sábado, 27 de julio de 2013

CAPÍTULO 20.

—¡Mamá! ¡Papá! –Harry y yo nos la ingeniamos para decirlo a la vez.  Mientras mis dos progenitores se tiraban a mis brazos, los de Harry hacían lo mismo. Después de tanto apretujón y achuchón conseguí librarme de ellos.
—¿Qué hacéis aquí? –parecía que yo y el ricitos llevábamos un chip, porque no parábamos de hablar al unísono.
—¿No se suponía que llegabais mañana? ¿Para celebrar la noche vieja? –se adelantó, antes de que yo pudiese decir nada.
—Hemos pensado que, como tenemos que irnos la mañana del primer día para visitar a la demás familia, pues podíamos venir antes y así pasar un poco más de tiempo. Y ya nos hemos conocido. –señaló a mis padres. Harry automáticamente clavó la mirada en mí y lo entendí.
—¡Cuánto me alegro de que estéis aquí! –fingí entusiasmo, -el máximo que pude, después de que cortasen de lleno lo que seguramente se convertiría en el polvo de mi vida- y pasé los brazos sobre los hombros de ambas parejas.– ¿Por qué no pasáis al salón? Está al final del pasillo, ahora vamos nosotros ¿Sí? –caminaron siguiendo mis indicaciones, hablando entre ellos. Parecía que habían cuajado y por primera vez me pregunté cuán bocazas podría llegar a ser mi madre.– Tus padres no saben que nos casamos en Las Vegas, ¿verdad? –lo miré alzando el ceño y el negó con la cabeza, para luego suspirar.
—Piensan que nos casamos por…amor. Pero que lo hicimos en privado y solo para nosotros. –al oír la palaba “amor” saltó un chip en mi cabeza. ¿Qué es eso? Y lo más difícil sería actuarlo.
—De acuerdo, hablaré con mi madre para que no se vaya de la lengua, si no lo ha hecho ya… -dije, para encaminarme al salón, pero su mano tiró de la mía, pegándome a él y mordiéndose el labio mientras me miraba. Sus labios acabaron en mi oído, y me pareció oírle susurrar un “esta noche…” aunque no pude percibir el resto de la frase porque estaba más centrada en descifrar los dibujos que él trazaba con su lengua. Cuando se separó me libré rápidamente de la excitación y volvimos con nuestros padres.
—¡Qué casa más acogedora tienes, Harry! –mi madre sonreía sentada en uno de los sofás.
—Gracias señora Smith…
—¡Oh, por dios! Llámame Anabelle. ¡Ven aquí! –achuchó a Harry como su fuese un peluche, y me sorprendí de lo bien que sabían actuar mis padres y también descubrí de dónde había sacado mis dotes de actriz. Ellos sí sabían la verdadera parte de la historia y no les hacía mucha gracia. Les recordaba a mi escapada. Pensé que me libraría de los achuchones, pero los padres de Harry, que sonreían ante el panorama, me hicieron una seña a su lado para que me acercase.
—¿Así que tú eres ________? –asentí, algo cortada. No estaba preparada para mis “suegros”.– Nosotros somos Anne Cox y Robin Twist. -sonrió y le devolví la sonrisa mientras nos presentábamos. ¿Twist? ¿Harry no era Styles? ¿Qué coño…?
Robin me envolvió en un abrazo cariñoso, y me hizo sentir más cómoda.
—El viaje se nos ha hecho larguísimo…¿podríamos descansar? –Styles y yo asentimos a la vez y a la velocidad de la luz ante la propuesta de los padres de él. Los ayudamos con las maletas y dejamos a sus padres la habitación de invitados, justo en frente de la nuestra, y a mis padres la recién restaurada, del fondo del pasillo. Las ventanas estaban abiertas, por lo que el olor a pintura se había esfumado casi completamente. 
