domingo, 30 de junio de 2013

CAPÍTULO 16.


—¡Postre! ¡Amo hacer postres! -exclamé caminando hacia la cocina, seguida de Harry.- Y ya se me ocurrió el postre perfecto para hoy.
—¿Eh? ¿Qué decías? Perdona. -dijo sentándose apoyado en la barra americana de la cocina.
—Pon música y ven a ayudarme a hacer la base de brownie, míster ausente.
Scream & shout de Will.i.am y Britney sonó desde el equipo de música del salón, y el castaño se acercó por detrás.
—Yo bato los huevos, que se me da genial. -dije guiñándole un ojo, por el doble sentido que una mente tan enferma como la mía había sacado de aquellas palabras.- Tú funde el chocolate y la mantequilla juntos.- le indiqué los ingredientes con la cabeza- I wanna scream and shout, and let it all out. And scream and shout, and let it out. We saying “Oh wee oh wee oh wee oh!”, we saying “Oh wee oh wee oh wee oh!”…
—¿Bates los huevos o cantas? -preguntó irónico mientras troceaba el chocolate.
—Por si se te olvidaba, soy mujer, con tetas, culo y capacidad para hacer dos cosas a la vez.
—Créeme que con ese vestido no se me va a olvidar que eres mujer, y ninguna de tus capacidades… -susurró para sí, lo suficientemente alto como para que lo escuchase y soltase una carcajada.
—¿Dónde está la harina? No me jodas que no hay. -dije buscándola por toda la alacena.- Me cago en la put…
—¿Buscas esto? -me miró con el ceño en alto, con el paquete de harina en la mano.
—Gracias. -dije después de abrirlo, mientras le echaba un pequeño montón de harina a la cara.
—¿No querrás iniciar una guerra? -ironizó.
—Quizás. -volví a echarle la misma cantidad, mientras sacudía el pelo para eliminar la harina, con ese movimiento tan sexy que me había hecho querer llevármelo a la cama en Las Vegas.- ¡No hagas eso! -dejé la harina sobrante en el paquete, sobre la encimera, y metí al horno los moldes con la masa.
—¿Y me dejo toda la harina en el pelo? -rió cínicamente.- ¿Por qué no debería hacerlo?
—¡Porque es sexy! -cuando me levanté el paquete de harina ya no estaba, y pronto muchísimo polvo blanco cayó sobre mí.- ¡Styles voy a matarte! -exclamé mientras me limpiaba la harina de la cara, y sacudía levemente el pelo para no deshacer el peinado. Echó a correr por toda la casa y me vi obligada a perseguirlo escaleras arriba, hasta que llegó a la habitación del final, cerrada con llave y sin escapatoria.- Vas a morir, Styles.
—¿Y cómo vas a matarme? ¿Echándome la harina que tienes por todo el cuerpo? Aunque la del escote puedo quitártela yo sin problemas.
—¿Harry? -pregunté graciosa- Últimamente estás muy salido, para ser tú. Normalmente soy yo la que lanza las indirectas para el sexo.
—Todo lo malo se pega, y yo me paso las veinticuatro horas del día contigo. A saber qué más me has cambiado.
—Primero, vamos a montar la nata antes de que se me quemen los brownies. Segundo, asume que la venganza va a ser terrible. -di media vuelta, caminando hacia la cocina.- ¿Quieres dejar de mirarme el culo y caminar hacia la cocina?
—La verdad, no. -solté una carcajada al oírlo.  La cocina seguía llena de harina cubriendo el suelo, pero ninguno de los dos parecía querer recogerla.
Detuve la batidora cuando creí que la nata ya estaba bien montada y al ver a Harry tanto tiempo con la cabeza, literalmente, dentro del frigorífico.
—¿Harold?
—¿Qué? -dijo mientras terminaba de comerse aquella fresa.
—¡Deja eso donde estaba! ¡Escúpelo! ¡Forma parte de mi amado postre! ¡Y créeme que si no quieres tener problemas con tu masculinidad durante el resto de tu vida, es mejor que lo sueltes!
—Tranquila mujer, que hay de sobra. -sacó el recipiente de cristal con las fresas y las colocó sobre la mesa.- Mmm, nata. -aprovechó para comerse una fresa recubierta de nata mientras yo lo miraba con odio.
—¿Quieres nata, mi amor? -dije cínicamente.- Pues toma nata. -limpié con el dedo el borde del plato en el que la había montado y se la unté por toda la cara.
—Así está más dulce. -ironizó mientras se limpiaba y lamía la que estaba cerca de sus labios.
—Deja de comerte el postre, Harry. -dije sacando ya los brownies del horno- Y ayúdame a decorarlos. -iba a echar mano a una fresa, pero lo detuve.- No, mejor yo decoro los brownies, que soy capaz de hacerlo sin comérmelos mientras. -empecé a echar nata sobre el primero de ellos, para luego colocar una fresa sobre él. Decoré el segundo y los dejé sobre la cake board.- ¿Deberíamos limpiarlo todo? -pregunté esperanzada, por las pocas ganas que tenía.
—Tranquila, mañana llamo a Marie.
—¿Otra de tus putas? -alcé el ceño, ¿cuántas tenía?
—La señorita de la limpieza.
—¡Anda ya! Te aviso de que en mí cama no vais a hacer nada. Ni en esta casa.
—No voy a acostarme con Marie, _______.
—Sé sincero, Harry. ¿Cuántas veces te la has tirado antes de estar casado conmigo?
—Tres.
—¿¡Ya no estoy paranoica, eh!?
—Y ahora sé sincera tú, _______.  ¿Con cuántos te has acostado antes de casarte conmigo? -ahí me había pillado.
—Tengo una lista, y creo que tú ocupabas el número 116 de este año.
—¿¡Solo de este año!? -incluso se atragantó.- ¿Ves? Yo tengo más motivos que tú para enfadarme. O para tener cuidado de que no te acuestes con el primero que veas por la  calle. Tú estás casada con un hombre normal, yo con Smith, la adolescente más deseada de los cinco continentes.
