Bajó
la velocidad de sus embestidas, pero se hizo de rogar antes de abandonar de todo
mi cuerpo. Mi respiración no conseguía relajarse, y mucho menos
cuando el recorrió mi estómago hasta llegar a mi entrepierna. Separó mis
piernas y se colocó entre ellas, dejó suaves mordiscos sobre el exterior antes
de alcanzar mi clítoris con la lengua. Mi espalda se arqueó instintivamente y
llevé mis manos a sus rizos, acercándolo más a mí. Me hizo llegar al cielo en
unos segundos. Volvió a ascender por mi estómago hasta mis labios. Me acurruqué
en su pecho y me rodeó con sus brazos. Luché contra mis párpados para que no se
cerrasen.
—Harry...-conseguí
su atención- Esta noche, quédate. -pedí que no se fuese a la habitación
en la que normalmente dormía. - Y no me sueltes. Por nada del mundo.
—Tranquila,
no lo haré. -susurró contra mi pelo y besó mi frente.
[…]
Él
ya no estaba en la cama cuando desperté. Me acerqué a la cómoda que había
comprado para guardar todas mis cosas y, después de observar que volvía a
nevar, escogí la ropa que me vestí después de una ducha rápida de agua fría en
la gran bañera de Harry. Ya había leído el mensaje de Chloe, que llegaba de Los
Ángeles en media hora y vendría directamente hacia aquí.
Al
bajar, vi a Harry en el sofá, observando una revista de joyas. La reconocí, era
de una colección de relojes carísima.
—Buenos
días. -sonrió al verme y le devolví la sonrisa, dejándome caer boca abajo, por
el respaldo del sofá, como siempre.- Llegó algo para ti. –se levantó para
buscarlo. Aproveché para coger la revista y hojearla. La página con la
colección de los doce relojes de Sara
Lawrence era la que él había estado mirando. Los once primeros, de entre
quinientos y mil doscientos dólares, estaban marcados con una cruz, supuse que
ya los tenía y lo confirmé al recordar verlos en una gran caja de cristal
dentro de su armario. Solo le faltaba uno para completarla. El último, con
correa de cuero y oro, los números en plata y, en el centro de las agujas
negras, un diminuto diamante, que costaba doce mil dólares. Mi padre también
los coleccionaba hasta que se cansó de ellos, y ahora ya sabía qué regalarle a
Harry por navidad.
—Aquí
está. Es una postal de tus padres. -irrumpió en el salón, haciéndome soltar la
revista. Observé aquel trozo de cartón, la imagen era la misma que mandábamos
cada año por estas fechas, la única diferencia es que en la foto de la familia,
este año, no estaba yo.
—Quieren
que vayamos a pasar la noche de año nuevo a Los Ángeles. Excusa para conocerte,
supongo.
—Tenemos
un problema. Mis padres quieren que viajemos a Londres en fin de año.
—Pues
volvamos a casa, cada uno por su lado.
—La
idea era pasar estas navidades con mi mujer. -recalcó las últimas dos palabras y me miró alzando las cejas.- Y presentársela
a mis padres.
—Ya,
entonces sí que hay un problema. A no ser…¿Tus padres están dispuestos a viajas
a Los Ángeles?
—¿A
la casa de tus padres?
—Es
más grande, habría espacio para una gran cena y luego iríamos a celebrarlo al
Queen Mary.
—¿El
Queen Mary? –me miró alzando las cejas.- ¿Y cómo piensas que pagaremos las
entradas para…? –entonces recordó que vengo de una familia en la que un millón
de dólares parece tan poco dinero como para otros medio dólar.- Aun así, más
grande no es mejor. ¿Y si los traemos aquí? Así lo celebraríamos con ambas
familias, luego iríamos a Times Square y podríamos preparar la habitación de
invitados y la del final del pasillo.
—¿Remodelar
una habitación? Eso suena a recién casados con casa nueva. Bien, pues será rosa
puta y tendrá una barra de Striptease.