—Buenas noches. –dijeron ellos cuando Harry salió por la puerta y yo la cerré tan pronto lo hizo.
—Papá, mamá…–empecé a hablar, pero me cortaron.
—Bueno… –George, mi padre, fue el primero en dar su opinión.– No es tan malo como pensábamos…O por lo menos en apariencia. Cuando llegamos aquí creí que nos encontraríamos con un  drogadicto lleno de tatuajes y piercings, maleducado  que viviría en una pocilga. Esto es más que aceptable.
—¡Los tatuajes no están mal, George! Hacen sexy, –la opinión que tocaba ahora era la de mi madre– además Harry es muy mono. -me miró alzando las cejas.– Siempre que no sea un cabrón, lo que sería una pena, tiene mi aprobación. –alcé yo el ceño esta vez.
—¿Te gusta, mamá? –pregunté, y dando a entender que me refería a atracción física. Negó irónicamente por la presencia de mi padre, pero se acercó para hablar en susurros.
—¿Tiene tatuajes?
—Muchísimos.
—¿Qué tal es en la cama? –solté una carcajada. Y la gente se extrañaba de que yo saliese así.
—No tan bueno como yo, obviamente -rodé los ojos- Pero no está mal… –abrió los ojos como platos.
—¿“Está bien”? ¿Has dicho que está bien? Después de que me contases lo poco suficientes que eran los otros ciento y pico tíos, supongo que este será como un Dios.
—Que va. –quizás ahora mentía un poco.– Papá ha de saber hacértelo pasar mejor.
—Encantada te lo cambio por una noche. –alzó las manos, sincerándose.
—¡Os estoy oyendo, por Dios Anabelle! ¡Que es tu hija y debe de tener 20 años menos!
—Venga ya George, cómo si no estuvieras al tanto, y de sobra, de la vida sexual de ________.
—Ya… -no, a ningún padre le hacía gracia saber que su “dulce e inocente hijita” no tiene nada de dulce y mucho menos de inocente.- Pero no le voy preguntando las cosas que hace en la cama con su marido…Marido. No me puedo creer que mi hija de dieciocho años esté casada. –susurró lo último.
—¿Me dejarías repasar uno de sus tatuajes con la lengua? –vaciló mi madre a pesar de que mi padre seguía escuchando.
—Si él quiere…–alcé las manos, inocente.– Te recomiendo el de la cadera. -le guiñé un ojo y empezamos a reír como locas mientras mi padre se dejaba caer en la cama. – Pero no me he quedado para detallaros todo lo que he hecho con sus… tatuajes. –cambié la palabra que tenía en mente por esta última, recordando el propósito por el que me había quedado.– No podéis decir a los padres de Harry que nos casamos en Las Vegas. –añadí. No pareció impresionarles.
—Si miente a sus padres no creo que dude en mentirte a ti. –papá seguía buscándole defectos.
—¡Venga ya papá! De diez palabras que yo le digo, cincuenta son mentira. Pero ni se os ocurra iros de la lengua con lo de Las Vegas. Nos casamos por amor y en secreto, ¿entendido?
—Si eso es lo que queréis. –sonrió mamá– Sabes lo bien que se nos da actuar, mentir y fingir.
—Lo sé. ¿O si no de dónde crees que salí yo? –rodé los ojos.– ¡Gracias! –dejé un beso en la mejilla de cada uno y me dirigí a la puerta.
—En serio, ______, con protección.  –se despidió mi padre.