—¡Tampoco soy una ofrecida! -lo corté.
—Entonces no te enfades. -ignoré su último comentario cruzada de brazos.- Y al final lo has hecho. -seguí ignorando lo que decía.- ¿No me hablas? Tú lo has querido, Smith.  -fruncí los labios hasta que sentí agua impactar contra mi vestido.
—Haroldo Styles, ¡prepárate para la muerte! -le grité.
—¿Ahora ya me hablas? -rió. ¿Se lo tomaba a broma? - Vaya…-acabó por susurrar, cuando me levanté con el vestido completamente empapado y pegado a mí, sin dejar de recorrer mi cuerpo con la mirada.
—Mierda, no puedo estar enfadada contigo si estás pensando en follarme. Es imposible. Voy a quitarme esto, y tú limpias la barra americana. Por… por ser tú. -sonrió mientras yo subía a la habitación, para dejar el vestido sobre la cama al quitármelo. Sonreí con malicia a aquel espejo, al verme con el corsé y la ropa interior de encaje. Una idea retumbó veloz en mi mente, como una estrella fugaz. Me calcé de nuevo aquellos altísimos tacones y bajé hacia la cocina en ropa interior.
—Ni se te ocurra. -dije, haciendo que diese un brinco por el susto, cuando pretendía coger uno de los brownies. Había limpiado la cocina y ahora relucía todo, menos el suelo, que estaba más blanco por la harina que una estación de esquí.
—¡Joder, ______! -exclamó cuando se giró para verme, atragantándose con el mismísimo aire.- Vas a matarme.
—¿No es una pena que ninguna de tus dos amantes te dé esto?
—Aylin no tiene tus tetas.
—¿Me quieres por las tetas? -bromeé.
—En realidad son tus tatuajes.
—Venga ya, dime algo que te guste de mí. -seguía apoyada en el marco de la puerta, con la mirada de Harry recorriéndome de arriba abajo.
—Acabaría muchísimo antes diciéndote qué es lo que no me gusta de ti. Pero supongo que lo que más me gusta es tu espontaneidad, eres una persona diferente a cada segundo del día, y, sobre todo, me gusta tu carácter. Todo lo contrario a una santa.
—Qué profundo Harry. -sonrió y a los dos segundos los dos empezamos a reír a carcajadas al sacar el sentido doble de la palabra.
—¿Planes para la cena? Ya casi son las diez. -se acercó a mí, y sabía que lo que ambos queríamos comer no era precisamente comida.  Una de sus manos se colocó a un lado de mi cabeza, en la pared, su cuerpo aprisionaba el mío contra esta y su otra mano se colocó en mi cadera.
—Un polvo como cena y luego, el postre.
—Lo apoyo. -dijo llevando su mano al nudo de mi corsé, mientras uno por uno, descruzaba los lazos de delante. Llevé mis manos a su cinturón y solté la hebilla, lo mismo hice con el botón. Me arrodillé ante él al tiempo que bajaba sus pantalones. Él se encargó de quitárselos por los pies, mientras yo subía se nuevo hasta sus bóxer y se los bajaba. Dejé un recorrido de besos, subiendo por sus piernas y pasando por sus músculos de la cintura, mientras él se quitaba su camiseta. Me alzó contra la pared, colocándose entre mis piernas. Llevó sus manos a mis pechos y soltó el corsé, librándome de él. Arqueé mi espalda para que pudiese soltar mi sujetador, el que acabó junto mi corsé. Mientras atrapó mis labios, una de sus manos avanzaba hasta la tela de encaje de mi tanga, introdujo dos de sus dedos bajo esta y se colaron en mi feminidad. Gemí, entretanto él seguía introduciendo dedos y besando mis pechos. Torpemente y entre besos conseguimos llegar a la habitación, me dejó caer en la cama y se colocó encima de mí. Mi tanga se había quedado en algún lugar del pasillo, por lo que me penetró tan pronto estuvo entre mis piernas. Yo me sujetaba a su espalda mientras irrevocables gemidos escapaban, veloces, de mis labios. Los ahogué en su cuello, cosa que pareció gustarle, y aumentó la velocidad de sus embestidas. Sentía su sexo contra el mío, de nuevo, sin protección. Aunque ciertamente eso era lo que menos me importaba ahora. Sus manos jugaban con mis senos, hasta que hubo un cambio de posiciones, sentada encima de él apoyando las manos en su pecho. Ya no me molestaba en ahogar los gemidos y dejaba que saliesen de mi boca sin impedimentos. La velocidad se detuvo, hasta que con la última de las embestidas su miembro salió de mi cuerpo, y empecé a besar su pecho, descendiendo, hasta llegar a los bien marcados músculos que tenía en la cintura. Repasé con la lengua la frase “Might as well…” que tenía tatuada, antes de mirarlo por última vez, guiñarle un ojo, para después introducir su miembro en mi boca repetidas veces. Los gemidos también salieron de entre sus labios y sus ojos se entrecerraron. Volví a ascender por su cuerpo cuando me reclamó, hasta volver a quedarme sentada sobre él, sintiendo su masculinidad bajo mi sexo, y dejarme caer a su lado en la cama. Se recostó de lado, mirándome.
—Amo este tatuaje. -dije repasando el “17BLACK” que tenía en su hombro.- Es el número de la suerte en los juegos de ruleta, así que me recuerda a Las Vegas.
—Lugar que amas.
—Y lugar en el que te dije el primer “¿Quieres verme las tetas?” al conocerte. -soltó una carcajada.
—Cierto. -dijo besando la comisura de mis labios, que yo aproveché para atrapar sus labios, y quedarme pegada a su cuerpo, mientras ambas lenguas jugaban. Apoyó su cabeza en mi cuerpo desnudo y no tardó en quedarse dormido.