—¿Y
qué van a hacer tus padres con una barra de striptease? –alzó una ceja,
vacilando.
—¿De
dónde crees que saqué yo mis ganas constantes de sexo?
—Siempre
creí que eras el proyecto fallido.
—Gracias
cariño, yo también te…-el timbre no me dejó terminar.- ¡Chloe!
—¿Qué
te dije de traer amigos a esta casa? No van a volver a practicar sexo en mi
habitación. Tuve que tirar las otras sábanas, y estuve por cambiar el colchón.
–me miró irónico.
—Nos
vamos de compras, ¡exagerado!
—Ya
me preguntaba el porqué de estar tan arreglada.
—Tiendas
de ropa sexy con dependientes sexys. –dije mientras le mandaba un beso al
acercarme a la puerta.
—¡Estás
casada! –exclamó apoyado en el marco de la puerta mientras yo caminaba hacia el
coche en el que Chloe me esperaba sonriente. Pero di la vuelta y volví a
caminar hacia él.
—Cariño,
sabes que yo solo tengo ojos para ti. –mentí descaradamente mientras me pasaba
un brazo por la cintura y me acercaba a su cuerpo, dejándome derretir con el
olor de su perfume.
—¿Debería
preocuparme?
—No.
Volveré a la tarde para preparar la cena. –propiné un beso en su mejilla.
—¡Me
encanta lo bien que finges! –exclamó mientras yo entraba en el coche.
—¡Te
quiero! –bromeé mientras Chloe encendía el motor y conducía hacia el centro.
—¿Qué
ha sido eso? –preguntó graciosa.
—¿El
qué?
—Tú
y Styles…Parecíais incluso una pareja de verdad.
—¿Qué
dices? ¿No me conoces o qué?
—Pues
ahora mismo no, no te reconozco. La ________ de hace unos meses llevaría un
vestido más corto que su tanga y estaría más bebida que una stripper. Ahora
mismo le habría gritado a Harry más de veinte insultos distintos en tres
idiomas y, luego, estaría gritando por la ventanilla. Y no lo niegues, porque
sabes que es verdad. ¡Ni que no lo hubieras hecho antes!
—Sigo
siendo la misma.
—Eso
no te lo crees ni tú. –la miré con el ceño en alto.- El amor duele, ________,
recuerda mis palabras.
—Amor,
amor… Anda, Chloe, conduce y calla.
Pronto
llegamos al gran centro comercial, y lo primero que hizo fue contar el número
de tíos buenos, para luego señalarlos y guiñarles un ojo.
—¿Ya
sabes lo que le vas a regalar a tu marido? –preguntó mientras miraba
descaradamente a un moreno y seguía en su trece de guiñar ojos a todo lo que
tuviese pene.
—Sí,
así que deja de buscar sexo y acompáñame a esa relojería.
—¿Un
reloj? Astuta, _______. –dijo cuándo entramos y me dirigí a aquella dependienta
bajita.
—Buenos
días. -sonrió- ¿Puedo ayudarla en algo?
—Me
interesa uno de los relojes de la colección Sara
Lawrence. –sacó el mismo catálogo que tenía Harry, de debajo del mostrador.
—Estos
son los doce relojes, supongo que será para regalo, puesto que son de hombre,
así que le recomiendo estos de entre quinientos y quinientos setenta dólares.
–señaló los dos primeros.
—A
mí me gusta el negro de la correa de plata. Es muy sexy. –Chloe ya se había
enamorado del primero de ellos.
—Quiero
el último, el de doce mil dólares.
—¿¡Qué!?
–ambas exclamaron al unísono.
—¿Está
segura?
—¡Que
sí! Muévase y démelo ya. –me desesperé mientras iba a buscarlo.
—Tía,
creo que te has tomado muy enserio lo del regalo…No creo que Harry de sexo por
muy caro que sea. –sonreí ante la ocurrencia de mi amiga.