—¡Y no grites mucho! –entonces salí de allí, soltando una carcajada por el comentario de mi madre. 

domingo, 21 de julio de 2013

CAPÍTULO 19.

—¡Ven aquí! ¡No huyas! ¡Vas a acabar pintada igual! -Harry me perseguía por toda la habitación mientras yo me reía a carcajadas. Imposible no hacerlo cuando tenía toda la cara pintada de beige. Cuando ya no había escapatoria, acorralada contra una de las esquinas, e intentando retroceder lo máximo posible, era él el que reía. Apoyó la mano con la brocha en un lado de la pared, y la otra mano en el otro, y yo, encajada en aquella esquina y atrapada por su cuerpo. Limpié toda la pintura de la zona de su boca y me acerqué a él, se inclinó hacia delante para besarme, y justo cuando iba a rozar sus labios, ¡ZAS! Pincelada de pintura por toda la cara.
Se alejó, para volver a su sitio, entre carcajadas. Una inmensa rabia se apoderó de mi cuerpo y el color rojo de mis mejillas seguramente resaltase bajo el beige de la pintura, también volví a mi sitio.
—Vamos _______, ¿Qué tal sabe la pintura? –siguió burlándose. Pasé automáticamente de contestar. Me centré más en pintar mi pared que en los intentos de burla que seguía haciendo. Hasta que no se había salido con la suya no había parado. Pero él no sabía cuán competitiva podría ser y sobre todo, lo mal perdedora que era.
El primer gruñido se escapó de mis labios tras mucho poner verde en mi mente a Harry. No creí que hubiese dado de cuenta hasta que sentí sus brazos alrededor  de mi cintura.
—No sabía que tenías tan mal perder.
—Pues ahora ya lo sabes. -intenté soltarme de su agarre, pero acabé completamente pegada a su cuerpo, con mi espalda apoyada en su pecho y su cabeza en mi hombro.
—Tienes unos cambios de humor preocupantes. ¿Quieres tomarte un descanso?
—No, lo que quiero es que te alejes tres mil kilómetros de mí.
—De acuerdo. –accedió a soltarme.– A ver si dices lo mismo esta noche. -gruñí y seguí enfadada hasta que solamente quedaba una pared por pintar. Él se mantuvo en su esquina y yo en la mía, y a medida que íbamos pintando, la distancia entre nosotros se hacía menor. Hasta que acabamos pintando prácticamente codo con codo.
—Me molestas. –vacilé.- Así no puedo pintar.
—¡Vaya mala suerte! –ironizó– Es mi cacho de pared, así que si no te gusta, te vas.
—Eres la persona más idiota que conozco.
—Y tú una zorra y una arpía y aun así, te aguanto todos los días. –lo miré fingiendo secarme una lágrima inexistente.
—Gracias, y estoy muy orgullosa de serlo. –dije todo con una mano en el pecho y continué pintando, hasta acabar el diminuto cacho que nos quedaba.- Ahora te toca subir todos los muebles mientras yo decido dónde colocarlos, venga. ¡Muévete! -me miró con el ceño en alto, vacilante, hasta que se rindió y caminó escaleras abajo.
