—________.
–una voz sensualmente ronca se coló en mis sueños. Y la había escuchado
suficientes veces como para no reconocerla.– _______.
—Deja
de intentar despertarme, Harry. Vete ya. –entonces la oscuridad tan agradable
en la que mi sueño se sumía, se terminó. El castaño había encendido la maldita
luz.– ¡Apaga ese engendro del demonio, joder!
—Levántate.
Tenemos cita con la psicóloga matrimonial. –me las arreglé para sacar un dedo
bajo las sábanas y enseñarle el del medio.– No quiero ni imaginarme lo que te
has metido ayer por la noche para que ahora estés así.
—Genial,
no lo hagas. –refunfuñé. Y después de eso terminé en el suelo con sábanas
incluidas.– Hijo de la gran…
—Vístete.
O vamos a llegar tarde. Aunque si quieres, ni siquiera te presentes.
Terminaríamos antes.
—Asqueroso.
–escupí levantándome cuando salió de la habitación. Me arrastré hasta el baño y
aguanté un grito al mirarme al espejo. Luego solté una carcajada. Mi cara
estaba hecha un tremendo asco, con ojeras y el pelo enmarañado. Y a pesar de
todo eso sentía paz interiormente y parecía flotar.
Vivan
las malditas drogas.
La
ducha sacó lo mejor de mí, me armé de maquillaje y aun así, mientras bajaba las
escaleras, tenía la impresión de que la doctora Twichard se daría de cuenta de
que hace unas horas estaba perdiendo tacones y gritando al aire.
—Jo–se
mordió el labio al verme, por no hacer una mueca extraña.–…der.
—Ni
una palabra más. –lo amenacé mientras echaba café en una taza, cargándolo de
leche y azúcar. No me apetecía realizar el esfuerzo de levantar la taza, así
que cogí una pajita de color negro. Lo dejé enfriar sobre la mesa mientras me
apoyaba en los brazos, cerrando los ojos de nuevo.
Tuve
la sensación de que Harry iba a decir algo, pero el timbre haciendo eco por
toda la casa lo interrumpió.
—No
pienso levantarme. –aclaré y supe que había rodado los ojos antes de abandonar
la cocina.
—Buenos
días, ¿está ______? –esa voz me hizo levantar la cabeza
como un resorte. Mierda. Víctor. Víctor estaba en mi puerta cara a cara con
Harry.
El
proveedor de drogas de mi amiga contra mi marido.
—¿Y
tú eres? –incluso desde aquí vi el ceño de Harry elevarse por las nubes.
Entonces supe que tenía que correr hacia allí.
—Víctor.
Un… –calló al verme aparecer a mí tras Harry, dejando la oración en el aire
para que yo la completase.
—Amigo.
–sonreí falsamente a Harry, pero ignoró el “Márchate” implícito en ella y
simplemente dio un paso atrás.– ¿Querías algo? –me centré en el señor
traficante de drogas que estaba a la puerta de mi casa.
—Ayer
te dejaste un tacón en mi coche. Y dado que hoy me marcho del país durante unas
semanas, aprovecho para devolvértelo y así me despido.
—¿A
dónde te marchas? –sonreí alargando la conversación después de que me diese el
zapato. Vas a sufrir por tirarte a una puta en mi sofá, Styles. Y no sabes
cuánto.
—A
Europa, calor y tías en topless. El paraíso. –ambos reímos y oí la tos falsa de
Harry detrás. Sonreí pícaramente, ¡vamos a jugar a un juego!
—Vaya,
siempre he querido ir allí.
—¿Nunca
has estado?
—No
conscientemente y de una manera agradable de recordar. –soltó una carcajada y
se acercó a mí, para pasar un brazo por mis hombros. Lo sabía, sabía que
pasaría.
—No
sabía que sin estar bebida podías llegar a ser tan divertida, ______. Me
hubiera encantado pasar más tiempo contigo. –guiñó un ojo, nos despedimos con
dos besos y lo vi caminar a su coche. Esperé a que desapareciese por la
carretera antes de cerrar la puerta y girarme, para encontrarme con un Harry de
brazos cruzados.