[ … ]

—________. -oí susurrar mi nombre y una lengua perfilar el tatuaje que tenía en la zona baja de la espalda.- _________. -volví a oír y abrí los ojos.
—¿Buenos días? ¿Ya es mañana? -pregunté aturdida.
—Van a ser las doce, aún. Por cierto, nunca me había fijado en este tatuaje. ¿Qué dice?
—Son letras griegas, dice “Cómo me gustaría que estuvieras aquí.” -soltó una carcajada.
—¿Lo has puesto por el segundo significado o por el romanticismo de la frase? -dijo entre risas.
—Por el segundo significado, por supuesto. -volvió a subir hasta quedar a mi altura. Y entonces recordé el reloj.- Cariño, ¡tengo algo para ti! -salté de la cama ignorando mi cuerpo desnudo y saqué del segundo cajón de la cómoda el regalo.
—¿En serio me has…? -lo interrumpí sentándome sobre él, y mostrándole la pequeña bolsa verde de aquella relojería.
—Calla y ábrelo. -su cara al abrir aquella caja negra y ver fue un completo mapa.
—No puedo creerlo, este reloj es…-susurró.
—El último que te falta para completar la colección.
—Pero cuesta…
—No cuesta nada. -dije y lo cogí de la barbilla, celosa de que prestase más atención a aquel reloj que a mí, y lo obligué a mirarme.- ¿Te gusta?
—¿Cómo no me iba a gustar? -se inclinó para besar mis labios.- Te quiero. -susurró, sobre ellos, después. Haciéndome abrir los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Me has oído perfectamente. -sonrió de lado.
—Lo sé, pero quiero volver a oírlo.
—Te quiero.
—Te compraré un reloj como ese durante el resto de tus días, pues. -soltó una carcajada.
—Cierra los ojos, por favor. -así hice y no tardé en sentir algo colgar de mi cuello. Colocó mi pelo sobre uno de los hombros para poder ajustar el cierre y con una caricia me indicó que abriese los ojos. Aquel colgante con forma de corazón estaba hecho de diamantes que supe identificar al instante, y, dentro de él, colgaba el número trece en romano.
—Harry… -musité al ver aquello. Aquel colgante debía de valer una pasta, por los numerosos diamantes.- Y el trece es el día en que nos declararon marido y mujer, hace más de tres meses. -sus brazos rodearon mi cintura y me presionaron contra su cuerpo.- ¿Sabes que el día en el que me casé contigo, no estando en plenas facultades de mi uso mental, por supuesto, y gritándole al cura que nos casase, era el día de mi cumpleaños?
—¿El 1 de Junio?
—Ese mismo.
—Te hacías mayor, cariño.
—Si tú dices “cariño” suena raro. -me levanté de sus piernas y caminé hacia el armario. Sonreí al ver nuestro reflejo, antes de abrirlo.- Pillo una de tus camisetas prestada, yo quiero mi brownie.
—Gran postre después de una gran cena. -salió de la habitación detrás de mí y con unos pantalones de chándal grises, holgados.
Se sentó en una de las sillas de la alta barra, esperando a que colocase los brownies sobre la mesa. El fatídico sonido del timbre inundó la casa. A las doce de la noche.
—¿Quién llama esa estas horas? -vacilé mientras Harry se dirigía a la puerta. Coloqué sobre los platos los bizcochos de chocolate. Tarareé una cancioncita alegre de navidad por primera vez en mi vida, sorprendiéndome, hasta que me pareció oír su voz. La voz de la rubia, zorra, repipi y puta de mi Harry, Aylin. 
—¡Feliz Navidad, Harry! -sí, era su voz- Vaya, ahora abres la puerta ya sin ropa. -supe que lo recorría con la mirada al salir de la cocina y apoyarme en el marco de la puerta de esta.

—¿Y a mí? ¿No me das el feliz Navidad, Aylin?

domingo, 23 de junio de 2013

CAPÍTULO 15.