—¡Esto me pasa por casarme! Maldita sea, ¿¡Cómo pude estar tan ebrio!? –lo oí maldecir mientras aparecía con el primer mueble.
—¿Es muy pesado, Styles? –solté una carcajada.
—No tanto como tú, Smith.
—¿Me estás llamando gorda?
—Sabes que no…
—¡Me estás llamando gorda! –le corté. Claro que sabía que no iba por ese contexto.
—Pero yo no…
—Cállate Styles, has metido la pata. -fingí estar enfadada y no le dirigí la palabra en ningún momento. Ni cuando acabé de colocar el último mueble, y la habitación por fin estuvo lista, mostré algún indicio de volver a hablarle. Habíamos acabado más tarde de lo planeado, así que casi era hora de cenar.
Apoyada en la barra americana de la cocina, intentaba descifrar qué me apetecía para cenar. Quizás podía pedir una pizza únicamente para que el repartidor “buenorro” viniese a hacerme una visita. Alcancé el panfleto verde dónde había anotados las diferentes pizzas a escoger y el número del local. El Totonno’s  tenía las mejores pizzas y, sobre todo, los mejores repartidores.
—¿Qué haces? -las grandes manos de Harry se asentaron en mis caderas y su cabeza se colocó sobre mi hombro. Dejándome escuchar su pausada respiración. Ignoré toda la descarga de hormonas que empezaban a  acelerar mi cuerpo y seguí actuando. Fingiendo estar enfadada.
—Lo que hacemos las gordas, comprar comida basura. –dije enseñándole el folleto. Tampoco se movió de sitio. Tenía su cuerpo completamente pegado a mi espalda y sus manos en mis caderas empezaron a dibujar formas irregulares. ¡Maldita sea Harry! ¡Intento estar enfadada contigo!
—¿En el Totonno’s? Tú no quieres pizza. Tú lo que quieres es que Javi, el repartidor, siga babeando por ti desde la puerta.
—Que me conozcas tanto es una auténtica mierda. –di la vuelta sobre mis talones quedándonos cara a cara.
—Lo que es una auténtica mierda es que no me niegues lo del repartidor. –alzó el ceño.
—Qué bien se te da eso de fingir ser un marido celoso, ¿no?
—Tan bien como a ti fingir estar enfadada conmigo.
—No estaba fingiendo.
—Entonces coge el móvil y llama al repartidor que tanto te gusta.
—¿Para qué voy a llamar al tío ese si te tengo a ti en casa, eh? –le guiñé un ojo y colocando las manos en sus mejillas lo atraje hacia mí. Sus labios se unieron con los míos y sus manos pegaron mi cuerpo más al suyo de ser posible. Estas se colaron bajo mi sudadera acariciando mi espalda, y justo cuando el beso se volvió más apasionado e incitaba a subir a la habitación, el sonido del timbre inundó completamente el lugar. A regañadientes me separé de Harry.
—¿Podemos ignorarlo? –bufó el mientras me seguía hacia la entrada.
—No, voy a dejarle una marca en la cara de por vida al subnormal que esté llamando, y luego, seguimos. –le expliqué mientras abría la blanca puerta de la entrada y ambos nuestros ojos se abrían como platos.