—¿Sabes?
Eres…
—Eh,
–lo corté.– nada de esto hubiese pasado si cuidases entre qué piernas te metes.
—Quizás
seas tú la que tiene que tener cuidado con lo que mete entre las piernas.
Ni
siquiera merecía que le volviese a dirigir la palabra, así que esperé a que
tuviésemos que irnos a la consulta, sentada en una silla del salón. No volvería
a tocar el sofá jamás en los ocho meses que me quedan viviendo aquí.
Una
especie de iluminación recayó sobre mí tan pronto me senté en el coche, ¡Chloe!
Como
si me fuese la vida en ello, saqué el teléfono y seleccioné su número en
marcaciones rápidas. Comencé a ponerme nerviosa cuando después de cinco bips,
seguía sin dar señales de vida.
—¿______?
–solté el aire comprimido en mis pulmones.
—Maldita
sea, Chloe. ¿Por qué tardas tanto en coger? ¿Estás bien? ¿Tan siquiera estás en
tu casa?
—Obvio,
¿dónde si no? Nunca pensé que diría esto pero nos pasamos. De lo lindo, además.
—¿En
serio? ¿No me digas? Perdí un maldito tacón en el coche de Víctor cuando me
trajo a casa.
—Ya,
y yo te perdí a ti antes siquiera de poder pestañe…para. ¿Acabas de decir que
él te llevó a casa? Y con “él” me refiero a mi traficante, o sea que va con unas
mayúsculas bien grandes. O peor de todo, ¡te lo has tirado! Si es que no se te
puede dejar sola. Te recuerdo que queremos un millón y medio más en el maldito
banco, Smith. No puedes tirarte a otros, y menos si es camello. ¡No quiero ni
imaginar que llegará a pasar si le gustas!
—Para
el carro tía, te estás pasando. Recuerdo que me trajo a casa, nada más.
—Que
no lo recuerdes no significa que no pasara.
—Estoy
segura de que no pasó.
—¿Completamente?
—Bueno,
no. –el portazo que dio Harry al bajar me hizo darme cuenta de que ya habíamos
llegado a la consulta. Apuré el paso hasta su lado y nos sentamos en la sala de
espera. Él en una esquina y yo en la opuesta.
—Te
dejo sola un minuto y te tiras a un narco. No sé en qué posición te deja eso a
ti como ninfómana y a mí como mejor amiga de la cual.
—No
me lo tiré, joder. A menos que fuese un polvo de coche rápido, cosa que dudo
mucho la verdad, no hicimos nada fuera de lo común.
—Tu
definición de común y la mía no son iguales, ¿sabes?
—Da
igual, hoy se marcha a Europa, así que lo que pasó ayer quedará en secreto. –la
secretaria hizo acto de presencia y nos dio el turno.– Chloe, tengo que colgar,
voy a entrar a la psicóloga. Ya hablaremos, adiós.
La
mirada de la doctora Twichard cayó sobre nosotros y en ese momento supe que se
había dado de cuenta de que algo iba mal. O bien porque yo tenía una cara de
drogada perdida, todavía, o bien porque Harry era un pésimo actor y no sabía
disimular su cabreo.
—Buenos
días. –ambos nos sentamos en el sofá de cuero marrón de la sala, al lado y con
la espalda recta para evitar siquiera rozarnos. Porque si lo hacíamos iba a
saltar la chispa.– Comencemos. Ya sabéis como funciona, lo primero que diréis
es qué pensáis el uno del otro.
—¿Se
puede saber por qué siempre pregunta lo mismo cada vez que venimos? –rodé los
ojos y Harry me cortó contestando.
—Mi
mujer es una zorra ofrecida. –“Y a mucha
honra”, mascullé.– Manipuladora, grosera, borde, malhablada y es imposible
convivir con ella por mucho que lo intente. Ella es como un intento de suicidio
con una soga mal hecha.
—Yo
puedo atártela bien, querido. –sonreí falsamente y él me devolvió la sonrisa.
—Su
turno, señorita Styles. –Mierda, no me llames así vieja bruja.
—Infiel.
