domingo, 17 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 24.

—________. –una voz sensualmente ronca se coló en mis sueños. Y la había escuchado suficientes veces como para no reconocerla.– _______.
—Deja de intentar despertarme, Harry. Vete ya. –entonces la oscuridad tan agradable en la que mi sueño se sumía, se terminó. El castaño había encendido la maldita luz.– ¡Apaga ese engendro del demonio, joder!
—Levántate. Tenemos cita con la psicóloga matrimonial. –me las arreglé para sacar un dedo bajo las sábanas y enseñarle el del medio.– No quiero ni imaginarme lo que te has metido ayer por la noche para que ahora estés así.
—Genial, no lo hagas. –refunfuñé. Y después de eso terminé en el suelo con sábanas incluidas.– Hijo de la gran…
—Vístete. O vamos a llegar tarde. Aunque si quieres, ni siquiera te presentes. Terminaríamos antes.
—Asqueroso. –escupí levantándome cuando salió de la habitación. Me arrastré hasta el baño y aguanté un grito al mirarme al espejo. Luego solté una carcajada. Mi cara estaba hecha un tremendo asco, con ojeras y el pelo enmarañado. Y a pesar de todo eso sentía paz interiormente y parecía flotar.
Vivan las malditas drogas.
La ducha sacó lo mejor de mí, me armé de maquillaje y aun así, mientras bajaba las escaleras, tenía la impresión de que la doctora Twichard se daría de cuenta de que hace unas horas estaba perdiendo tacones y gritando al aire.
—Jo–se mordió el labio al verme, por no hacer una mueca extraña.–…der.
—Ni una palabra más. –lo amenacé mientras echaba café en una taza, cargándolo de leche y azúcar. No me apetecía realizar el esfuerzo de levantar la taza, así que cogí una pajita de color negro. Lo dejé enfriar sobre la mesa mientras me apoyaba en los brazos, cerrando los ojos de nuevo. 
Tuve la sensación de que Harry iba a decir algo, pero el timbre haciendo eco por toda la casa lo interrumpió.
—No pienso levantarme. –aclaré y supe que había rodado los ojos antes de abandonar la cocina.
—Buenos días,  ¿está  ______? –esa voz me hizo levantar la cabeza como un resorte. Mierda. Víctor. Víctor estaba en mi puerta cara a cara con Harry.
El proveedor de drogas de mi amiga contra mi marido.
—¿Y tú eres? –incluso desde aquí vi el ceño de Harry elevarse por las nubes. Entonces supe que tenía que correr hacia allí.
—Víctor. Un… –calló al verme aparecer a mí tras Harry, dejando la oración en el aire para que yo la completase.
—Amigo. –sonreí falsamente a Harry, pero ignoró el “Márchate” implícito en ella y simplemente dio un paso atrás.– ¿Querías algo? –me centré en el señor traficante de drogas que estaba a la puerta de mi casa.
—Ayer te dejaste un tacón en mi coche. Y dado que hoy me marcho del país durante unas semanas, aprovecho para devolvértelo y así me despido.
—¿A dónde te marchas? –sonreí alargando la conversación después de que me diese el zapato. Vas a sufrir por tirarte a una puta en mi sofá, Styles. Y no sabes cuánto.
—A Europa, calor y tías en topless. El paraíso. –ambos reímos y oí la tos falsa de Harry detrás. Sonreí pícaramente, ¡vamos a jugar a un juego!
—Vaya, siempre he querido ir allí.
—¿Nunca has estado?
—No conscientemente y de una manera agradable de recordar. –soltó una carcajada y se acercó a mí, para pasar un brazo por mis hombros. Lo sabía, sabía que pasaría.
—No sabía que sin estar bebida podías llegar a ser tan divertida, ______. Me hubiera encantado pasar más tiempo contigo. –guiñó un ojo, nos despedimos con dos besos y lo vi caminar a su coche. Esperé a que desapareciese por la carretera antes de cerrar la puerta y girarme, para encontrarme con un Harry de brazos cruzados.