Bajó la velocidad de sus embestidas, pero se hizo de rogar antes de abandonar de todo mi cuerpo.  Mi respiración no conseguía relajarse,  y mucho menos cuando el recorrió mi estómago hasta llegar a mi entrepierna.  Separó mis piernas y se colocó entre ellas, dejó suaves mordiscos sobre el exterior antes de alcanzar mi clítoris con la lengua. Mi espalda se arqueó instintivamente y llevé mis manos a sus rizos, acercándolo más a mí. Me hizo llegar al cielo en unos segundos. Volvió a ascender por mi estómago hasta mis labios. Me acurruqué en su pecho y me rodeó con sus brazos. Luché contra mis párpados para que no se cerrasen.
—Harry...-conseguí su atención- Esta noche, quédate.  -pedí que no se fuese a la habitación en la que normalmente dormía. - Y no me sueltes.  Por nada del mundo.
—Tranquila,  no lo haré.  -susurró contra mi pelo y besó mi frente.
[…]
Él ya no estaba en la cama cuando desperté. Me acerqué a la cómoda que había comprado para guardar todas mis cosas y, después de observar que volvía a nevar, escogí la ropa que me vestí después de una ducha rápida de agua fría en la gran bañera de Harry. Ya había leído el mensaje de Chloe, que llegaba de Los Ángeles en media hora y vendría directamente hacia aquí.
Al bajar, vi a Harry en el sofá, observando una revista de joyas. La reconocí, era de una colección de relojes carísima.
—Buenos días. -sonrió al verme y le devolví la sonrisa, dejándome caer boca abajo, por el respaldo del sofá, como siempre.- Llegó algo para ti. –se levantó para buscarlo. Aproveché para coger la revista y hojearla. La página con la colección de los doce relojes de Sara Lawrence era la que él había estado mirando. Los once primeros, de entre quinientos y mil doscientos dólares, estaban marcados con una cruz, supuse que ya los tenía y lo confirmé al recordar verlos en una gran caja de cristal dentro de su armario. Solo le faltaba uno para completarla. El último, con correa de cuero y oro, los números en plata y, en el centro de las agujas negras, un diminuto diamante, que costaba doce mil dólares. Mi padre también los coleccionaba hasta que se cansó de ellos, y ahora ya sabía qué regalarle a Harry por navidad.
—Aquí está. Es una postal de tus padres. -irrumpió en el salón, haciéndome soltar la revista. Observé aquel trozo de cartón, la imagen era la misma que mandábamos cada año por estas fechas, la única diferencia es que en la foto de la familia, este año, no estaba yo.
—Quieren que vayamos a pasar la noche de año nuevo a Los Ángeles. Excusa para conocerte, supongo.
—Tenemos un problema. Mis padres quieren que viajemos a Londres en fin de año.
—Pues volvamos a casa, cada uno por su lado.
—La idea era pasar estas navidades con mi mujer. -recalcó las últimas dos palabras  y me miró alzando las cejas.- Y presentársela a mis padres.
—Ya, entonces sí que hay un problema. A no ser…¿Tus padres están dispuestos a viajas a Los Ángeles?
—¿A la casa de tus padres?
—Es más grande, habría espacio para una gran cena y luego iríamos a celebrarlo al Queen Mary.
—¿El Queen Mary? –me miró alzando las cejas.- ¿Y cómo piensas que pagaremos las entradas para…? –entonces recordó que vengo de una familia en la que un millón de dólares parece tan poco dinero como para otros medio dólar.- Aun así, más grande no es mejor. ¿Y si los traemos aquí? Así lo celebraríamos con ambas familias, luego iríamos a Times Square y podríamos preparar la habitación de invitados y la del final del pasillo.
—¿Remodelar una habitación? Eso suena a recién casados con casa nueva. Bien, pues será rosa puta y tendrá una barra de Striptease.
—¿Y qué van a hacer tus padres con una barra de striptease? –alzó una ceja, vacilando.
—¿De dónde crees que saqué yo mis ganas constantes de sexo?
—Siempre creí que eras el proyecto fallido.
—Gracias cariño, yo también te…-el timbre no me dejó terminar.- ¡Chloe!
—¿Qué te dije de traer amigos a esta casa? No van a volver a practicar sexo en mi habitación. Tuve que tirar las otras sábanas, y estuve por cambiar el colchón. –me miró irónico.
—Nos vamos de compras, ¡exagerado!
—Ya me preguntaba el porqué de estar tan arreglada.
—Tiendas de ropa sexy con dependientes sexys. –dije mientras le mandaba un beso al acercarme a la puerta.
—¡Estás casada! –exclamó apoyado en el marco de la puerta mientras yo caminaba hacia el coche en el que Chloe me esperaba sonriente. Pero di la vuelta y volví a caminar hacia él.
—Cariño, sabes que yo solo tengo ojos para ti. –mentí descaradamente mientras me pasaba un brazo por la cintura y me acercaba a su cuerpo, dejándome derretir con el olor de su perfume.
—¿Debería preocuparme?
—No. Volveré a la tarde para preparar la cena. –propiné un beso en su mejilla.
—¡Me encanta lo bien que finges! –exclamó mientras yo entraba en el coche.
—¡Te quiero! –bromeé mientras Chloe encendía el motor y conducía hacia el centro.
—¿Qué ha sido eso? –preguntó graciosa.
—¿El qué?
—Tú y Styles…Parecíais incluso una pareja de verdad.
—¿Qué dices? ¿No me conoces o qué?
—Pues ahora mismo no, no te reconozco. La ________ de hace unos meses llevaría un vestido más corto que su tanga y estaría más bebida que una stripper. Ahora mismo le habría gritado a Harry más de veinte insultos distintos en tres idiomas y, luego, estaría gritando por la ventanilla. Y no lo niegues, porque sabes que es verdad. ¡Ni que no lo hubieras hecho antes!
—Sigo siendo la misma.
—Eso no te lo crees ni tú. –la miré con el ceño en alto.- El amor duele, ________, recuerda mis palabras.
—Amor, amor… Anda, Chloe, conduce y calla.
Pronto llegamos al gran centro comercial, y lo primero que hizo fue contar el número de tíos buenos, para luego señalarlos y guiñarles un ojo.
—¿Ya sabes lo que le vas a regalar a tu marido? –preguntó mientras miraba descaradamente a un moreno y seguía en su trece de guiñar ojos a todo lo que tuviese pene.
—Sí, así que deja de buscar sexo y acompáñame a esa relojería.
—¿Un reloj? Astuta, _______. –dijo cuándo entramos y me dirigí a aquella dependienta bajita.
—Buenos días. -sonrió- ¿Puedo ayudarla en algo?
—Me interesa uno de los relojes de la colección Sara Lawrence. –sacó el mismo catálogo que tenía Harry, de debajo del mostrador.
—Estos son los doce relojes, supongo que será para regalo, puesto que son de hombre, así que le recomiendo estos de entre quinientos y quinientos setenta dólares. –señaló los dos primeros.
—A mí me gusta el negro de la correa de plata. Es muy sexy. –Chloe ya se había enamorado del primero de ellos.
—Quiero el último, el de doce mil dólares.
—¿¡Qué!? –ambas exclamaron al unísono.
—¿Está segura?
—¡Que sí! Muévase y démelo ya. –me desesperé mientras iba a buscarlo.
