—_______. –oí susurrar en mi oído.- ¿Vas a dormir
durante todo el día? -la última frase fue acompañada de un pequeño balanceo en el brazo.
—Déjame
dormir. En serio. O vas a tener problemas muy graves. –dije en medio de un
ronroneo y con la voz ronca.
—Nuestras
familias llegan en dos días para celebrar fin de año y ni siquiera hemos empezado
a restaurar la habitación.
—Así
como está, es genial. Déjame dormir, Harry. –oculté la cabeza bajo la almohada.
—Arriba,
_______. Nos vamos de compras.
—Con
eso tampoco conseguirás que me levante.
—Has
pospuesto esto durante todo el mes, prometiste que lo haríamos hoy.
—Más
tarde. Lo prometo. ¡Apaga la luz, me hace daño a la vista! –gruñí al darme la
vuelta.
—¿Con
que esas tenemos eh? –aún no había abierto los ojos y ya sabía que se me
acercaba.
—No
hagas nada de lo que puedas arrepentirte. –sus brazos me rodearon y me alzaron
en el aire. Y por fin abrí los ojos de golpe.– Bájame. –negó con la cabeza
mientras se dirigía al baño. Pataleé y grité todo lo que pude pero no me bajó
hasta soltarme en su bañera. Antes de que pudiese gritar o patalear todavía
más, abrió la pestaña de agua fría y un chorro helado cayó sobre mí. Sus
carcajadas sonaban por toda la habitación y tan pronto mis piernas se dignaron
a responder, me levanté con intención de salir de allí.
—¿Otro
chorro más? –vaciló, con una sonrisa de lado.
—¡Ya
estoy despierta! ¡Pero tú vas a arrepentirte!
—¿Vas
a dejarme sin sexo? –fingió un puchero, dada nuestra rutina de mantener
relaciones sexuales casi todas las noches.
—No,
eso también me afecta a mí. Lo primero
que vas a hacer es largarte, que voy a vestirme. Y a intentar arreglar el
estropicio que me has hecho.
—No
hay nada que no haya visto ya, no tengas vergüenza. ¿A qué estropicio te
refieres? ¿A mojarte el pijama?
—No.
A mi cara. Yo necesito mis horas de sueño y tú me las has cortado de pleno.
Ahora tendré que ponerme gafas de pasta para ocultar las ojeras, y de paso me
pinto los labios de rojo puta. Y mucho rímel.
—¿Gafas falsas? ¿Rímel? ¿¡Rojo puta!? Tienes razón, mejor me voy. Date prisa, te espero
en el coche. –se fue maldiciendo mientras ahora yo reía a más no poder. No tuve
más remedio que hacerme una trenza lateral para la maraña de pelos en la que se
había convertido mi larga cabellera. Para hacerlo esperar aún más, me retrasé
todo lo máximo posible.
—¿Por
qué vas vestida como un gato? –preguntó cuando me senté en el copiloto de su
descapotable.
—No
es un gato. Es una sudadera de Nyan Cat, inculto. –Me puse la capucha para
evitar que me despeinase más.
—Con
una capucha con orejas y todo… muy normal.
—¿Quieres
dejar las orejas del gato y buscar un sitio? Quiero gastar dinero ya.
—Te
recuerdo que venimos a encargar muebles y comprar pintura, no a aumentar la
montaña de ropa que tienes.
—Que
sí. Si ya tengo la idea de la habitación y todo. –me ilusioné y caminamos hacia
la planta dedicada al hogar.
—¿Abandonaste
la idea de la barra de Striptease?
—¡No!
Ni tampoco la del rosa llamativo para las paredes, pero se me ocurrió una gran
idea para la cama. –lo miré alzando las cejas.
—¡Por
qué dejaría que me ayudases con esto! –maldijo mirando al techo.- ¿Te das de
cuenta de que todo el mundo se queda mirando tu sudadera?
—¿Quieres
que me la quite? –pregunté, si decía que sí, no sabía lo que le esperaba.
—Preferiría
que sí.
—De
acuerdo. –a medida que la cremallera se bajaba, iba apareciendo mi torso
desnudo, y, al quitármela completamente, todo el mundo podía disfrutar de mi
sujetador negro con transparencias. Harry se llevó una mano a la cabeza.
—¿¡Conoces
el concepto de camiseta!? –solté una carcajada.
—Malo
si llevo la sudadera, malo si no la llevo. ¡Aclárate!
—¡Ponte
eso ahora mismo! –volví a subir la cremallera mientras entrábamos en la primera
tienda.
—Tú
eres muy bipolar, me parece a mí. –vacilé.
—Cualquier
día provocarás que me dé un infarto… –observando el catálogo de pinturas, yo me quedé con la
página de los rosas, y él con la de los azules.