—¡Sorpresa! 

lunes, 15 de julio de 2013

CAPÍTULO 18.

—_______.  –oí susurrar en mi oído.- ¿Vas a dormir durante todo el día? -la última frase fue acompañada  de un pequeño balanceo en el brazo.
—Déjame dormir. En serio. O vas a tener problemas muy graves. –dije en medio de un ronroneo y con la voz ronca.
—Nuestras familias llegan en dos días para celebrar fin de año y ni siquiera hemos empezado a restaurar la habitación.
—Así como está, es genial. Déjame dormir, Harry. –oculté la cabeza bajo la almohada.
—Arriba, _______. Nos vamos de compras.
—Con eso tampoco conseguirás que me levante.
—Has pospuesto esto durante todo el mes, prometiste que lo haríamos hoy.
—Más tarde. Lo prometo. ¡Apaga la luz, me hace daño a la vista! –gruñí al darme la vuelta.
—¿Con que esas tenemos eh? –aún no había abierto los ojos y ya sabía que se me acercaba.
—No hagas nada de lo que puedas arrepentirte. –sus brazos me rodearon y me alzaron en el aire. Y por fin abrí los ojos de golpe.– Bájame. –negó con la cabeza mientras se dirigía al baño. Pataleé y grité todo lo que pude pero no me bajó hasta soltarme en su bañera. Antes de que pudiese gritar o patalear todavía más, abrió la pestaña de agua fría y un chorro helado cayó sobre mí. Sus carcajadas sonaban por toda la habitación y tan pronto mis piernas se dignaron a responder, me levanté con intención de salir de allí.
—¿Otro chorro más? –vaciló, con una sonrisa de lado.
—¡Ya estoy despierta! ¡Pero tú vas a arrepentirte!
—¿Vas a dejarme sin sexo? –fingió un puchero, dada nuestra rutina de mantener relaciones sexuales casi todas las noches.
—No, eso también me afecta a mí.  Lo primero que vas a hacer es largarte, que voy a vestirme. Y a intentar arreglar el estropicio que me has hecho.
—No hay nada que no haya visto ya, no tengas vergüenza. ¿A qué estropicio te refieres? ¿A mojarte el pijama?
—No. A mi cara. Yo necesito mis horas de sueño y tú me las has cortado de pleno. Ahora tendré que ponerme gafas de pasta para ocultar las ojeras, y de paso me pinto los labios de rojo puta. Y mucho rímel.
¿Gafas falsas? ¿Rímel? ¿¡Rojo puta!? Tienes razón, mejor me voy. Date prisa, te espero en el coche. –se fue maldiciendo mientras ahora yo reía a más no poder. No tuve más remedio que hacerme una trenza lateral para la maraña de pelos en la que se había convertido mi larga cabellera. Para hacerlo esperar aún más, me retrasé todo lo máximo posible.
—¿Por qué vas vestida como un gato? –preguntó cuando me senté en el copiloto de su descapotable.
—No es un gato. Es una sudadera de Nyan Cat, inculto. –Me puse la capucha para evitar que me despeinase más.
—Con una capucha con orejas y todo… muy normal.
—¿Quieres dejar las orejas del gato y buscar un sitio? Quiero gastar dinero ya.
—Te recuerdo que venimos a encargar muebles y comprar pintura, no a aumentar la montaña de ropa que tienes.
—Que sí. Si ya tengo la idea de la habitación y todo. –me ilusioné y caminamos hacia la planta dedicada al hogar.
—¿Abandonaste la idea de la barra de Striptease?
—¡No! Ni tampoco la del rosa llamativo para las paredes, pero se me ocurrió una gran idea para la cama. –lo miré alzando las cejas.
—¡Por qué dejaría que me ayudases con esto! –maldijo mirando al techo.- ¿Te das de cuenta de que todo el mundo se queda mirando tu sudadera?
—¿Quieres que me la quite? –pregunté, si decía que sí, no sabía lo que le esperaba.
—Preferiría que sí.
—De acuerdo. –a medida que la cremallera se bajaba, iba apareciendo mi torso desnudo, y, al quitármela completamente, todo el mundo podía disfrutar de mi sujetador negro con transparencias. Harry se llevó una mano a la cabeza.
—¿¡Conoces el concepto de camiseta!? –solté una carcajada.
—Malo si llevo la sudadera, malo si no la llevo. ¡Aclárate!
—¡Ponte eso ahora mismo! –volví a subir la cremallera mientras entrábamos en la primera tienda.
—Tú eres muy bipolar, me parece a mí. –vacilé.
—Cualquier día provocarás que me dé un infarto… –observando el  catálogo de pinturas, yo me quedé con la página de los rosas, y él con la de los azules.