—Tía, creo que te has tomado muy enserio lo del regalo…No creo que Harry de sexo por muy caro que sea. –sonreí ante la ocurrencia de mi amiga.
—Aquí está. –volvió a aparecer la encargada, entregándome el reloj. Lo observé bien, sorprendentemente no era para nada pesado. La correa de oro y cuero brillaba reflejándome en ella. El regalo perfecto.
—Envuélvalo, me lo llevo. –saqué la cartera y dudé entre cuál de las veinte tarjetas escoger, así que me decanté por la azul, la que le entregué cuando volvió con la bolsa con el reloj.
—¿Pero tú cuántas tarjetas tienes? –alzó el ceño mi rubia amiga.
—Una distinta por cada escapada secreta.
—¿Y no me llamabas, cacho guarra?
—¿¡Que no lo hacía!? ¿¡Cuántas veces me has dicho que no porque estabas “ocupada” –entrecomillé la palabra con los dedos- con un “trabajo” –seguí entrecomillando- de clase!? ¡Y hasta me lo decías en medio de uno de tus orgasmos!
—Ya…cierto. –salimos de la relojería, deseaba que llegase la hora de cenar.
—¿Cómo le entregarás el regalo? –alzó una ceja descaradamente.
—Supongo que llegaré a casa, cenaremos y después de las doce nos daremos los regalos con el típico “feliz navidad”.
—Pues supones mal. Llegarás a casa con el vestido más sexy que el cerebro de abajo de Harry podría imaginar, con lencería transparente, que lo incitará a hacerte suya allí mismo, y, de paso, un nuevo peinado.
—¿Sabes que él va a estar en camiseta y converse?
—¿Y qué? ¡Tú eres la que tiene que estar despampanante! Y con el súper, y caro, regalazo que le has comprado, más le vale dejarte satisfecha. Mueve tu culo a esa tienda de lencería antes de que te lleve arrastro. –me tiró del brazo de todos modos hasta estar en el interior, en el que enloqueció. Empezó a coger prendas transparentes, ligueros y tangas. Algún que otro culote y sujetadores que enseñaban más de lo que tapaban.
—Al probador. Ahora. –me lanzó la montaña de prendas, que cogí y sin más remedio me probé.- ¿Necesitas relleno?
—Creo que mis naturales senos serán suficientes.
—¡Nunca se tienen demasiadas tetas! –irrumpió en el probador.- Vale, quizás tú no necesites más. Y vaya… -observó, embelesada como yo, el único de los conjuntos que me gustaba. Un sujetador blanco de encaje, con su tanga blanco con el mismo lazo rosa, a juego. Esta tenía sujeción para medias o ligueros.- Cuando te pongas esto por encima, serás automáticamente la tía más buena que he visto nunca. –dijo lanzándome un corsé rosa con el encaje a juego.- Tu Styles va a morir con esto. –rió como una desquiciada.
No tardó en volver a arrastrarme entre las tiendas para buscar un dichoso vestido que se ajustase a lo que ella quería. “Tiene que ser corto, tiene que ser sexy, lo que todo hombre quiere quitar” había dicho, y ninguno de los cientos que me había probado le gustaban. Hasta que la detuve, no dejé que siguiese tirando de mi brazo. Me quedé quieta delante de aquel escaparate.
—No sé si es lo que quieres o no, -le dije cuando se colocó a mi lado.- pero es lo que voy a llevarme.
Me probé aquel ajustado vestido ciruela grisáceo, de media manga y espalda recubierta de transparencias. Algo parecido al vestido de mis sueños.
—Pensé que ibas a celebrar navidad, no una fiesta nudista. –sonrió socarronamente al verme. Era corto, muy muy corto, pero la cosa más sexy que había visto nunca.
Después del vestido de mis sueños, unos zapatos a juego y una visita obligada al salón de belleza, nos sentamos en un restaurante.
—Lo que llevas ahí es un arma letal, si con ella no consigues sexo… dejarás de ser mi ídolo.
—Buenos días, belleza. –nos interrumpió el camarero, hablando para mí.
—¿No ves que está casada? Largo y que nos atienda otro. –Chloe sacó a relucir su lado de celestina.
—Pero… -el confundido camarero dio media vuelta, y entonces eché a reír.
—¡Cómo te pasas! No estaba haciendo nada malo.
—Tienes a Harry, no lo tires todo por la borda por un mediocre como ese tío.
—Wow, qué sincero y fiel te ha quedado, para ser una zorra calienta pantalones.
—A veces tengo mis momentos… -le quitó importancia, hasta que pareció recordar algo- Necesito un favor. –añadió.
—Habla. –la miré con el ceño en alto, cuando quería algo, o era organizar la fiesta más grande del siglo, o que la acompañase a junto su suministrador de LSD y éxtasis, o simplemente quería hacer otra de nuestras escapadas.
—Quiero que le pidas a tu marido que invite a su amigo moreno, Zayn, a vuestra casa. Luego tú me invitas a mí. Del resto ya me encargo yo. –sonrió de lado.
—¿Quieres añadirlo a tu lista? –reí con ironía.
—Te envidio, tú ya has encontrado el amor, yo quiero encontrar el mío. –entonces estallé en carcajadas.
—¿Yo? ¿Encontrar el amor? –seguí riéndome como una loca- Yo lo que encontré fueron tres millones de dólares. Sabes que cuando acabe el año que tengo que estar con él querrá irse con alguien responsable, alguien como él. Y yo soy de todo menos eso. Me gusta salir, no tengo miedo de lo que esconde la noche y, sobre todo, soy abierta a todos los problemas que pueda traer. ¿Quién querría quedarse con alguien como yo? Él seguramente, no. Harry busca otra cosa, algo que poder presentar a los demás sin morirse de vergüenza, no un matrimonio falso que solo se mantiene en pié para conseguir un poco de dinero. –en ese momento agradecí no ser de lágrima fácil y poder controlar la expresión de mi cara, y colocar una sonrisa.
—He decidido quedarme aquí, en Nueva York, si necesitas algo, ya no estaré en la otra parte del país. Así que espero que ese tío no te digas cosas así, porque le dejaré los testículos más negros que el carbón. Y no precisamente del que se convierte en diamante. Y, por cierto, el primer día del año cuadra en sábado. Tú y yo solas, fiesta de las nuestras, piénsalo. –le sonreí a la que siempre sería mi mejor amiga, aceptando claramente su propuesta.
[…]
—Recuerda, movimientos sexys y lentos y esta noche hay sexo fijo.
—¡Por favor! ¡Qué estás hablando conmigo! –dije mirándole desde la acera de enfrente del departamento, mientras me sonreía desde su coche.
—Cierto, casi se me olvida que no te has acostado con Styles desde que te casaste con él…-me guiñó un ojo, vacilante. Le sonreí pícaramente hasta que lo entendió.- ¡Guarra! ¿Cuándo pensabas decirme que te lo estabas tirando?
—Algún día, en medio de una borrachera, en nuestra última fiesta antes de la muerte, te diría, “Sabes, me he estado follando a Harry durante todo el tiempo que estuvimos casados.”
—Mala amiga oculta secretos…-farfulló, para luego, sonreír de nuevo- Ahora sí, ¡folla bien! –se despidió, encendiendo el coche.
—¡Y ahora yo no te digo lo mismo! –grité antes de entrar en casa- ¡Ya estoy de vuelta! –exclamé y oí sus pasos hasta que vi sus rizos aparecer por la entrada al recibidor.

