—¡Postre!
¡Amo hacer postres! -exclamé caminando hacia la cocina, seguida de Harry.- Y ya
se me ocurrió el postre perfecto para hoy.
—¿Eh?
¿Qué decías? Perdona. -dijo sentándose apoyado en la barra americana de la
cocina.
—Pon
música y ven a ayudarme a hacer la base de brownie, míster ausente.
Scream
& shout de Will.i.am y Britney sonó desde el equipo de música del salón, y
el castaño se acercó por detrás.
—Yo
bato los huevos, que se me da genial. -dije guiñándole un ojo, por el doble
sentido que una mente tan enferma como la mía había sacado de aquellas
palabras.- Tú funde el chocolate y la mantequilla juntos.- le indiqué los
ingredientes con la cabeza- I wanna
scream and shout, and let it all out. And scream and shout, and let it out. We saying “Oh
wee oh wee oh wee oh!”, we saying “Oh wee oh wee oh wee oh!”…
—¿Bates
los huevos o cantas? -preguntó irónico mientras troceaba el chocolate.
—Por
si se te olvidaba, soy mujer, con tetas, culo y capacidad para hacer dos cosas
a la vez.
—Créeme
que con ese vestido no se me va a olvidar que eres mujer, y ninguna de tus
capacidades… -susurró para sí, lo suficientemente alto como para que lo
escuchase y soltase una carcajada.
—¿Dónde
está la harina? No me jodas que no hay. -dije buscándola por toda la alacena.-
Me cago en la put…
—¿Buscas
esto? -me miró con el ceño en alto, con el paquete de harina en la mano.
—Gracias.
-dije después de abrirlo, mientras le echaba un pequeño montón de harina a la
cara.
—¿No
querrás iniciar una guerra? -ironizó.
—Quizás.
-volví a echarle la misma cantidad, mientras sacudía el pelo para eliminar la
harina, con ese movimiento tan sexy que me había hecho querer llevármelo a la
cama en Las Vegas.- ¡No hagas eso! -dejé la harina sobrante en el paquete,
sobre la encimera, y metí al horno los moldes con la masa.
—¿Y
me dejo toda la harina en el pelo? -rió cínicamente.- ¿Por qué no debería
hacerlo?
—¡Porque
es sexy! -cuando me levanté el paquete de harina ya no estaba, y pronto muchísimo
polvo blanco cayó sobre mí.- ¡Styles voy a matarte! -exclamé mientras me
limpiaba la harina de la cara, y sacudía levemente el pelo para no deshacer el
peinado. Echó a correr por toda la casa y me vi obligada a perseguirlo
escaleras arriba, hasta que llegó a la habitación del final, cerrada con llave
y sin escapatoria.- Vas a morir, Styles.
—¿Y
cómo vas a matarme? ¿Echándome la harina que tienes por todo el cuerpo? Aunque
la del escote puedo quitártela yo sin problemas.
—¿Harry?
-pregunté graciosa- Últimamente estás muy salido, para ser tú. Normalmente soy
yo la que lanza las indirectas para el sexo.
—Todo
lo malo se pega, y yo me paso las veinticuatro horas del día contigo. A saber
qué más me has cambiado.
—Primero,
vamos a montar la nata antes de que se me quemen los brownies. Segundo, asume
que la venganza va a ser terrible. -di media vuelta, caminando hacia la
cocina.- ¿Quieres dejar de mirarme el culo y caminar hacia la cocina?
—La
verdad, no. -solté una carcajada al oírlo.
La cocina seguía llena de harina cubriendo el suelo, pero ninguno de los
dos parecía querer recogerla.
Detuve
la batidora cuando creí que la nata ya estaba bien montada y al ver a Harry
tanto tiempo con la cabeza, literalmente, dentro del frigorífico.
—¿Harold?
—¿Qué?
-dijo mientras terminaba de comerse aquella fresa.
—¡Deja
eso donde estaba! ¡Escúpelo! ¡Forma parte de mi amado postre! ¡Y créeme que si
no quieres tener problemas con tu masculinidad durante el resto de tu vida, es
mejor que lo sueltes!