—Definitivamente la habitación tiene que ser de este rosa. –señalé el primero de ellos. El más llamativo de toda la página, un fucsia.
—Ni loco pinto la habitación de ese color. Va a ser pintada de azul celeste, te pongas como te pongas.
—Yo soy la mujer, yo tomo las decisiones. -nos plantamos cara.
—Es mi casa.
—Ahora también la mía.
—Azul.
—Rosa.
—¡Azul!
—¡Rosa!
—No voy a ceder. Y si vamos a pelearnos por todas las cosas, no vamos a acabar hoy.
—Ni para ti, ni para mí, que escoja la dependienta. -insinué el catálogo en su cara, antes de llamar la atención de la chica y dejarle el catálogo sobre el mostrador.– Queremos pintar una habitación, y no sabemos qué color escoger. Escoge por nosotros. -sonreí falsamente a aquella tía, que no debía de tener más de la edad de Harry, y luego lo miré a él.- Y tú, ni la mires, que ya me conozco tus jueguecitos del guiño de ojos y la sonrisita para que escoja lo que tú quieres.
—¿Por qué no probáis a pintarla de beige con una franja rosa bebé? 
—Por mí bien. -el rulos le sonrió y la dependienta empezó a sonrojarse.
—A mí no me gusta. -gruñí.- Pero haz lo que quieras. Te espero fuera. - salí echando humo de aquella tienda de pinturas.- Gracias. -refunfuñé al arrebatar de golpe un granizado de mora a un tío que caminaba con su novia, los que decidieron acelerar el paso. Me dejé caer en un banco en frente de la tienda, con los brazos y piernas cruzados. Pronto salió Harry, con un par de papeles en la mano. 
—¿Qué ha sido eso? -se refería a mi comportamiento en la tienda. 
—¿El qué? ¿Tu especialidad de flirtear con las dependientas?
—No. Tus celos. -alzó el ceño. ¿¡Me estaba llamando celosa!?- Nos traerán las cosas a partir de las cuatro de la tarde. –ladeó la cabeza hacia un lado, indicando la siguiente tienda, y lo seguí con expresión de arrogancia y fingiendo estar completamente centrada en aquel granizado. En pleno invierno. Pero mis entrañas estaban ardiendo, y lo contrarrestaban.
—El sábado voy a salir con Chloe, como en los viejos tiempos. –me digné a hablar, y él, que caminaba un par de pasos por delante, se detuvo de golpe y se giró.
—¿Qué? -sabía que me había oído perfectamente.
—Voy a salir con Chloe la primera noche del año.
—A beber. –empezó a numerar las cosas que seguramente haría, y que no le gustaban.- A correr desnuda. A bailar. A seducir. Y…a follar.
—No deberías preocuparte tanto, seré buena.
—Eso es exactamente lo que me preocupa. ¡Cómo no voy a preocuparme! -reclamaba a mis espaldas, mientras yo entraba victoriosa a aquella tienda, le había devuelto los celos y en ración doble, puesto que sabía que acabaría acostándome con el primero que topase en la pista.
—¡Oh mira! ¡Una cama con dosel! -me burlé, controlando todavía la situación, y sacándolo de sus casillas al ignorar su preocupación.
—________. –me cogió del brazo impidiéndome dar un paso más.- ¿Qué vas a hacer? -sus celos me parecían muy tiernos. No sabía si amaba hacerlo rabiar así, o que se preocupase de esa manera. Pero en esto se basaba nuestra “relación”, en celarnos de todo sexo opuesto que se acercase al otro.
—¿Quieres un abrazo? -luché por aguantar las risas.
—¡No quiero un maldito abrazo, joder! –exclamó. Un espectáculo en medio de la tienda que nadie parecía querer perderse.- Solo te pido que por una vez en tu vida seas responsable. –refunfuñó. Estaba enfadado.– Vamos a ver esa maldita cama con dosel.
Después de unas veinte tiendas, y de pagar todos los muebles y contratar que nos los llevasen a casa, casi todos elegidos por mí, ya que Harry intentaba mantener el mínimo contacto físico y verbal conmigo, decidimos, o más bien decidió y yo le seguí, parar a comer antes de volver a casa. Entramos en un restaurante con ambiente oriental. La luz era tenue, y las mesas estaban separadas por una especie de cortina que lo hacía más privado. Entramos en la última, y no tardó mucho en aparecer un camarero con ropa de dicha cultura. La luz anaranjada de las velas incluso podía hacer que pareciese romántico. Si a mí me fuesen esas chorradas, claro.