Salgo un minuto de casa y al volver ya hay otra mujer en su cama. Y no en plan
“juguemos al parchís apto para menores de seis”. Sino más bien para todo un
twister.
—¡No
fue un minuto, saliste toda la noche! Volviste drogada y borracha a casa.
—Cállate
esclavo. –chasqueé los dedos y le mostré la palma de la mano. Él farfulló.– Lo
que yo decía, tiene problemas para mantener la ira y de autocontrol.
Definitivamente debería internarlo en un manicomio por el bien de la humanidad.
—Asquerosa
mentirosa compulsiva.
—Acaparador,
maniático celoso.
—Demen…
—¡Está
bien! –intervino la psicóloga y ambos la miramos.– De acuerdo, realmente habéis
mejorado ante las anteriores veces. Ni os gritáis y os echáis el uno encima del
otro, ni aparecéis llenos de hierbas y hojas mientras peleáis por el sitio, así
que…progreso. Pero hay algo entre vosotros que no os deja continuar avanzando.
–miré a Harry de reojo. Sí, había algo, y era mantenernos obligados a
aguantarnos.– Y se llama tensión sexual. –Él puso sus ojos en blanco y yo llevé
mi mano a la boca para cubrir mi risa.– Sé que estáis obligados a estar
casados, pero… deberíais probar. Estoy segura de que eso solucionaría las
cosas. Pero aun así, os obligaré a asistir a los juegos de la confianza el
sábado en el Hudson River Park. Quiero veros allí. –nos señaló con el ceño
fruncido y nos indicó que podíamos retirarnos.
Vaya
asco de próximo sábado me espera.
El
camino a casa se me hizo pesadamente largo, y lo primero que hice al poner un
pié en casa fue quitarme las vans. Las que estuvieron a punto de dejarme llaga
por llevarlas sin calcetines.
Subí
las escaleras siendo consciente de que Harry me seguía, y la puerta de la
habitación se cerró después de que él entrase. Tiré mi ropa al suelo, hasta
quedarme simplemente en interior.
Cuando
me di la vuelta, él avanzaba hacia mí también casi sin ropa y sin ninguna
expresión en la cara. Caí a la cama con su cuerpo sobre el mío y cerré los
ojos. Ni quería presenciar lo que estaba a punto de pasar. Gestos tan duros y
secos que, aunque amaba la rudeza, esto me estaba aterrando.
Lo
ayudé a quitarse la ropa interior mientras él introducía una mano en el cajón
de la mesilla. Entonces me mordí el labio y ahogué un grito cuando se introdujo
en mí. Dolía, y no sé precisamente si
porque era la primera vez desde que estábamos casados que era tan
extremadamente brusco conmigo, o por el detalle del maldito condón. No me dañaba físicamente, pero emocionalmente
me sentía una auténtica mierda.
Su
cabeza estaba oculta en mis clavículas y mi agarre a su espalda era cada vez
más débil. Me embargaban unas ganas enormes de llorar.
Los
gemidos empezaron a resultar incontenibles y no tuvimos más remedio que
dejarlos escapar. Supe que él también se había dado cuenta de que esto estaba
mal cuando sus manos hicieron dos puños hasta conseguir los nudillos blancos, a
ambos lados de mi cabeza. Un enorme suspiro escapó de entre sus labios en mi
cuello y se dejó caer a mi lado. Observé el techo, la luz que entraba por la
ventana no dejaba ni un solo rincón sin iluminar y realmente me molestaba.
—Baja
la persiana, por favor. –pedí, y él se inclinó. Pronto todo quedó sumido en la
oscuridad. Me acurruqué entre las sábanas. Yo y Harry habíamos tenido sexo, ni
siquiera me había hecho el amor. Justo lo que yo hacía antes de conocerlo, sin
sentimientos y con un hombre cualquiera. Y con él, eso no me gustaba.
Guarra te ha costado escribirlo pero por fin lo has hecho y te soy las gracias. Como siempre, es genial, al igual que todo lo que haces... Eso me recuerda que tu lugar medianamente poblado por mi recomendación aún te espera mi amor :*
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