—Por fin…-empezó, pero se detuvo al verme, y después de recorrerme con la mirada, solo fue capaz de continuar entrecortadamente- estás en casa. 

domingo, 16 de junio de 2013

CAPÍTULO 14.

—Harry yo… -dije cuando cerró la puerta del apartamento. ¿En serio íbamos a follar? No sabía se lo decía en broma, o en serio. Tampoco por qué me preocupaba. ¿Qué pasaba conmigo? ¡Claro que quería acostarme con él! Vaya si no… Pero no entendía por qué me importaba el hecho de que a lo mejor él lo hacía obligado. Sí, era una apuesta, y sí tenía unas ganas enormes de llevármelo a la cama otra vez, pero muy a mi pesar me importaba si lo hacía obligado.- Escucha… -me di la vuelta con intención de quedar cara a cara, pero no me dejó terminar la frase antes de atrapar mis labios. Eso disipó mis dudas, iba a llevármelo a la cama sí o sí.
Me alzó en brazos para subir las escaleras conmigo hasta la habitación, cerró la puerta con el pié y me dejó caer a los pies de la cama.
—Harry…¿estás seguro de que quieres hacerlo? No quie…-lo miré a los ojos cuando se colocó sobre mí en la cama, acercó sus labios a los míos haciéndome callar. Rozó mi mejilla con sus labios hasta que llegó a mi oído.
—Voy a hacerte el amor. –susurró y me hizo cerrar los ojos y soltar todo el aire de golpe. Solo aquellas cinco palabras me provocaron más placer que algunas noches enteras.
Deslizó mis pantalones por las piernas y dejó caer mi jersey de lana al suelo. Volvía a estar en ropa interior delante suyo, y de nuevo sin ningún tapujo. Aproveché para quitarle la camiseta y los pantalones mientras él me hacía enloquecer con los besos que dejaba en mi cuello.  Aún no había hecho mucho más que dejarme sentir su alocada respiración en él y yo ya estaba jadeando por la excitación. Saqué el instinto de tigresa de bengala que llevaba dentro, y dándole la vuelta a las posiciones, me libré de la última prenda de ropa que cubría su cuerpo. Deslizó su mano por mi pierna y me dejé caer a un lado para que pudiese colocarse entre estas. Llevó su boca a mi entrepierna hasta el bordillo de mi tanga,  jugó con él y lo deslizó utilizando sus labios.  Con una caricia me obligó a arquear la espalda,  vi una sonrisa pícara asomarse por la comisura de su boca cuando descubrió que mi sujetador se soltaba por delante. Dejó besos en los bordes de este e hizo un recorrido con la lengua hasta que llegó al broche.  Con la cara entre mis dos pechos, utilizó los dientes para soltarlo. Lo lanzó al otro extremo de la habitación y capturó con sus labios uno de mis pezones mientras me dejaba caer en la cama y volvía a colocarse entre mis piernas.  Solté el primer gemido cuando me penetró.  Sus embestidas no tardaron en aumentar de velocidad. Nuestras caderas chocaban acompasadas y gemidos y suspiros escapaban veloces de nuestras bocas. Creí que moriría cuando empezó a ahogar sus gemidos en mi cuello. Íbamos a llegar al clímax y no sería capaz de silenciarlo. Como su hubiese leído mi mente, embistió con más fuerza y subió sus labios a mi oído.  
—No lo hagas... -susurró- No te ahogues, grita. Grita lo que quieras,  deja que el placer salga por tus labios. Grita mi nombre. -pidió.  
Como acto reflejo dejé caer la cabeza hacia atrás.  Aprovechó para besar mi cuello y, entonces, estallé. Su nombre se escapaba de entre mis labios con la misma velocidad de sus embestidas. Apoyó su peso a ambos lados de mi cabeza y volvió a mi oído.
—Vamos _______, grita.  -susurró de nuevo- Dame lo que quiero oír.  
Sabía lo que quería,  y se lo daría.  Entre gemidos y gritos, pero se lo daría.  
—Soy tuya. -dije. El vals de sus caderas embistiendo  contra las mías era la mejor pieza que habría podido bailar.
—Repítelo.

—Soy tuya, Harry. Condenadamente tuya. 

sábado, 15 de junio de 2013

CAPÍTULO 13.

Los días iban pasando entre peleas y discusiones. Yo y Harry vivíamos para eso: discutir, gritar, y solucionarlo con una especie de escena romántica. Exacto, más que cónyuges éramos mejores amigos.
El invierno no tardó en llegar, y con él la navidad y todos los problemas con los regalos.
—Mañana es navidad -dijo ella al otro lado de la línea, ni que no lo supiera.
—Lo sé, Chloe. ¿Y qué con eso?
—¿Ya tienes el regalo de Harry?
—¿Qué regalo?
—¡El de navidad! ¿Estás idiota hoy, o qué?
—¿Para qué voy a regalarle algo?
—No me jodas, que mañana es navidad y no le has comprado nada.
—Pues no, la verdad es que no.
—Mañana a las diez estoy en tu casa, vamos a irnos de compras. ¿¡Qué clase de mujer eres tú!?
—Una con el sex appeal por las nubes.
—Yo puedo conseguirte un regalo, no sexo con Harry. Caliéntalo o algo... Bah, te dejo, mañana nos vemos.
—Folla bien.
—Creo que no puedo decir lo mismo.
Después de una sonora carcajada colgué el teléfono. Observé el tiempo por la ventana, estaba nevando. Desde aquí se podía ver perfectamente Central Park, entonces recordé que esta semana se celebraba la feria por navidad. Siempre había odiado el invierno, nunca puedes vestirte vestidos o ropa corta. Aunque eso nunca fue problema para mí.
Me levanté de la cama de Harry y corrí hasta el salón donde él estaba. Me dejé caer por el respaldo, quedando con los pies en éste y la cabeza en el asiento.
—¿Te apetece ir a la feria? -pregunté observando su cara del revés.
—¿Ahora?
—A menos, claro está, que prefieras quedarte en casa viendo esas películas típicas de la navidad con todos sus personajes chorra llenos de amor que me hacen vomitar con toda su felicidad.
—Eres cruel...-dijo y me encogí de hombros- Está bien. -Se levantó y cogió su abrigo.- ¿Te van las atracciones fuertes?
—¿Lo dudas? -dije con cara de niña con caramelos, y salimos por la puerta.
—¿Caminando o en coche?
—Caminando -dije- aprovechemos que nieva.

»NARRADOR«
La gente los veía pasar y sonreía, viendo en ellos a otra pareja feliz, pensando que en realidad estaban enamorados, y no solo eran dos personas juntas por una sentencia de juez. Y es que se habían acercado tanto que él le pasaba el brazo por los hombros y ella a él por la cintura. Curioso, ¿verdad? Que lo que empezó por un: “—¿Tú también quieres verme las tetas?”; haya acabado con dos personas caminando bajo el nevado cielo de Nueva York.
[...]