—Menú especial 155. –pidió Harry por los dos, y aquel camarero de origen asiática asintió sonriendo, antes de retirarse.
—¿Vas a ignorarme durante todo el día? –sonreí sentada a su lado en aquel sillón negro, mientras especulaba el pequeño cubículo. Miles y miles de ideas, a las que solo a una mente perversa como la mía podían ocurrírsele, surcaron mi cabeza. Gran lugar para un par de horas de desenfreno y placer.– Te estás comportando como un niño pequeño. –se dignó a mirarme.
—¿Yo soy el niño pequeño, ______? ¿Cómo te sentirías si te dijese que voy a llamar a Aylin, a Marie, o a cualquier otra, y voy a acostarme con ellas? -me miró con el ceño en alto.
—¿Por qué supones que voy a acostarme con alguien? –sonreí de lado.– Si hicieras eso, probablemente echaríamos el último polvo y luego te despedazaría para echar tus trozos a un río. –rodó los ojos.
—No lo supongo, lo sé.
—Que mal concepto tienes de mí, querido. -gruñó, no estaba dispuesto a dirigirme ninguna palabra más. Estaba claro que tenía que tomar yo mis propias medidas y sacar las armas de seducción para que me hiciese caso.
—Recuerda que tú lo has querido, Harold. Luego no me vengas con que no es buen momento.  -no dijo nada, mientras yo dejaba caer mis Vans al suelo con sigilo. También deslicé los leggings negros por mis piernas y para quedar completamente en ropa interior, también me quité la sudadera.
Sí, era mucho más fácil encontrarme en ropa interior que vestida.
El rulos había decidido darme la espalda, a pesar de estar sentados en el mismo sillón negro. Lo abracé por la detrás, mis brazos abrazándolo y recorriendo su pecho, y mi cuerpo pegado a su espalda.
—¿________? ¿Es cosa mía o estás en ropa interior? -soltó.
—Ajá. –musité mientras subía su camiseta para poder rozar su piel.
—De igual modo, no te funcionará.
—Vale. –no lo creí. Y menos cuando no solo me dediqué a acariciarlo, sino que me hice con la piel de su cuello. Besando y mordiendo cual vampiro sediento de sangre. Mi nombre se escapó de entre sus labios en forma de susurro. Sonreí sobre su piel.
—No es buen momento, ni lugar.
—¡Sabía que dirías eso! –reí en su oído, lo que pareció alterar sus sistemas en mi contra. No resistió mucho más antes de darse la vuelta y recostarme sobre el sillón. Sus ojos se abrieron como platos al cerciorarse de que sí estaba en ropa interior. Eso no le impidió dejar besos sobre el borde de mi tanga mientras yo acariciaba sus rizos, nada le impediría hacerme suya allí mismo, a excepción de unos pasos que se escuchaban cada vez más  próximos, indicando que el camarero se acercaba. Eso nos obligó a sentarnos normalmente y a que yo me vistiese la sudadera. No me dio tiempo a vestir más antes de que entrase. Le sonreímos como si nada, justo como si no estuviera en bragas debajo de la mesa.
[ … ]
—Y al final has comprado más ropa. –añadió cuando dejé las numerosas bolsas sobre la cama.
—¿Qué esperabas? ¿Qué fuese de compras y no gastase nada? Y da gracias a que no te obligué a acompañarme probador por probador.
—Sí lo hiciste, ________. –me miró con el ceño en alto.– Y al único que quería entrar era al de lencería, y no me dejaste. –solté una carcajada.- No sé para qué compras tanta ropa si al final vas a vestirte como un gato. -negó con la cabeza antes de bajar a abrir la puerta. Los muebles ya deberían de estar aquí.
—A pintar cariño. -carcajeó gracioso, cuando nos encontrábamos delante de aquel panorama. Toda una habitación empapelada lista para pintar, y los botes de pintura ante nosotros.- Luego hay que subir los muebles arriba.
—Sí, creo que tú y yo pensamos lo mismo. –sonreí compadeciéndome de él.
—¿Qué esa parte me va a tocar hacerla yo solo? Ya lo tenía asumido.
Decidimos ponernos a pintar, lo cual era muy divertido puesto que él pintaba en una esquina y yo en otra, y me reía interiormente de lo irónico de la situación. Así que cogí una brocha más pequeña, y falsamente me acerqué a él por la espalda, con sigilo.