—Definitivamente
la habitación tiene que ser de este rosa. –señalé el primero de ellos. El más
llamativo de toda la página, un fucsia.
—Ni
loco pinto la habitación de ese color. Va a ser pintada de azul celeste, te
pongas como te pongas.
—Yo
soy la mujer, yo tomo las decisiones. -nos plantamos cara.
—Es
mi casa.
—Ahora
también la mía.
—Azul.
—Rosa.
—¡Azul!
—¡Rosa!
—No
voy a ceder. Y si vamos a pelearnos por todas las cosas, no vamos a acabar hoy.
—Ni
para ti, ni para mí, que escoja la dependienta. -insinué el catálogo en su
cara, antes de llamar la atención de la chica y dejarle el catálogo sobre el
mostrador.– Queremos pintar una habitación, y no sabemos qué color escoger.
Escoge por nosotros. -sonreí falsamente a aquella tía, que no debía de tener
más de la edad de Harry, y luego lo miré a él.- Y tú, ni la mires, que ya me
conozco tus jueguecitos del guiño de ojos y la sonrisita para que escoja lo que
tú quieres.
—¿Por
qué no probáis a pintarla de beige con una franja rosa bebé?
—Por
mí bien. -el rulos le sonrió y la dependienta empezó a sonrojarse.
—A
mí no me gusta. -gruñí.- Pero haz lo que quieras. Te espero fuera. - salí
echando humo de aquella tienda de pinturas.- Gracias. -refunfuñé al arrebatar
de golpe un granizado de mora a un tío que caminaba con su novia, los que
decidieron acelerar el paso. Me dejé caer en un banco en frente de la tienda,
con los brazos y piernas cruzados. Pronto salió Harry, con un par de papeles en
la mano.
—¿Qué
ha sido eso? -se refería a mi comportamiento en la tienda.
—¿El
qué? ¿Tu especialidad de flirtear con las dependientas?
—No.
Tus celos. -alzó el ceño. ¿¡Me estaba llamando celosa!?- Nos traerán las cosas
a partir de las cuatro de la tarde. –ladeó la cabeza hacia un lado, indicando
la siguiente tienda, y lo seguí con expresión de arrogancia y fingiendo estar
completamente centrada en aquel granizado. En pleno invierno. Pero mis entrañas
estaban ardiendo, y lo contrarrestaban.
—El
sábado voy a salir con Chloe, como en los viejos tiempos. –me digné a hablar, y
él, que caminaba un par de pasos por delante, se detuvo de golpe y se giró.
—¿Qué?
-sabía que me había oído perfectamente.
—Voy
a salir con Chloe la primera noche del año.
—A
beber. –empezó a numerar las cosas que seguramente haría, y que no le
gustaban.- A correr desnuda. A bailar. A seducir. Y…a follar.
—No
deberías preocuparte tanto, seré buena.
—Eso
es exactamente lo que me preocupa. ¡Cómo no voy a preocuparme! -reclamaba a mis
espaldas, mientras yo entraba victoriosa a aquella tienda, le había devuelto
los celos y en ración doble, puesto que sabía que acabaría acostándome con el
primero que topase en la pista.
—¡Oh
mira! ¡Una cama con dosel! -me burlé, controlando todavía la situación, y
sacándolo de sus casillas al ignorar su preocupación.
—________.
–me cogió del brazo impidiéndome dar un paso más.- ¿Qué vas a hacer? -sus celos
me parecían muy tiernos. No sabía si amaba hacerlo rabiar así, o que se
preocupase de esa manera. Pero en esto se basaba nuestra “relación”, en
celarnos de todo sexo opuesto que se acercase al otro.
—¿Quieres
un abrazo? -luché por aguantar las risas.
—¡No
quiero un maldito abrazo, joder! –exclamó. Un espectáculo en medio de la tienda
que nadie parecía querer perderse.- Solo te pido que por una vez en tu vida
seas responsable. –refunfuñó. Estaba enfadado.– Vamos a ver esa maldita cama
con dosel.
Después
de unas veinte tiendas, y de pagar todos los muebles y contratar que nos los
llevasen a casa, casi todos elegidos por mí, ya que Harry intentaba mantener el
mínimo contacto físico y verbal conmigo, decidimos, o más bien decidió y yo le
seguí, parar a comer antes de volver a casa. Entramos en un restaurante con
ambiente oriental. La luz era tenue, y las mesas estaban separadas por una
especie de cortina que lo hacía más privado. Entramos en la última, y no tardó
mucho en aparecer un camarero con ropa de dicha cultura. La luz anaranjada de
las velas incluso podía hacer que pareciese romántico. Si a mí me fuesen esas
chorradas, claro.