—¿Sabes? Eres…
—Eh, –lo corté.– nada de esto hubiese pasado si cuidases entre qué piernas te metes.
—Quizás seas tú la que tiene que tener cuidado con lo que mete entre las piernas.
Ni siquiera merecía que le volviese a dirigir la palabra, así que esperé a que tuviésemos que irnos a la consulta, sentada en una silla del salón. No volvería a tocar el sofá jamás en los ocho meses que me quedan viviendo aquí.
Una especie de iluminación recayó sobre mí tan pronto me senté en el coche, ¡Chloe!
Como si me fuese la vida en ello, saqué el teléfono y seleccioné su número en marcaciones rápidas. Comencé a ponerme nerviosa cuando después de cinco bips, seguía sin dar señales de vida.
—¿______? –solté el aire comprimido en mis pulmones.
—Maldita sea, Chloe. ¿Por qué tardas tanto en coger? ¿Estás bien? ¿Tan siquiera estás en tu casa?
—Obvio, ¿dónde si no? Nunca pensé que diría esto pero nos pasamos. De lo lindo, además.
—¿En serio? ¿No me digas? Perdí un maldito tacón en el coche de Víctor cuando me trajo a casa.
—Ya, y yo te perdí a ti antes siquiera de poder pestañe…para. ¿Acabas de decir que él te llevó a casa? Y con “él” me refiero a mi traficante, o sea que va con unas mayúsculas bien grandes. O peor de todo, ¡te lo has tirado! Si es que no se te puede dejar sola. Te recuerdo que queremos un millón y medio más en el maldito banco, Smith. No puedes tirarte a otros, y menos si es camello. ¡No quiero ni imaginar que llegará a pasar si le gustas!
—Para el carro tía, te estás pasando. Recuerdo que me trajo a casa, nada más.
—Que no lo recuerdes no significa que no pasara.
—Estoy segura de que no pasó.
—¿Completamente?
—Bueno, no. –el portazo que dio Harry al bajar me hizo darme cuenta de que ya habíamos llegado a la consulta. Apuré el paso hasta su lado y nos sentamos en la sala de espera. Él en una esquina y yo en la opuesta.
—Te dejo sola un minuto y te tiras a un narco. No sé en qué posición te deja eso a ti como ninfómana y a mí como mejor amiga de la cual.
—No me lo tiré, joder. A menos que fuese un polvo de coche rápido, cosa que dudo mucho la verdad, no hicimos nada fuera de lo común.
—Tu definición de común y la mía no son iguales, ¿sabes?
—Da igual, hoy se marcha a Europa, así que lo que pasó ayer quedará en secreto. –la secretaria hizo acto de presencia y nos dio el turno.– Chloe, tengo que colgar, voy a entrar a la psicóloga. Ya hablaremos, adiós.
La mirada de la doctora Twichard cayó sobre nosotros y en ese momento supe que se había dado de cuenta de que algo iba mal. O bien porque yo tenía una cara de drogada perdida, todavía, o bien porque Harry era un pésimo actor y no sabía disimular su cabreo.
—Buenos días. –ambos nos sentamos en el sofá de cuero marrón de la sala, al lado y con la espalda recta para evitar siquiera rozarnos. Porque si lo hacíamos iba a saltar la chispa.– Comencemos. Ya sabéis como funciona, lo primero que diréis es qué pensáis el uno del otro.
—¿Se puede saber por qué siempre pregunta lo mismo cada vez que venimos? –rodé los ojos y Harry me cortó contestando.
—Mi mujer es una zorra ofrecida.  –“Y a mucha honra”, mascullé.– Manipuladora, grosera, borde, malhablada y es imposible convivir con ella por mucho que lo intente. Ella es como un intento de suicidio con una soga mal hecha.
—Yo puedo atártela bien, querido. –sonreí falsamente y él me devolvió la sonrisa.
—Su turno, señorita Styles. –Mierda, no me llames así vieja bruja.
—Infiel. Salgo un minuto de casa y al volver ya hay otra mujer en su cama. Y no en plan “juguemos al parchís apto para menores de seis”. Sino más bien para todo un twister.