—Harry. –dije a sus espaldas, y tan pronto se giró, llené su preciosa cara completamente de pintura. 

domingo, 7 de julio de 2013

CAPÍTULO 17.

La rubia paró en seco antes de lanzarse a los brazos de Harry, y se giró para verme.
—Ah, lo siento, se me había olvidado que Harry tenía que cuidar a una cría durante un año.
—Perdona, ancestro fósil. -dije rodando los ojos.- No puedo tomarte en serio con tu metro sesenta de estatura.
—Claro Barbie, vete a jugar con Ken y déjanos a mí y a Harry hacer cosas de mayores. -me guiñó un ojo e indiqué al susodicho, que pretendía protestar, que me dejase a mí.
—Para ser su abogada acabarás consiguiendo que yo gane el juicio.
—Dime, niña, ¿a quién creerán antes? ¿a una licenciada en derecho o a una niña de dieciocho años, maleducada y que se escapó a Las Vegas sin consentimiento paterno? -se burló. Sonreía con sorna al lado de Harry. Tenía la prepotencia subida de tono desde que había se llevado la frustración al ver que yo me había adelantado y me lo había llevado a la cama. Y se veía a leguas, por la mirada de asco que utilizaba al verme con la camiseta que a él le faltaba.
—Creerán a alguien con tetas. -insinué las mías ante la falta de las suyas.
—¿Les vas a hacer un favorcito, entonces?
—No confundas mi oficio con el tuyo.
—¿Quién en su sano juicio contrataría a alguien con tu historial? A diferencia del mío que está impecable.
—Aún sin oficio, “cobro” diez veces en un día lo que tú en un año. Normal que tengas clientes, sales gratis, ya que las putas al menos cobran, tú ni eso. -enfureció, lista para gritarme.
—¡Feliz Navidad! -algo la interrumpió. Y no evité soltar una carcajada al identificar esa voz.- ¿Ya ha habido… -fue disminuyendo el tono de voz a medida que entraba en el recibidor, hasta terminar por alzar el ceño al ver el panorama.- Vaya.
—¡La que faltaba! La amiga borracha y lambeculos de la otra. ¿Te has planteado eso de comprarte una personalidad? ¿Por qué no le pides dinero a tu amiga? Se baña en él. -sonrió con sorna, se había pasado. ¿Estaba de broma? ¿Quién se creía?
—Cálmate, zorra. -inquirió Chloe, acercándose a Harry.- ¿En serio rulos? ¿En serio? Te mando a mi amiga con un corsé de encaje y un mísero cacho de tela tapándole el cuerpo, ¿y metes a otra en tu casa en vez de hacerle hijos a ella? Me has decepcionado, tío. Ya no eres mi ídolo. -negó con la cabeza.
—Igual es porque tanto tu amiga como tú, sois demasiado pequeñas para tener ciertos conocimientos. -creo que se olvidaba de que estaba en mi casa.
—Quizás no sepamos tanto como tú de la elección de esquinas en las que prostituirnos, perdónanos su majestad. -se burló y me guiñó un ojo.- Ella solo está en el número uno de las mujeres más deseadas de los cinco continentes, pero no se puede comparar con tu número uno en calienta camas.
—¿Y por eso eres su amiga? ¿Para ver si coges algo de popularidad? Déjame decirte que la única fama que tienes es la de borracha fácil.
—Yo puedo permitirme ser una borracha fácil, a diferencia de ti, rubia. -era divertido ver como Chloe le hacía la vida imposible a Aylin, pero ya me estaba hartando del jueguecito y tampoco me apetecía pasarme toda noche buena así.
—Aylin, ¿por qué no te vas ya? ¿Incluso en Navidad tienes que venir a tocar los huevos? ¿Por qué no arreglas tus “cosas de mayores” con Harry cuando nos divorciemos y lo tengas completamente libre para ti? Ahora lárgate de mi casa antes de que tenga que echarte yo.
—¿Vas a usar la fuerza bruta, princesita? -alzó el ceño, desafiándome.
—Es exactamente lo que tenía pensado. -antes de que ella pudiese contraatacar, con un gran mechón de su pelo en la mano, la arrastré hasta la puerta.
—¿¡Qué estás haciendo!? ¡Eres una demente! ¡Suéltame!
—Así es como hay que llevar a las perras como tú, con correa y por el cuello. -le grité, después de dejarla fuera.- Y ahora, vuelves a cuatro patas a tu tugurio. -gruñó, como el animal que es y se alejó caminando a toda prisa. _____3 - Aylin 0. Oí las carcajadas provenientes de mis dos compañeros y volví a dentro.
—Y yo que venía a ver si ya os habíais acostado y me encuentro con una pelea de gatas. -soltó entre carcajadas mi amiga, acercándose a la puerta.- Pero como no sé si os cortó el rollo o no, me voy, para que podáis…ya sabéis. -nos sonrió pícara.- Lo dicho, feliz Navidad y sin condón, que quiero un sobrinito. -nos guiñó un ojo, para luego caminar hacia su coche soltando una carcajada. Cuando estuvo bien lejos, cerré la puerta con el pié y caminé hacia Harry, y no con cara de buenos amigos, precisamente.
—¿______? -preguntó confundido. Me planté delante de él y, aunque yo era alta, me puse de puntillas para intentar serlo más que él, o por lo menos llegarle a la altura de los ojos. Retrocedimos hasta pegarnos a la pared, quedando mi cuerpo pegado completamente al suyo. Utilicé yo también la táctica de pasar mis brazos alrededor de su cabeza, pero no intimidaba tanto como si las posiciones fueran antagónicas.

—Eres mío Harry, mío. Y te quedan nueve meses en los que tendrás que asimilarlo.