—Tranquila
mujer, que hay de sobra. -sacó el recipiente de cristal con las fresas y las
colocó sobre la mesa.- Mmm, nata. -aprovechó para comerse una fresa recubierta
de nata mientras yo lo miraba con odio.
—¿Quieres
nata, mi amor? -dije cínicamente.- Pues toma nata. -limpié con el dedo el borde
del plato en el que la había montado y se la unté por toda la cara.
—Así
está más dulce. -ironizó mientras se limpiaba y lamía la que estaba cerca de
sus labios.
—Deja
de comerte el postre, Harry. -dije sacando ya los brownies del horno- Y ayúdame
a decorarlos. -iba a echar mano a una fresa, pero lo detuve.- No, mejor yo
decoro los brownies, que soy capaz de hacerlo sin comérmelos mientras. -empecé
a echar nata sobre el primero de ellos, para luego colocar una fresa sobre él.
Decoré el segundo y los dejé sobre la cake
board.- ¿Deberíamos limpiarlo todo? -pregunté esperanzada, por las pocas
ganas que tenía.
—Tranquila,
mañana llamo a Marie.
—¿Otra
de tus putas? -alcé el ceño, ¿cuántas tenía?
—La
señorita de la limpieza.
—¡Anda
ya! Te aviso de que en mí cama no vais a hacer nada. Ni en esta casa.
—No
voy a acostarme con Marie, _______.
—Sé
sincero, Harry. ¿Cuántas veces te la has tirado antes de estar casado conmigo?
—Tres.
—¿¡Ya
no estoy paranoica, eh!?
—Y
ahora sé sincera tú, _______. ¿Con
cuántos te has acostado antes de casarte conmigo? -ahí me había pillado.
—Tengo
una lista, y creo que tú ocupabas el número 116 de este año.
—¿¡Solo
de este año!? -incluso se atragantó.- ¿Ves? Yo tengo más motivos que tú para
enfadarme. O para tener cuidado de que no te acuestes con el primero que veas
por la calle. Tú estás casada con un
hombre normal, yo con Smith, la adolescente más deseada de los cinco
continentes.
—¡Tampoco
soy una ofrecida! -lo corté.
—Entonces
no te enfades. -ignoré su último comentario cruzada de brazos.- Y al final lo
has hecho. -seguí ignorando lo que decía.- ¿No me hablas? Tú lo has querido,
Smith. -fruncí los labios hasta que
sentí agua impactar contra mi vestido.
—Haroldo
Styles, ¡prepárate para la muerte! -le grité.
—¿Ahora
ya me hablas? -rió. ¿Se lo tomaba a broma? - Vaya…-acabó por susurrar, cuando
me levanté con el vestido completamente empapado y pegado a mí, sin dejar de
recorrer mi cuerpo con la mirada.
—Mierda,
no puedo estar enfadada contigo si estás pensando en follarme. Es imposible.
Voy a quitarme esto, y tú limpias la barra americana. Por… por ser tú. -sonrió
mientras yo subía a la habitación, para dejar el vestido sobre la cama al
quitármelo. Sonreí con malicia a aquel espejo, al verme con el corsé y la ropa
interior de encaje. Una idea retumbó veloz en mi mente, como una estrella
fugaz. Me calcé de nuevo aquellos altísimos tacones y bajé hacia la cocina en
ropa interior.
—Ni
se te ocurra. -dije, haciendo que diese un brinco por el susto, cuando
pretendía coger uno de los brownies. Había limpiado la cocina y ahora relucía
todo, menos el suelo, que estaba más blanco por la harina que una estación de
esquí.
—¡Joder,
______! -exclamó cuando se giró para verme, atragantándose con el mismísimo
aire.- Vas a matarme.
—¿No
es una pena que ninguna de tus dos amantes te dé esto?
—Aylin
no tiene tus tetas.
—¿Me
quieres por las tetas? -bromeé.
—En
realidad son tus tatuajes.
