -reí.
—Vete a la mierda. -dijo levantándose, seguramente cabreado y entonces empecé a reírme a más no poder en el sofá. Lo seguí escaleras arriba y entré tras de él a una habitación.
—Puedes dormir en el salón o en la habitación del fondo. Te recomiendo el salón.
—¿Por qué? ¿A caso guardas allí los juguetes sexuales que usas con Aylin?
—No, lo que pasa es que esa cama es súper incómoda.
—Me da igual, pienso dormir aquí.
—Ni loca duermes conmigo.
—Entonces no tienes más remedio que dormir tú en el salón.
—Es mi casa, son mis normas.
—"Para compartir, en la riqueza y en la pobreza" -recité- ¿recuerdas, cariño? -dije enseñándole mi dedo anular donde descansaba el anillo de plata.
—Córtate ese dedo.
—¿Te gusta más este? -cambié al dedo del medio. ____ gana, otra vez.
—De acuerdo -dijo levantándose y sacando del armario un par de mantas- Cógelas y escoge una esquina de la habitación. También te dejo dormir en la bañera.
—Te recuerdo que no hablas con Aylin.
—Cierto, a ella la dejaría dormir en mi cama.
—Ni quiero, ni necesito tu puto permiso para dormir en esa mierda de cama. Así que si no te gusta, te pudres. -dije acostándome en una de las esquinas.
—Pienso quejarme al juez.
—Como si vas y te lo follas.
—Oh mierda, parecemos un jodido matrimonio de verdad -dijo antes de salir, con las mantas, dando un portazo.
—¡______ gana, señores! -exclamé y empecé a saltar en la cama- Vamos a ver que tiene por aquí...
Rebusqué en todos los cajones y armarios. ¡Vaya! Este tío es más normal de lo que parece. Al lado del armario había una puerta de roble, debía ser el baño. Al entrar, me quedé impresionada. ¡Qué lujos se daba Styles! Solo la bañera de hidromasaje ocupaba la cuarta parte del baño. Observé la hora, 21:39, ¿me dejará darme un baño?
—Por supuesto que sí, mi amor -imité su ronca voz y llené la bañera. Me despojé de toda mi ropa y me hundí en ella. Tenía tres de estas en mi antigua casa y nunca las había usado, perdiéndome el placer que proporcionaban. Solté un suspiro y me hundí bajo la espuma. Unas ganas de fiesta y de sexo intenso me recorrieron desde la punta de los pies a la cabeza. ¡El sábado llamo a Chloe! Después de estar un buen rato en la bañera, salí hacia la habitación enrollada en la toalla. Entonces caí en la cuenta de que mis maletas se encontraban en la otra habitación.
—Tendré que usar tu ropa, Styles.
Rebusqué por su armario hasta topar unos pantalones de chándal holgados, grises. Me sentí rara al ponérmelos.
—Es como si no llevara nada -reí.
Antes de buscar una camiseta me observé en el espejo de armario que había. ¿Y si me hacía otro tatuaje? Podría ser sobre el ombligo, o sobre el pecho.
—¿Quizás en un brazo? -medité y entonces la puerta, se abrió.- Oye, ¿no te han enseñado a llamar antes de entrar?