—¡Mamá!
¡Papá! –Harry y yo nos la ingeniamos para decirlo a la vez. Mientras mis dos progenitores se tiraban a mis
brazos, los de Harry hacían lo mismo. Después de tanto apretujón y achuchón
conseguí librarme de ellos.
—¿Qué
hacéis aquí? –parecía que yo y el ricitos llevábamos un chip, porque no
parábamos de hablar al unísono.
—¿No
se suponía que llegabais mañana? ¿Para celebrar la noche vieja? –se adelantó,
antes de que yo pudiese decir nada.
—Hemos
pensado que, como tenemos que irnos la mañana del primer día para visitar a la
demás familia, pues podíamos venir antes y así pasar un poco más de tiempo. Y
ya nos hemos conocido. –señaló a mis padres. Harry automáticamente clavó la
mirada en mí y lo entendí.
—¡Cuánto
me alegro de que estéis aquí! –fingí entusiasmo, -el máximo que pude, después
de que cortasen de lleno lo que seguramente se convertiría en el polvo de mi
vida- y pasé los brazos sobre los hombros de ambas parejas.– ¿Por qué no pasáis
al salón? Está al final del pasillo, ahora vamos nosotros ¿Sí? –caminaron
siguiendo mis indicaciones, hablando entre ellos. Parecía que habían cuajado y
por primera vez me pregunté cuán bocazas podría llegar a ser mi madre.– Tus
padres no saben que nos casamos en Las Vegas, ¿verdad? –lo miré alzando el ceño
y el negó con la cabeza, para luego suspirar.
—Piensan
que nos casamos por…amor. Pero que lo hicimos en privado y solo para nosotros.
–al oír la palaba “amor” saltó un chip en mi cabeza. ¿Qué es eso? Y lo más
difícil sería actuarlo.
—De
acuerdo, hablaré con mi madre para que no se vaya de la lengua, si no lo ha
hecho ya… -dije, para encaminarme al salón, pero su mano tiró de la mía,
pegándome a él y mordiéndose el labio mientras me miraba. Sus labios acabaron
en mi oído, y me pareció oírle susurrar un “esta noche…” aunque no pude
percibir el resto de la frase porque estaba más centrada en descifrar los
dibujos que él trazaba con su lengua. Cuando se separó me libré rápidamente de
la excitación y volvimos con nuestros padres.
—¡Qué
casa más acogedora tienes, Harry! –mi madre sonreía sentada en uno de los
sofás.
—Gracias
señora Smith…
—¡Oh,
por dios! Llámame Anabelle. ¡Ven aquí! –achuchó a Harry como su fuese un
peluche, y me sorprendí de lo bien que sabían actuar mis padres y también
descubrí de dónde había sacado mis dotes de actriz. Ellos sí sabían la
verdadera parte de la historia y no les hacía mucha gracia. Les recordaba a mi
escapada. Pensé que me libraría de los achuchones, pero los padres de Harry,
que sonreían ante el panorama, me hicieron una seña a su lado para que me
acercase.
—¿Así
que tú eres ________? –asentí, algo cortada. No estaba preparada para mis
“suegros”.– Nosotros somos Anne Cox y Robin Twist. -sonrió y le devolví la
sonrisa mientras nos presentábamos. ¿Twist? ¿Harry no era Styles? ¿Qué coño…?
Robin
me envolvió en un abrazo cariñoso, y me hizo sentir más cómoda.
—El
viaje se nos ha hecho larguísimo…¿podríamos descansar? –Styles y yo asentimos a
la vez y a la velocidad de la luz ante la propuesta de los padres de él. Los
ayudamos con las maletas y dejamos a sus padres la habitación de invitados,
justo en frente de la nuestra, y a mis padres la recién restaurada, del fondo
del pasillo. Las ventanas estaban abiertas, por lo que el olor a pintura se
había esfumado casi completamente.
—Buenas
noches. –dijeron ellos cuando Harry salió por la puerta y yo la cerré tan
pronto lo hizo.
—Papá,
mamá…–empecé a hablar, pero me cortaron.
—Bueno…
–George, mi padre, fue el primero en dar su opinión.– No es tan malo como
pensábamos…O por lo menos en apariencia. Cuando llegamos aquí creí que nos
encontraríamos con un drogadicto lleno
de tatuajes y piercings, maleducado que
viviría en una pocilga. Esto es más que aceptable.
—¡Los
tatuajes no están mal, George! Hacen sexy, –la opinión que tocaba ahora era la
de mi madre– además Harry es muy mono. -me miró alzando las cejas.– Siempre que
no sea un cabrón, lo que sería una pena, tiene mi aprobación. –alcé yo el ceño
esta vez.
—¿Te
gusta, mamá? –pregunté, y dando a entender que me refería a atracción física.
Negó irónicamente por la presencia de mi padre, pero se acercó para hablar en
susurros.
—¿Tiene
tatuajes?
—Muchísimos.
—¿Qué
tal es en la cama? –solté una carcajada. Y la gente se extrañaba de que yo
saliese así.
—No
tan bueno como yo, obviamente -rodé los ojos- Pero no está mal… –abrió los ojos
como platos.
—¿“Está
bien”? ¿Has dicho que está bien? Después de que me contases lo poco suficientes
que eran los otros ciento y pico tíos, supongo que este será como un Dios.
—Que
va. –quizás ahora mentía un poco.– Papá ha de saber hacértelo pasar mejor.
—Encantada
te lo cambio por una noche. –alzó las manos, sincerándose.
—¡Os
estoy oyendo, por Dios Anabelle! ¡Que es tu hija y debe de tener 20 años menos!
—Venga
ya George, cómo si no estuvieras al tanto, y de sobra, de la vida sexual de
________.
—Ya…
-no, a ningún padre le hacía gracia saber que su “dulce e inocente hijita” no
tiene nada de dulce y mucho menos de inocente.- Pero no le voy preguntando las
cosas que hace en la cama con su marido…Marido. No me puedo creer que mi hija
de dieciocho años esté casada. –susurró lo último.
—¿Me
dejarías repasar uno de sus tatuajes con la lengua? –vaciló mi madre a pesar de
que mi padre seguía escuchando.
—Si
él quiere…–alcé las manos, inocente.– Te recomiendo el de la cadera. -le guiñé
un ojo y empezamos a reír como locas mientras mi padre se dejaba caer en la
cama. – Pero no me he quedado para detallaros todo lo que he hecho con sus… tatuajes.
–cambié la palabra que tenía en mente por esta última, recordando el propósito
por el que me había quedado.– No podéis decir a los padres de Harry que nos
casamos en Las Vegas. –añadí. No pareció impresionarles.
—Si
miente a sus padres no creo que dude en mentirte a ti. –papá seguía buscándole
defectos.
—¡Venga
ya papá! De diez palabras que yo le digo, cincuenta son mentira. Pero ni se os
ocurra iros de la lengua con lo de Las Vegas. Nos casamos por amor y en
secreto, ¿entendido?
—Si
eso es lo que queréis. –sonrió mamá– Sabes lo bien que se nos da actuar, mentir
y fingir.
—Lo
sé. ¿O si no de dónde crees que salí yo? –rodé los ojos.– ¡Gracias! –dejé un
beso en la mejilla de cada uno y me dirigí a la puerta.
—En
serio, ______, con protección. –se
despidió mi padre.
—¡Y
no grites mucho! –entonces salí de allí, soltando una carcajada por el
comentario de mi madre.
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