—Venga
ya, dime algo que te guste de mí. -seguía apoyada en el marco de la puerta, con
la mirada de Harry recorriéndome de arriba abajo.
—Acabaría
muchísimo antes diciéndote qué es lo que no me gusta de ti. Pero supongo que lo
que más me gusta es tu espontaneidad, eres una persona diferente a cada segundo
del día, y, sobre todo, me gusta tu carácter. Todo lo contrario a una santa.
—Qué
profundo Harry. -sonrió y a los dos segundos los dos empezamos a reír a
carcajadas al sacar el sentido doble de la palabra.
—¿Planes
para la cena? Ya casi son las diez. -se acercó a mí, y sabía que lo que ambos
queríamos comer no era precisamente comida.
Una de sus manos se colocó a un lado de mi cabeza, en la pared, su
cuerpo aprisionaba el mío contra esta y su otra mano se colocó en mi cadera.
—Un
polvo como cena y luego, el postre.
—Lo
apoyo. -dijo llevando su mano al nudo de mi corsé, mientras uno por uno,
descruzaba los lazos de delante. Llevé mis manos a su cinturón y solté la
hebilla, lo mismo hice con el botón. Me arrodillé ante él al tiempo que bajaba
sus pantalones. Él se encargó de quitárselos por los pies, mientras yo subía se
nuevo hasta sus bóxer y se los bajaba. Dejé un recorrido de besos, subiendo por
sus piernas y pasando por sus músculos de la cintura, mientras él se quitaba su
camiseta. Me alzó contra la pared, colocándose entre mis piernas. Llevó sus
manos a mis pechos y soltó el corsé, librándome de él. Arqueé mi espalda para
que pudiese soltar mi sujetador, el que acabó junto mi corsé. Mientras atrapó
mis labios, una de sus manos avanzaba hasta la tela de encaje de mi tanga,
introdujo dos de sus dedos bajo esta y se colaron en mi feminidad. Gemí,
entretanto él seguía introduciendo dedos y besando mis pechos. Torpemente y
entre besos conseguimos llegar a la habitación, me dejó caer en la cama y se
colocó encima de mí. Mi tanga se había quedado en algún lugar del pasillo, por
lo que me penetró tan pronto estuvo entre mis piernas. Yo me sujetaba a su
espalda mientras irrevocables gemidos escapaban, veloces, de mis labios. Los
ahogué en su cuello, cosa que pareció gustarle, y aumentó la velocidad de sus
embestidas. Sentía su sexo contra el mío, de nuevo, sin protección. Aunque
ciertamente eso era lo que menos me importaba ahora. Sus manos jugaban con mis
senos, hasta que hubo un cambio de posiciones, sentada encima de él apoyando
las manos en su pecho. Ya no me molestaba en ahogar los gemidos y dejaba que
saliesen de mi boca sin impedimentos. La velocidad se detuvo, hasta que con la
última de las embestidas su miembro salió de mi cuerpo, y empecé a besar su
pecho, descendiendo, hasta llegar a los bien marcados músculos que tenía en la
cintura. Repasé con la lengua la frase “Might
as well…” que tenía tatuada, antes de mirarlo por última vez, guiñarle un
ojo, para después introducir su miembro en mi boca repetidas veces. Los gemidos
también salieron de entre sus labios y sus ojos se entrecerraron. Volví a
ascender por su cuerpo cuando me reclamó, hasta volver a quedarme sentada sobre
él, sintiendo su masculinidad bajo mi sexo, y dejarme caer a su lado en la
cama. Se recostó de lado, mirándome.
—Amo
este tatuaje. -dije repasando el “17BLACK” que tenía en su hombro.- Es el
número de la suerte en los juegos de ruleta, así que me recuerda a Las Vegas.
—Lugar
que amas.
—Y
lugar en el que te dije el primer “¿Quieres verme las tetas?” al conocerte.
-soltó una carcajada.
—Cierto.
-dijo besando la comisura de mis labios, que yo aproveché para atrapar sus
labios, y quedarme pegada a su cuerpo, mientras ambas lenguas jugaban. Apoyó su
cabeza en mi cuerpo desnudo y no tardó en quedarse dormido.