—¿Mañana tienes que trabajar? -le pregunté, mientras daba otro mordisco a la manzana de caramelo.
—No ¿Quién trabaja en navidad? -asentí, mi padre lo hacía.- ¿Quieres volver a casa? Ya hemos recorrido todo el parque.
—En realidad no. Nos queda esa -dije señalándola en el mapa.
—¿La casa del terror? -preguntó irónico.
—¿Tienes miedo?
—Yo no, ¿pero tú?
—Primero: yo no tengo miedo -primera mentira- Segundo: siempre llego al final en las casas del terror -segunda mentira- Tercero: nunca grito -mi nariz debía verse incluso en mi casa- Hagamos una apuesta.
—De acuerdo. Si gritas, o cierras los ojos, o te echas atrás en algún lugar del túnel, renunciarás a los tres millones. -en ese momento me quedé como una piedra. No sé qué me dolió más, el hecho de que Harry siga pensando en la maldita sentencia, o que me pidiera que renunciara a ella.
—¿Sabes? -logré decir después de recuperarme. Ni siquiera sé por qué me afecta- Ya no tengo ganas. Me largo.
—¿______?
—Adiós Styles -corrí, no sabía hacia dónde, solo corrí. Me apoyé en una pared blanca, intentando que me sirviera de apoyo pues mis piernas ya no respondían. Aun así acabé dejándome caer al suelo.
—Mierda, este pantalón es nuevo, y aun por encima, blanco -musité levantándome y sentándome en un banco de piedra. ¿Qué mierdas? ¿Me lo parece a mí u olvidé quién soy? _______ Smith, la adolescente perfecta, más deseada de los cinco continentes, la que se escapa a Las Vegas y se sale con la suya, y la que ahora está perdiendo el tiempo con un tío con rizos al que aun por encima solo le interesa el maldito dinero.
—Eres de lo peor, Sty– susurré hasta que sentí sus brazos en mi cintura y sus labios en mi oído.
—Quiero que sepas que no me importa el maldito dinero, solo quiero ir a esa atracción contigo y protegerte, que no tengas miedo de nada de lo que hay ahí, por el simple hecho de estar en mis brazos. Te quiero a ti... -dijo y entonces desperté.
—¿Eh? -musité al encontrarme su cara a dos centímetros de la mía. ¿Qué clase de ridícula fantasía acababa de tener?
—Que perdona si he dicho algo malo. ¿Aún quieres ir a esa atracción? -preguntó y asentí, mientras reprimía a mi cerebro por tener esas estúpidas ensoñaciones.
—Bien, la cosa está así, -dije cuando estuvimos delante de aquella casa-túnel del terror- Si yo gano, follamos. Si tú ganas, no voy contigo a tu querida reunión de la empresa.
—Hecho. No puedes cerrar los ojos, gritar, o echarte atrás en medio del túnel. -nos acercamos al Zombie que recogía las entradas, antes de acercarnos al grupo. La mirada que me echó, cuando le entregué la mía, no sabía si era su mirada normal, su mirada de depravado sexual, o su mirada que dice: ¡Voy a matarte tan pronto te des la vuelta!
 Recogió la de Harry, para después indicarnos que nos juntásemos con las otras seis personas que formaban nuestro grupo. Abrió la puerta que había ante nosotros, y por lo que pude ver sobre sus hombros, daba a un recibidor.
—Entrad y pegaos a la pared. -dijo para todos, pero sin dejar de mirarme. ¿Qué clase de problema tenía conmigo? Entré de última, siguiendo la espalda de Harry, y tan pronto puse un pié dentro, la puerta se cerró de golpe, haciendo que pegase un salto. Todos se pegaron a la pared, ¡yo a eso no me acercaba! ¿y si me tocaba algo por detrás? Miré a Harry, con intención de decirle algo, pero la cara de aquel zombie a dos escasos centímetros de la mía, hizo que me pegase un vuelco al corazón con el susto. Me mordí el labio intentando reprimir el grito, para no perder.
—He dicho, pegados a la pared. -repitió clavando sus ojos rojos por las lentillas, en los míos. Los miré hasta que sentí la mano de Harry tirar de mí y pegarme a la pared. Observé como ahora ellos dos se miraban entre sí, hasta que el guía zombie se colocó en frente de todos para dar las instrucciones.
—Bien, al cruzar esa cortina os encontraréis con una puerta en la que llamaréis tres veces. Sólo tres veces y esperaréis a que os abran. Hay tres partes en el túnel, la tercera es un laberinto, por nada del mundo os separéis del grupo. Si conseguís cruzar al laberinto os encontraréis dos puertas. Una de ellas es la salida, la otra lleva al infierno. Buena suerte. -rió antes de desaparecer.
—¿Quién será el líder que llame a la puerta? -preguntó una de las rubias. Quitando a las cuatro rubias que se negaban, y a la otra pareja que no debían tener más de quince años, quedábamos yo y Harry.
—Yo llamo. -dijo Harry, que fue el primero en cruzar la cortina. Lo seguí y detrás mía, los otros seis. Dio tres toques en aquella puerta, y en seguida apareció el zombie de antes a mi lado.
—¿Tú no te habías largado, o qué? -exclamé maldiciendo a todos sus muertos por meterme el susto de mi vida.