—Menú
especial 155. –pidió Harry por los dos, y aquel camarero de origen asiática
asintió sonriendo, antes de retirarse.
—¿Vas
a ignorarme durante todo el día? –sonreí sentada a su lado en aquel sillón
negro, mientras especulaba el pequeño cubículo. Miles y miles de ideas, a las
que solo a una mente perversa como la mía podían ocurrírsele, surcaron mi
cabeza. Gran lugar para un par de horas de desenfreno y placer.– Te estás
comportando como un niño pequeño. –se dignó a mirarme.
—¿Yo
soy el niño pequeño, ______? ¿Cómo te sentirías si te dijese que voy a llamar a
Aylin, a Marie, o a cualquier otra, y voy a acostarme con ellas? -me miró con
el ceño en alto.
—¿Por
qué supones que voy a acostarme con alguien? –sonreí de lado.– Si hicieras eso,
probablemente echaríamos el último polvo y luego te despedazaría para echar tus
trozos a un río. –rodó los ojos.
—No
lo supongo, lo sé.
—Que
mal concepto tienes de mí, querido. -gruñó, no estaba dispuesto a dirigirme
ninguna palabra más. Estaba claro que tenía que tomar yo mis propias medidas y
sacar las armas de seducción para que me hiciese caso.
—Recuerda
que tú lo has querido, Harold. Luego no me vengas con que no es buen
momento. -no dijo nada, mientras yo
dejaba caer mis Vans al suelo con sigilo. También deslicé los leggings negros
por mis piernas y para quedar completamente en ropa interior, también me quité
la sudadera.
Sí,
era mucho más fácil encontrarme en ropa interior que vestida.
El
rulos había decidido darme la espalda, a pesar de estar sentados en el mismo
sillón negro. Lo abracé por la detrás, mis brazos abrazándolo y recorriendo su
pecho, y mi cuerpo pegado a su espalda.
—¿________?
¿Es cosa mía o estás en ropa interior? -soltó.
—Ajá.
–musité mientras subía su camiseta para poder rozar su piel.
—De
igual modo, no te funcionará.
—Vale.
–no lo creí. Y menos cuando no solo me dediqué a acariciarlo, sino que me hice
con la piel de su cuello. Besando y mordiendo cual vampiro sediento de sangre.
Mi nombre se escapó de entre sus labios en forma de susurro. Sonreí sobre su
piel.
—No
es buen momento, ni lugar.
—¡Sabía
que dirías eso! –reí en su oído, lo que pareció alterar sus sistemas en mi
contra. No resistió mucho más antes de darse la vuelta y recostarme sobre el
sillón. Sus ojos se abrieron como platos al cerciorarse de que sí estaba en
ropa interior. Eso no le impidió dejar besos sobre el borde de mi tanga
mientras yo acariciaba sus rizos, nada le impediría hacerme suya allí mismo, a
excepción de unos pasos que se escuchaban cada vez más próximos, indicando que el camarero se
acercaba. Eso nos obligó a sentarnos normalmente y a que yo me vistiese la
sudadera. No me dio tiempo a vestir más antes de que entrase. Le sonreímos como
si nada, justo como si no estuviera en bragas debajo de la mesa.
[ …
]
—Y
al final has comprado más ropa. –añadió cuando dejé las numerosas bolsas sobre
la cama.
—¿Qué
esperabas? ¿Qué fuese de compras y no gastase nada? Y da gracias a que no te
obligué a acompañarme probador por probador.
—Sí
lo hiciste, ________. –me miró con el ceño en alto.– Y al único que quería
entrar era al de lencería, y no me dejaste. –solté una carcajada.- No sé para
qué compras tanta ropa si al final vas a vestirte como un gato. -negó con la
cabeza antes de bajar a abrir la puerta. Los muebles ya deberían de estar aquí.
—A
pintar cariño. -carcajeó gracioso, cuando nos encontrábamos delante de aquel
panorama. Toda una habitación empapelada lista para pintar, y los botes de
pintura ante nosotros.- Luego hay que subir los muebles arriba.
—Sí,
creo que tú y yo pensamos lo mismo. –sonreí compadeciéndome de él.
—¿Qué
esa parte me va a tocar hacerla yo solo? Ya lo tenía asumido.
Decidimos
ponernos a pintar, lo cual era muy divertido puesto que él pintaba en una
esquina y yo en otra, y me reía interiormente de lo irónico de la situación.
Así que cogí una brocha más pequeña, y falsamente me acerqué a él por la
espalda, con sigilo.
—Harry.
–dije a sus espaldas, y tan pronto se giró, llené su preciosa cara
completamente de pintura.
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