—Aquí
está. –volvió a aparecer la encargada, entregándome el reloj. Lo observé bien,
sorprendentemente no era para nada pesado. La correa de oro y cuero brillaba
reflejándome en ella. El regalo perfecto.
—Envuélvalo,
me lo llevo. –saqué la cartera y dudé entre cuál de las veinte tarjetas
escoger, así que me decanté por la azul, la que le entregué cuando volvió con
la bolsa con el reloj.
—¿Pero
tú cuántas tarjetas tienes? –alzó el ceño mi rubia amiga.
—Una
distinta por cada escapada secreta.
—¿Y
no me llamabas, cacho guarra?
—¿¡Que
no lo hacía!? ¿¡Cuántas veces me has dicho que no porque estabas “ocupada”
–entrecomillé la palabra con los dedos- con un “trabajo” –seguí
entrecomillando- de clase!? ¡Y hasta me lo decías en medio de uno de tus
orgasmos!
—Ya…cierto.
–salimos de la relojería, deseaba que llegase la hora de cenar.
—¿Cómo
le entregarás el regalo? –alzó una ceja descaradamente.
—Supongo
que llegaré a casa, cenaremos y después de las doce nos daremos los regalos con
el típico “feliz navidad”.
—Pues
supones mal. Llegarás a casa con el vestido más sexy que el cerebro de abajo de
Harry podría imaginar, con lencería transparente, que lo incitará a hacerte
suya allí mismo, y, de paso, un nuevo peinado.
—¿Sabes
que él va a estar en camiseta y converse?
—¿Y
qué? ¡Tú eres la que tiene que estar despampanante! Y con el súper, y caro,
regalazo que le has comprado, más le vale dejarte satisfecha. Mueve tu culo a
esa tienda de lencería antes de que te lleve arrastro. –me tiró del brazo de
todos modos hasta estar en el interior, en el que enloqueció. Empezó a coger
prendas transparentes, ligueros y tangas. Algún que otro culote y sujetadores
que enseñaban más de lo que tapaban.
—Al
probador. Ahora. –me lanzó la montaña de prendas, que cogí y sin más remedio me
probé.- ¿Necesitas relleno?
—Creo
que mis naturales senos serán suficientes.
—¡Nunca
se tienen demasiadas tetas! –irrumpió en el probador.- Vale, quizás tú no
necesites más. Y vaya… -observó, embelesada como yo, el único de los conjuntos
que me gustaba. Un sujetador blanco de encaje, con su tanga blanco con el mismo
lazo rosa, a juego. Esta tenía sujeción para medias o ligueros.- Cuando te
pongas esto por encima, serás automáticamente la tía más buena que he visto
nunca. –dijo lanzándome un corsé rosa con el encaje a juego.- Tu Styles va a
morir con esto. –rió como una desquiciada.
No
tardó en volver a arrastrarme entre las tiendas para buscar un dichoso vestido
que se ajustase a lo que ella quería. “Tiene que ser corto, tiene que ser sexy,
lo que todo hombre quiere quitar” había dicho, y ninguno de los cientos que me
había probado le gustaban. Hasta que la detuve, no dejé que siguiese tirando de
mi brazo. Me quedé quieta delante de aquel escaparate.
—No
sé si es lo que quieres o no, -le dije cuando se colocó a mi lado.- pero es lo
que voy a llevarme.
Me
probé aquel ajustado vestido ciruela grisáceo, de media manga y espalda
recubierta de transparencias. Algo parecido al vestido de mis sueños.
—Pensé
que ibas a celebrar navidad, no una fiesta nudista. –sonrió socarronamente al
verme. Era corto, muy muy corto, pero la cosa más sexy que había visto nunca.
Después
del vestido de mis sueños, unos zapatos a juego y una visita obligada al salón
de belleza, nos sentamos en un restaurante.
—Lo
que llevas ahí es un arma letal, si con ella no consigues sexo… dejarás de ser
mi ídolo.