—Eso también creía yo...-oí susurrar a Harry y en unos segundos, la puerta se abrió. Un molesto ruido salió del interior de aquella puerta.
—Entrad, y no os olvidéis de gritar. -se mofó el guía. ¿Era idiota o algo? La pareja de quinceañeros fueron los primeros en entrar, seguidos de las cuatro rubias. Harry entró el último, después de mí. ¿A quién quería engañar? ¡Odiaba las casas del terror! Pero ahora no había marcha atrás y no iba a perder.
Caminaba delante de él, mirando a ambos lados, estaba ambientado como si fuese una cárcel, a cada lado había celdas vacías.
—Si solo están vacías no pasa nada. -pensé observando las jaulas de la izquierda.
Me llevé la mano a la boca, para no gritar, al mirar hacia la derecha. Separado de mí únicamente por unos barrotes de mierda, una cabeza quemada respiraba cerca de mi cara. Caminé rápidamente para alejarme de ella.
—Con lo que a ti te gusta quemar, y un trozo de plástico te da miedo... -susurró Harry sobre mi oído. Giré sobre mis talones, rozando sin querer sus labios.
—Yo no... -comencé a decir, pero la cabeza esa de antes me interrumpió, volviendo a colocarse a nuestra derecha, esta vez disfrutando del espectáculo.- Yo no tengo miedo.-dije firme y seguí caminando a la vez que le enseñaba a aquella cabeza toca pelotas mi dedo de en medio. -No deberíamos separarnos del grupo.
Alcanzamos al resto ya saliendo de aquellas cárceles infernales. Estaba todo completamente oscuro por lo que empezamos a caminar en fila india. Pronto sentí una mano bajo mi suéter, húmeda y fría.
—Harry, si eres tú, no me hace ni puta gracia.-dije intentando librarme de aquella mano.
—¿Qué se supone que no te hace gracia?
—Que tengas tu mano bajo mi...-empecé, pero si no era él, ¿quién? Sentí un gélido aliento al lado derecho de mi cuello. ¡Algo me estaba tocando y me iba a cagar en su puta madre! No dudé un segundo en propinar un puñetazo con todas mis fuerzas en aquella dirección, impactando contra algo o alguien. Todos se detuvieron y las luces volvieron a encenderse, para luego ser acompañadas por el grito de las rubias al ver la nueva habitación en la que nos encontrábamos. Ignorando la estancia, que parecían las paredes de un manicomio y todas ellas estaban pintadas con sangre, me centré en lo que había en el suelo. Aquel pañuelo blanco formaba parte del disfraz del guía zombie.
—¿Qué haces con eso? -preguntó Harry, que parecía también haber reconocido el objeto, y ya no estaba tan contento como en nuestra pequeña escena romántica de la cabeza flotante.
—El dueño de esto me estaba metiendo mano hace unos segundos.
—¿¡Qué!?
—Pensé que eras tú...-dije, y los demás nos llamaron.- ¿Qué pasa?
—Ricitos, tú eres el líder. -dijo una de las rubias señalando con la cabeza la puerta que seguramente daba acceso al laberinto.- Tú la abres.
Harry no dudó un momento, se acercó a la puerta y la abrió rápidamente. Por lo menos esta habitación estaba iluminada, por desgracia.
Este no era un laberinto de eses en los que yo jugaba de pequeña, con flores y árboles. Esto era el infierno para los aracnofóbicos, para mí. La primera de las arañas se dejó ver, colocándose sobre una de las telas. Las piernas empezaron a temblarme ¡nadie había hablado de arañas!
Todos empezaron a caminar hacia el camino que marcaban las telas de araña, menos yo, yo no fui capaz.
—Harry...-susurré. No soy mujer de miedo, de las que le tiemblan las piernas, tengo más huevos que la mayoría de hombres... siempre que no haya arañas de por medio.
—¿Vas a rendirte? ¿A cerrar los ojos, a gritar, _____? -susurró él también.
—No. -me mantuve fuerte y seguí al grupo. Los caminos que en los que nos adentrábamos eran túneles hechos de telas de araña, y miles de estas, diminutas e incluso del tamaño de mi cabeza, caminaban por mi lado. ¡Y yo no podía cerrar los ojos! Respirando profundamente observé hacia los lados. Me detuve en seco al mirar al frente, una araña colgaba del techo, justo delante de mi cara y me miraba con todos sus repugnantes ojos. No dejé de mirarlos, mis piernas empezaron a flaquear, la respiración se me aceleró, no podía gritar, ni huir, ni siquiera cerrar los ojos. Mis piernas iban a dejarme caer al suelo cuando sentí unos brazos sujetarme fuerte por la cintura, una mano rompió la tela en la que la araña se sujetaba, haciendo que cayese y se largase.
—Gracias. -conseguí decir al notar sus labios rozar mi oído.
—Estoy aquí, para ti. -susurró y sin soltarme caminamos hacia donde estaban los demás.
Esquivábamos las extrañas trampas, por así llamarles, que las arañas tejían.
Apreté las manos de Harry, que me aferraban por debajo del pecho, para evitar cerrar los ojos o gritar. Aspiré rápida y profundamente cuando miles de diminutas arañas empezaron a salir del suelo y recubrir las paredes. Solté todo el aire de golpe al sentir las manos, esta vez de Harry, colarse bajo mi camiseta. Seguimos caminando a pesar de todo, aunque él llevaba su peso más el mío. Vimos al resto correr y entonces suspiré de alivio al descubrir que ya llegábamos casi al final.
—Creo que la puerta que lleva al final es la de la izquierda. -dijo una de las rubias.
—Es la otra, la de la derecha. -musité fijándome en ambas cerraduras.
—El pomo de esa está lleno de sangre, no pienso tocarlo, vamos por la izquierda. -las demás rubias secundaron la idea y se adentraron por aquella puerta.-¡Vamos, entrad! -gritaron desde dentro, y los quinceañeros las siguieron.
—¿Tú no vas? -pregunté a Harry, y esperaba un no, puesto que no quería separarme.
—No. Si dices que es la derecha, entonces por ahí iremos. -me alentó. Alcancé yo la cerradura de la puerta para que él no tuviese que soltarme. Tan pronto entramos, la puerta se cerró de golpe y oímos un grito, que reconocimos como a las rubias y los quinceañeros. El mismo guía zombie volvió a aparecer.
—Bien, habéis encontrado el camino correcto, esa puerta es la salida. -dijo riendo socarronamente.
—Eh, esto es tuyo, cabrón. -le lancé a la cara el pañuelo blanco que se había dejado y yo y Harry no tardamos un minuto más en salir de allí.
—¡Por fin fuera! -exclamé acurrucándome entre los brazos de Harry.
—Sí...-susurró.
—Bien, has ganado. -dije dándome la vuelta entre sus brazos y mirándole a los ojos.
—No.
—Pero yo...
—Que yo te haya abrazado no implica que perdieras, la apuesta decía no cerrar los ojos ni gritar. Y no lo has hecho.
—Eso quiere decir que...
—Anda, vámonos a casa. -susurró rozando mi lóbulo.