—¡No fue un minuto, saliste toda la noche! Volviste drogada y borracha a casa.
—Cállate esclavo. –chasqueé los dedos y le mostré la palma de la mano. Él farfulló.– Lo que yo decía, tiene problemas para mantener la ira y de autocontrol. Definitivamente debería internarlo en un manicomio por el bien de la humanidad.
—Asquerosa mentirosa compulsiva.
—Acaparador, maniático celoso.
—Demen…
—¡Está bien! –intervino la psicóloga y ambos la miramos.– De acuerdo, realmente habéis mejorado ante las anteriores veces. Ni os gritáis y os echáis el uno encima del otro, ni aparecéis llenos de hierbas y hojas mientras peleáis por el sitio, así que…progreso. Pero hay algo entre vosotros que no os deja continuar avanzando. –miré a Harry de reojo. Sí, había algo, y era mantenernos obligados a aguantarnos.– Y se llama tensión sexual. –Él puso sus ojos en blanco y yo llevé mi mano a la boca para cubrir mi risa.– Sé que estáis obligados a estar casados, pero… deberíais probar. Estoy segura de que eso solucionaría las cosas. Pero aun así, os obligaré a asistir a los juegos de la confianza el sábado en el Hudson River Park. Quiero veros allí. –nos señaló con el ceño fruncido y nos indicó que podíamos retirarnos.
Vaya asco de próximo sábado me espera.
El camino a casa se me hizo pesadamente largo, y lo primero que hice al poner un pié en casa fue quitarme las vans. Las que estuvieron a punto de dejarme llaga por llevarlas sin calcetines.
Subí las escaleras siendo consciente de que Harry me seguía, y la puerta de la habitación se cerró después de que él entrase. Tiré mi ropa al suelo, hasta quedarme simplemente en interior.
Cuando me di la vuelta, él avanzaba hacia mí también casi sin ropa y sin ninguna expresión en la cara. Caí a la cama con su cuerpo sobre el mío y cerré los ojos. Ni quería presenciar lo que estaba a punto de pasar. Gestos tan duros y secos que, aunque amaba la rudeza, esto me estaba aterrando.
Lo ayudé a quitarse la ropa interior mientras él introducía una mano en el cajón de la mesilla. Entonces me mordí el labio y ahogué un grito cuando se introdujo en mí.  Dolía, y no sé precisamente si porque era la primera vez desde que estábamos casados que era tan extremadamente brusco conmigo, o por el detalle del maldito condón.  No me dañaba físicamente, pero emocionalmente me sentía una auténtica mierda.
Su cabeza estaba oculta en mis clavículas y mi agarre a su espalda era cada vez más débil. Me embargaban unas ganas enormes de llorar.
Los gemidos empezaron a resultar incontenibles y no tuvimos más remedio que dejarlos escapar. Supe que él también se había dado cuenta de que esto estaba mal cuando sus manos hicieron dos puños hasta conseguir los nudillos blancos, a ambos lados de mi cabeza. Un enorme suspiro escapó de entre sus labios en mi cuello y se dejó caer a mi lado. Observé el techo, la luz que entraba por la ventana no dejaba ni un solo rincón sin iluminar y realmente me molestaba.

—Baja la persiana, por favor. –pedí, y él se inclinó. Pronto todo quedó sumido en la oscuridad. Me acurruqué entre las sábanas. Yo y Harry habíamos tenido sexo, ni siquiera me había hecho el amor. Justo lo que yo hacía antes de conocerlo, sin sentimientos y con un hombre cualquiera. Y con él, eso no me gustaba.

1 comentario:

  1. Guarra te ha costado escribirlo pero por fin lo has hecho y te soy las gracias. Como siempre, es genial, al igual que todo lo que haces... Eso me recuerda que tu lugar medianamente poblado por mi recomendación aún te espera mi amor :*

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