—Buenos
días, belleza. –nos interrumpió el camarero, hablando para mí.
—¿No
ves que está casada? Largo y que nos atienda otro. –Chloe sacó a relucir su
lado de celestina.
—Pero…
-el confundido camarero dio media vuelta, y entonces eché a reír.
—¡Cómo
te pasas! No estaba haciendo nada malo.
—Tienes
a Harry, no lo tires todo por la borda por un mediocre como ese tío.
—Wow,
qué sincero y fiel te ha quedado, para ser una zorra calienta pantalones.
—A
veces tengo mis momentos… -le quitó importancia, hasta que pareció recordar
algo- Necesito un favor. –añadió.
—Habla.
–la miré con el ceño en alto, cuando quería algo, o era organizar la fiesta más
grande del siglo, o que la acompañase a junto su suministrador de LSD y éxtasis,
o simplemente quería hacer otra de nuestras escapadas.
—Quiero
que le pidas a tu marido que invite a su amigo moreno, Zayn, a vuestra casa.
Luego tú me invitas a mí. Del resto ya me encargo yo. –sonrió de lado.
—¿Quieres
añadirlo a tu lista? –reí con ironía.
—Te
envidio, tú ya has encontrado el amor, yo quiero encontrar el mío. –entonces
estallé en carcajadas.
—¿Yo?
¿Encontrar el amor? –seguí riéndome como una loca- Yo lo que encontré fueron
tres millones de dólares. Sabes que cuando acabe el año que tengo que estar con
él querrá irse con alguien responsable, alguien como él. Y yo soy de todo menos
eso. Me gusta salir, no tengo miedo de lo que esconde la noche y, sobre todo,
soy abierta a todos los problemas que pueda traer. ¿Quién querría quedarse con
alguien como yo? Él seguramente, no. Harry busca otra cosa, algo que poder
presentar a los demás sin morirse de vergüenza, no un matrimonio falso que solo
se mantiene en pié para conseguir un poco de dinero. –en ese momento agradecí
no ser de lágrima fácil y poder controlar la expresión de mi cara, y colocar
una sonrisa.
—He
decidido quedarme aquí, en Nueva York, si necesitas algo, ya no estaré en la
otra parte del país. Así que espero que ese tío no te digas cosas así, porque
le dejaré los testículos más negros que el carbón. Y no precisamente del que se
convierte en diamante. Y, por cierto, el primer día del año cuadra en sábado.
Tú y yo solas, fiesta de las nuestras, piénsalo. –le sonreí a la que siempre
sería mi mejor amiga, aceptando claramente su propuesta.
[…]
—Recuerda,
movimientos sexys y lentos y esta noche hay sexo fijo.
—¡Por
favor! ¡Qué estás hablando conmigo! –dije mirándole desde la acera de enfrente
del departamento, mientras me sonreía desde su coche.
—Cierto,
casi se me olvida que no te has acostado con Styles desde que te casaste con
él…-me guiñó un ojo, vacilante. Le sonreí pícaramente hasta que lo entendió.-
¡Guarra! ¿Cuándo pensabas decirme que te lo estabas tirando?
—Algún
día, en medio de una borrachera, en nuestra última fiesta antes de la muerte,
te diría, “Sabes, me he estado follando a Harry durante todo el tiempo que
estuvimos casados.”
—Mala
amiga oculta secretos…-farfulló, para luego, sonreír de nuevo- Ahora sí, ¡folla
bien! –se despidió, encendiendo el coche.
—¡Y
ahora yo no te digo lo mismo! –grité antes de entrar en casa- ¡Ya estoy de
vuelta! –exclamé y oí sus pasos hasta que vi sus rizos aparecer por la entrada
al recibidor.
—Por
fin…-empezó, pero se detuvo al verme, y después de recorrerme con la mirada,
solo fue capaz de continuar entrecortadamente- estás en casa.
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