[ …
]
—________.
-oí susurrar mi nombre y una lengua perfilar el tatuaje que tenía en la zona
baja de la espalda.- _________. -volví a oír y abrí los ojos.
—¿Buenos
días? ¿Ya es mañana? -pregunté aturdida.
—Van
a ser las doce, aún. Por cierto, nunca me había fijado en este tatuaje. ¿Qué
dice?
—Son
letras griegas, dice “Cómo me gustaría que estuvieras aquí.” -soltó una
carcajada.
—¿Lo
has puesto por el segundo significado o por el romanticismo de la frase? -dijo
entre risas.
—Por
el segundo significado, por supuesto. -volvió a subir hasta quedar a mi altura.
Y entonces recordé el reloj.- Cariño, ¡tengo algo para ti! -salté de la cama
ignorando mi cuerpo desnudo y saqué del segundo cajón de la cómoda el regalo.
—¿En
serio me has…? -lo interrumpí sentándome sobre él, y mostrándole la pequeña
bolsa verde de aquella relojería.
—Calla
y ábrelo. -su cara al abrir aquella caja negra y ver fue un completo mapa.
—No
puedo creerlo, este reloj es…-susurró.
—El
último que te falta para completar la colección.
—Pero
cuesta…
—No
cuesta nada. -dije y lo cogí de la barbilla, celosa de que prestase más
atención a aquel reloj que a mí, y lo obligué a mirarme.- ¿Te gusta?
—¿Cómo
no me iba a gustar? -se inclinó para besar mis labios.- Te quiero. -susurró,
sobre ellos, después. Haciéndome abrir los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Me
has oído perfectamente. -sonrió de lado.
—Lo
sé, pero quiero volver a oírlo.
—Te
quiero.
—Te
compraré un reloj como ese durante el resto de tus días, pues. -soltó una
carcajada.
—Cierra
los ojos, por favor. -así hice y no tardé en sentir algo colgar de mi cuello.
Colocó mi pelo sobre uno de los hombros para poder ajustar el cierre y con una
caricia me indicó que abriese los ojos. Aquel colgante con forma de corazón estaba
hecho de diamantes que supe identificar al instante, y, dentro de él, colgaba
el número trece en romano.
—Harry…
-musité al ver aquello. Aquel colgante debía de valer una pasta, por los
numerosos diamantes.- Y el trece es el día en que nos declararon marido y
mujer, hace más de tres meses. -sus brazos rodearon mi cintura y me presionaron
contra su cuerpo.- ¿Sabes que el día en el que me casé contigo, no estando en
plenas facultades de mi uso mental, por supuesto, y gritándole al cura que nos
casase, era el día de mi cumpleaños?
—¿El
1 de Junio?
—Ese
mismo.
—Te
hacías mayor, cariño.
—Si
tú dices “cariño” suena raro. -me levanté de sus piernas y caminé hacia el
armario. Sonreí al ver nuestro reflejo, antes de abrirlo.- Pillo una de tus
camisetas prestada, yo quiero mi brownie.
—Gran
postre después de una gran cena. -salió de la habitación detrás de mí y con
unos pantalones de chándal grises, holgados.
Se
sentó en una de las sillas de la alta barra, esperando a que colocase los
brownies sobre la mesa. El fatídico sonido del timbre inundó la casa. A las
doce de la noche.
—¿Quién
llama esa estas horas? -vacilé mientras Harry se dirigía a la puerta. Coloqué
sobre los platos los bizcochos de chocolate. Tarareé una cancioncita alegre de
navidad por primera vez en mi vida, sorprendiéndome, hasta que me pareció oír
su voz. La voz de la rubia, zorra, repipi y puta de mi Harry, Aylin.
—¡Feliz
Navidad, Harry! -sí, era su voz- Vaya, ahora abres la puerta ya sin ropa. -supe
que lo recorría con la mirada al salir de la cocina y apoyarme en el marco de
la puerta de esta.
—¿Y
a mí? ¿No me das el feliz Navidad, Aylin?